Desde que la escritora Ana Iris Simón exigió el pasado mes de mayo ante el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, una apuesta por los hogares para "plantarle cara al reto demográfico" se ha debatido mucho acerca de este asunto, del éxodo rural, de la España vacía, de la idealización de la vida rural del pasado y de la nostalgia.

La autora de Feria (Círculo de Tiza) pronunció un duro discurso en Moncloa, invitada para ofrecer unas palabras dentro de un acto enmarcado en el programa Reto Demográfico del documento España 2050 contra la despoblación. A partir de ese momento, muchas voces de la derecha se identificaron con el mensaje -sin captar, eso sí, su responsabilidad en el tema- y otras tantas de la izquierda criticaron con fuerza la defensa de esta periodista.

Entre los muchos artículos que surgieron de esta polémica, en alguno de ellos se llegó a comparar las palabras de Ana Iris con la visión falangista de la película Surcos, de José Antonio Nieves Conde, un retrato del éxodo rural, la pobreza y la explotación de la España de mitad de siglo XX de cuyo estreno se cumplen precisamente ahora 70 años. Aquella brillante película, una de las más alabadas del neorrealismo español, se estrenó en 1951 y, a pesar de tejer su argumento en el ideario falangista, tuvo que pasar de puntillas por la censura y aceptar algún corte abrupto.

Sin embargo, a pesar de reunir algunas ideas que no esconde y que plasma al comienzo del filme con una cita del escritor y periodista Eugenio Montes, cercano a Acción Española y Falange, lo cierto es que se trata de una película que, tal y como destacó el cineasta José Luis Garci en su programa Qué grande es el cine español, se convierte en "un álbum de cromos de la época" en el que "está contenida una gran parte de una historia de España muy difícil pero muy interesante". En aquel debate, el dibujante santanderino José Ramón Sánchez destacó que aquella era la película de los que llegaban a Madrid desde provincias, como era su caso.

En Surcos, una familia procedente de un pueblo llega a la Estación del Norte de Madrid con sus petates, sus cestas y sus gallinas con la ilusión de encontrar una vida mejor en la gran ciudad. Se instalan en una corrala del barrio de Lavapiés y comienzan a buscar un porvenir mejor que el jornal que les da el campo. "Aquí el dinero se gana de otra manera: siendo espabilado y estando en todo", les advierten. Pero la vida en la capital es más difícil de lo que esperaban, con trabajos duros y precarios, y la tentación del dinero fácil a cambio de riesgos, así que pronto se dan cuenta de que la vida en el pueblo no estaba tan mal.

Amparo Guerra Gómez, profesora Titular de Historia de la Comunicación y de la Propaganda de la Universidad Complutense de Madrid, ha destacado en declaraciones a Vozpópuli que "no se sabe cómo pasó la censura", ya que no se trata de una película "con final feliz" en un momento en el que "lo que se llevaba era un cine patrimonial y nacionalcatolicista con el pasado imperial que quería Franco". Sin embargo, lo cierto es que tanto los promotores del filme, de tendencia falangista, como algunas de las ideas que recoge el guion, probablemente permitieron su encaje, aunque, eso sí, "muy recortada".

El final feliz de la película, con "un corte tan abrupto", en el que aparecen "los campos gloriosos" para simbolizar "que la buena vida es la alabanza de la aldea" no convence en un retrato global "muy pesimista, de denuncia del hambre y de la mala situación"

Tal y como cuenta, el final feliz de la película, con "un corte tan abrupto", en el que aparecen "los campos gloriosos" para simbolizar "que la buena vida es la alabanza de la aldea" no convence en un retrato global "muy pesimista, de denuncia del hambre y de la mala situación" que se vivía en aquellos años de posguerra y que se extendía a otras ciudades españolas. "A quienes la vieron, acostumbrados a las glorias nacionales, les llamó la atención", ha destacado.

Éxodo rural: el eterno dilema

En cualquier caso, para Guerra Gómez Surcos es una gran película que sigue teniendo "vigencia" como documento y como espejo que refleja "el eterno dilema de todas las ciudades: el éxodo rural, la España vacía" y el "movimiento centrípeto que se sigue produciendo". No obstante, precisa que existen varias diferencias que cambian la perspectiva. Por un lado, el "analfabetismo" del momento y un "sistema patriarcal mucho más cerrado" que, a su juicio, "da mucho que hablar".

De su director, José Antonio Nieves Conde, destaca la "valentía del cineasta", que se valió de su posición para hacer una "denuncia de la explotación de una clase por otra, las clases dominantes, y no solo las militares o eclesiásticas", así como una crítica a la "violencia extrema", en busca del "rechazo y de la indignación". Lo cierto es que Surcos no tuvo una taquilla espléndida, algo que esta profesora achaca a que "a la gente no le gustaba verse sufriendo", pero esa ausencia de éxito en el momento de su estreno no ha borrado su contribución al cine español.

Como han destacado muchos críticos, se trata de un hito del cine que merece atención para entender un momento tan difícil y complejo, en el que "se vivía mal en todas partes", como destacó Garci, al igual que ocurre con otros títulos imprescindibles como El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez, capaz de abordar temas tabú como la pobreza, la miseria, el adulterio, la diferencia de clases, la prostitución, las adicciones, la violencia machista o el aborto.