Muy pocos de quienes lean esta entrevista sabrán citar de memoria el nombre de dos críticos españoles de arte contemporáneo. No solo este oficio se está muriendo, sino la actividad de pensar y escribir sobre Cultura, sin más santuario que las universidades. Hace tiempo que los museos han comprendido la necesidad urgente de reinvención, pero nadie tiene clara una fórmula de renovación sensata. En el plano social, parece que ya nadie aspire a adquirir cierto nivel cultural, demasiado ocupados estamos intentando ser guapos y ricos (o aparentándolo en las redes sociales). En este contexto sombrío, hay que agradecer un libro como Cuidado y peligro de sí (Pepitas de Calabaza, 2021), donde Fernando Castro Flórez se apoya en una exposición de la sala Amós Salvador de Logroño para reflexionar sobre el delicado momento que atraviesa el arte contemporáneo. Además de crítico de referencia desde los años ochenta, Castro es profesor titular de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad Autónoma de Madrid. Vozpópuli recoge sus reflexiones.

Más allá de análisis artísticos, su libro nos habla de una sociedad patológicamente narcisista. Estamos enamorados de nuestro reflejo en las pantallas, “obligados a postear sin pausa para conseguir la ración diaria de ‘likes’ y corazoncitos”. ¿El arte contemporáneo fomenta o contrarresta esta inercia?

El sistema del arte museístico “tradicional” apenas presta atención a la dinámica de las redes sociales y sobrevive, mal que bien, con sus repliegues de (pretendida) “criticalidad”. Los ‘cultubers’ (youtubers de cultura) de distinto pelaje deliran con una “influencia” que tiene mucho de quimérica. Es como si se hubieran generado universos paralelos que no confluyen ni en el infinito. La pandemia ha obligado a los prescriptores del arte contemporáneo a participar de la “zoombificacion” y, con el colapso del arte internacional (repentinamente bunkerizados) han tenido que imaginarse un paisaje sin los rituales de la bienalización. No hemos llegado, ni por asomo, a la anhelada “nueva normalidad” y ni siquiera sabemos si eso no será otra cosa que una precarización sin salida.

El libro habla de los escándalos estéticos del colectivo Zaj durante el franquismo. Es obvio que ahora la cosa ha cambiado mucho, ya que resulta casi imposible escandalizar. Diría que Banksy, un artista con el que usted es muy crítico, ha comprendido que la única forma de shock es menospreciar el dinero y a quienes lo tienen, como muestra el episodio del cuadro triturado. 

La provocación es, disculpa mi tono lapidario, barata, aunque algunos pretendan todavía sacar beneficios de sus postureos “antisistémicos”. Hemos tenido tal avalancha de frikis, tanto tsunami melodramático, tanta afectuosidad pastelera que pareciera como que lo único subversivo fuera el “comportamiento más formal”. La parodia y el pastiche posmodernos, condimentados con sobredosis irónicas, caducaron ya en la década de los ochenta y solamente la estética hortera y nauseabunda de la re-Movida tiene el descaro para afrontar su imponente ridiculez. El cinismo global está totalmente ajeno a aquel ‘coraje de la verdad’ que hace más de tres décadas Foucault reconstruyera genealógicamente. Lo peor de todo es que cuando pensamos en la indignación post-austericida tenemos una sensación de inmensa amargura. Si pensaba en el 2011 que podía comenzar un ciclo de repolitización del arte, ahora tengo la impresión de que nos tenemos que ‘conformar’ con las astucias del vandalismo de Banksy, un maestro del márketing, un síntoma del empantamiento ‘crítico’.

Destaca una idea del filósofo Peter Sloterdijk, la metáfora de que la sociedad consumo se inventó en el  invernadero, un entorno cerrado con el aroma embriagador de las mercancías.

Me gusta pensar en el arte, en clave adorniana, como un sismograma que detecta las tensiones de nuestro mundo. He vuelto a leer recientemente los ensayos de finales de los sesenta de Baudrillard, un pensador tan agotado por la circulación global de sus mantras sobre el “simulacro”, sobre el sistema de los objetos y creo que tenemos ahí la posibilidad de enfocar el consumo sin caer en tópicos “anticonsumistas”. Tal vez, aquellas consideraciones de Bataille, en la estela del Ensayo sobre el don de Mauss, puedan volver a utilizarse para pensar en el excedente, el despilfarro e incluso la transgresión. Es en el resto, en la basura, en lo abyecto, donde puede encontrarse lo decisivo y ahí lleva mucho tiempo escarbando el arte. Sonará a una “nostalgia de los traperos”, cuando lo que me interesa es un bricolaje que, en cierto sentido, tome partido por lo marginado, propicie lo inaudito, evite la impostura y nos permita escapar de la lógica de lo peor que puede aparecer vinculada al fetichismo de lo banal.

Defiendo lo 'políticamente correcto' porque me niego a aceptar bastantes incorrecciones que profieren sujetos y clanes en tono brutal del totalitarismo", explica Castro

No estoy seguro de entender del todo, pero suena interesante lo que cuenta sobre Arturo Cariceo: centrarse con modestia en tejer las relaciones entre las diferentes personas que participan en una exposición, no obsesionarse con la condición de creador.

El artista y docente Arturo Cariceo lleva años meditando, desde el terreno de las prácticas artísticas, sobre la “mano invisible”, esto es, sobre los perversos efectos del neoliberalismo, partiendo del “laboratorio” chileno que anticipó en la siniestra dictadura militar pinochetista lo que sería el horizonte futuro de egoísmo económico global. Con enorme lucidez, ha desborado el “festivalismo” de la estética relacional para plantear una invisibilización del artista con sus delirios ególatras. Recordemos que Barthes ya hablaba de “la muerte del autor” en los sesenta y que Kaprow escribió aquel referencial texto sobre la “educación del des-artista”. Todavía seguimos atrapados en la retórica del artista genial o, incluso más penoso, comulgamos con la ideología de la “creatividad” que tiene cristalización perfecta en la “horizontalidad siliconiana” (de Silicon Valley). Con toda razón apuntó Valcárcel Medina que “no escribe arte con A mayúscula”. Con todo lo pedante que soy, lo confieso, me cuesta todavía mucho llegar a ese “tono menor” que acaso sea la más lúcida forma de sabotaje frente a la pirotécnica de la cultura administrada.

Describe al dramaturgo Rodrigo García como un artista insobornable. Luego añade que su 'peligro es que la mimetización de lo parodiado pueda acarrear con facilidad la impostura’. Es algo que pasa mucho en el arte contemporáneo, por ejemplo en un artista que usted defiende como el premio nacional Santiago Sierra, a quien recientemente han acusado en Australia de que, bajo la apariencia de denuncia, reproduce las inercias de dominación. Me refiero a trabajar con sangre de indígenas, tatuar por dinero a prostitutas y toxicómanos etcétera.

Tengo el máximo respeto por el trabajo de Santiago Sierra que no es, para mí, ni un bufón, ni un idiota ni un simple provocador. Al contrario, es un artista con una extraordinaria capacidad de formalización, con un discurso muy coherente -en el que ha tenido siempre muy presente el “fetichismo de la mercancía” en clave marxista- y con una actitud nada “ocurrente”. Algunas de sus acciones e instalaciones son verdaderamente referenciales, siendo uno de los pocos artistas españoles que ha tenido una presencia destacada en el circuito internacional del arte. Su estética no busca una mera “toma de conciencia”: ni es un oportunista que siga los dictados de ese arte político que a la postre solamente puede sobrevivir en la taxidermia museística y en los archivos curatoriales más burocratizados. Sierra ha asumido, eso se suele olvidar, muchos riesgos y ha entrado en temáticas tremendamente polémicas, consiguiendo generar dinámicas artísticas y críticas de enorme intensidad. Su mimetización puede ser reivindicada si entendemos que ese puede ser un modo radical del conocimiento y no solo el camuflaje de la impotencia.

Relacionado con esto, en el libro hace usted una defensa de la corrección política que me parece muy valiente, ya que el clima actual es desfavorable a esa postura. Define esa corrección política como algo “aburrido pero hospitalario”. ¿No piensa que, defendiendo la corrección política, lo lógico sería preferir a Banksy y denunciar a Rodrigo García y Santiago Sierra?

No creas que tengo mucho en contra de Banksy porque incluso he elogiado sus intervenciones advirtiendo que, “aunque no debería gustarme”, en ocasiones puede fascinarme. He defendido lo “políticamente correcto” porque me niego a aceptar bastantes incorrecciones que profieren sujetos y clanes que tienen el tono brutal del totalitarismo. Las mentalidades excluyentes están marcando la “agenda”, ajustando un marco irrespirable, ridiculizando a todos los que comparten sus dogmas patriótico-patriarcales. Basta prestar un minuto de atención a la consejera de Educación y Cultura de Murcia y su defensa del “pin parental” para insistir en mi defensa, todavía no suficientemente incorrecta, de la corrección política. El inmenso monólogo de rabia que conforma toda la obra teatral de Rodrigo García está, me parece, mucho más cerca de lo que pueda imaginarse de mi actitud intempestiva frente a la política corrupta que nos desgobierna.

El crítico de arte es una variante del gamusino, aunque en los años del entusiasmo alguno paseara por la moqueta de ARCO creyéndose el obispo de Calahorra", recuerda

Me interesa mucho su faceta como crítico de combate, incuso popular, capaz de acercarse a la televisión para hacer una valoración arquitectónica del Valle de los Caídos y de implicarse en redes en el cuestionamiento del faro de Okuda. ¿Piensa que un error de la crítica de arte en España es salir poco de la zona vip de museos, catálogos y secciones de cultura?

Esa “zona de confort” es hoy un erial, la sala vip no permite ya ni el postureo retro-hípster. El crítico de arte es, se me acaba de ocurrir, una variante del “gamusino”. En los años del “entusiasmo” algún espécimen paseaba por la moqueta de ARCO con gestos que daba la impresión de que una reencarnación anterior había sido obispo de Calahorra. Hoy los que gesticulamos como si fuéramos críticos no seríamos aceptados ni como monaguillos en la catedral de La Almudena.

En los suplementos culturales lo único que tiene espacio es el “reseñismo”, en una situación de mantenimiento de un Gran Otro, en términos lacaniano, en el que ya nadie cree. El artículo del sábado solamente sirve para repostearlo en Facebook y tuitearlo aceleradamente. No tengo intención de proponerme para sepulturero del periodismo, más que nada cuando el funeral (clandestino) se consumó hace años. A pesar de que mi actividad “como crítico” tenga esta dimensión “póstuma” trato de hacerla sin caer en la decepción, intentando no propagar más nihilismo del inevitable. Aunque soy un funcionario del sistema educativo, no he querido tampoco atrincherarme en las aulas. La única razón que puedo sacar a paseo: no quería aburrirme ni hacer lo que los demás “esperaban de mí”. Disfruto polemizando, soy delirantemente parcial y trato de posicionarme políticamente en mis comentarios sobre el arte y la cultura. Supongo que se entiende que asumo los imperativos baudelerianos de la crítica.

Por último, su libro aporta un enfoque propio a una corriente editorial de ensayos que declaran que el arte contemporáneo está al borde del precipicio o en un callejón sin salida. Pienso en títulos recientes de Alain de Brossat, Iván de La Nuez y Alberto Adsuara, entre otros. ¿Qué opina de esta situación? ¿Por dónde vislumbra salidas?  

Permíteme soltar una perogrullada: la situación es maravillosa porque no se puede ir a peor. La última Bienal de Venecia (2019) se tituló “Ojalá vivas tiempos interesantes”, una fórmula que erróneamente consideramos como una maldición china. Lo que no sabíamos entonces es lo que se nos venía encima. Golpeados por la pandemia de la covid-19 y arrastrados en la catástrofe del capitaloceno, tenemos necesariamente que pensar líneas de fuga.

No basta con montar procesiones de flagelantes y mucho menos podemos entregarnos a la retromanía. Es vital (así lo digo) plantear cambios de escala y paradigma, situando la cuestión ecológica en el centro de las prácticas culturales y de los procesos políticos, reactivando el antagonismo sin caer en las inercias de una “política de museo”, apoyando las estéticas decoloniales y los posicionamientos racializados.

Considero que el feminismo es la gran fuerza crítica del presente y que todavía hay que trabajar intensamente para desmantelar estructuras que han sido “modos aberrantes” de exclusión. Tenemos que reintroducir una dimensión utópica en las prácticas artísticas y me gustaría pensar que no volveremos a montar la “burbuja“ ferializante y bienalística que no era otra cosa que un pastelón indigesto.

Afortunadamente no tengo poderes de “vidente” ni consulto el horóscopo, tampoco tengo fármacos para curar las dolencias cronificadas del arte contemporáneo ni administro supositorios a domicilio. Tampoco me gustaría vislumbrar la catástrofe como destino inevitable. Otro mundo es posible o esa es mi esperanza que me atrevo a calificar no como mesiánica sino como política.