Improbable, pero cierto: uno de los mejores artículos sobre las dinámicas de poder cultural en España ha aparecido en la página web de Radio Televisión Española. Lo firma Iago Fernández, responsable de contenidos de Gen Playz, el debate de esta plataforma juvenil de la televisión pública. El texto desvela cierto victimismo habitual de la izquierda, encarnado en las quejas del rapero Nega, militante de Podemos y amigo personal del vicepresidente Pablo Iglesias. “Denuncias el clasismo de los trabajadores de Jotdown, Playground o el dominical de El País, reduciéndolos para ridiculizarlos a arquetipos de Pantomima Full: ‘El típico periodista de tendencias que vive en Malasaña’ deslumbrado por las historias de chicos emigrantes de barrio a los que trata ‘como si fueran monos’. Sin darte cuenta de que así te destapas a ti mismo como el más clasista, tratando con paternalismo y condescendencia -como monos, vaya- a chicos de barrio que saben defenderse ellos solitos”, escribe. Parece una polémica particular, pero dice mucho de la situación general.

Más madera: “Sentencias por tus ovarios que ser periodista y compartir piso en el centro es incompatible con proceder de un entorno humilde o sufrir explotación laboral, sueldos raquíticos, curros sin contrato y horas extra sin remunerar. Niegas la medalla de clase trabajadora y lucha obrera a una gente que no te ha pedido que tú se la entregues”, denuncia Fernández, rematando con un comentario letal, donde nos afirma que “tan mala no será Malasaña” cuando Juanma del Olmo (jerarca de Podemos) ha escogido precisamente ese barrio para su tienda de camisetas izquierdistas chic.

La mayoría de medios que Nega menciona como dominantes han echado el cierre, caso de Vice y Tentaciones, otros han atravesado serias dificultades", explica el texto

En realidad, Malasaña no es un barrio tan distinto de Lavapiés, emblema cultural de Podemos, tal y como nos recuerda el experto en gentrificación Daniel Sorando: “Recuerdo una tesis doctoral que presentaba el conflicto como el de personas gentrificadoras versus resistentes de centros autogestionados como Tabacalera. El antropólogo Manuel Delgado preguntó al autor si había considerado la posibilidad de que ambos colectivos fueran el mismo. Una librería con Gramsci y Zizek en el escaparte puede funcionar como símbolo de distinción, tanto o más que un disco de Björk o un colgante de Tous. Lo difícil no es organizar una tertulia sobre Zizek en una librería, sino una asamblea de barrio con lenguaje accesible donde quizás puedas aplicar alguno de los conceptos de Zizek y Gramsci como herramienta para resolver los problemas comunes”, me explicaba en 2016.

Hipsterismo zombi

Maticemos: gran parte de las denuncias sobre clasismo cultural de Nega han sido valiosas, pero tiene razón Fernández en que muchas otras se han convertido en tópicos pasados de fecha y de rosca, más pensados para la autoglorificación que para el análisis. Por encima de todo esto, el artículo que cuestiona al rapero moradi pone ejemplos muy contundentes: la mayoría de medios que Nega menciona como dominantes han echado el cierre, caso de Vice y Tentaciones, mientras otros han atravesado serias dificultades. Playground padeció un ERE salvaje que se llevó a gran parte de su plantilla así como Rockdelux dejó de ser una revista independiente para transformarse en una especie de boletín digital de novedades del festival Primavera Sound (con el añadido de algunos columnistas brillantes, vale).

Los monopolios tecnológicos de Silicon Valley han arrasado con librerías, quioscos, tiendas de discos y en general con espacios de relación cultural, amasando miles de millones

¿Es hora de admitir que ha fallecido la hegemonía indie, hípster y gafapasta? Diría que sí. La derrota ha sido humillante, con Radio 3 perdida en un discurso irrelevante, Babelia en coma cultural y los festivales cool de Barcelona obligados a recurrir a estrellas del reguetón para evitar una sangría de espectadores. A pesar de años sufriendo un desprecio clasista militante, estilos como el reguetón, el flamenquito o la tecnorumba han triunfado por completo, hasta el punto de que El Hormiguero y La Resistencia necesitan más a invitados como El Jincho, Omar Montes y Maluma de lo que los invitados les necesitan a ellos (incluso a La Polla Records). La critica cultural tradicional y los popes de las tendencias hípster sobreviven en estado zombi, tal y como hemos venido explicando en Vozpópuli desde el pasado verano.

¿Dónde está el poder cultural en 2021? Evidentemente, en los monopolios tecnológicos de Silicon Valley, que han arrasado con librerías, quioscos, tiendas de discos y en general con espacios de relación cultural, amasando miles de millones de dólares en el proceso (lo han explicado ensayistas de izquierda como Ekaitz Cancela y también liberales como José María Lasalle). Aún así, en virtud del ciberfetichismo, estrellas como el trapero Yung Beef siguen siendo capaces de decir en público disparates como que Internet les permite una relación sin intermediarios con sus fans. Hoy los prescriptores que inspiran fiabilidad aparecen en los lugares más insospechados: recordemos que Kiko Matamoros eleva los pedidos por cientos los cuando recomienda un libro y que el programa de Federico Jiménez Losantos es el lugar donde la recomendación de una ensayo se traduce en mayor número de ventas. ¿Qué pueden tener en común dos personajes tan distintos? Ser percibidos como agentes que no obedecen a intereses industriales, sino solo a su honestidad y sus criterio (lo compartamos o no). El prestigio cultural ya no lo dan los de siempre porque nadie se los cree ya. Dentro de nuestros niveles de paro y precariedad, vivimos tiempos propicios para repensar el ecosistema cultural.