Análisis

Más calle y menos pantallas (una respuesta a Jorge Carrión)

¿A quién no le interesa decidir su tiempo libre de manera informada?

Jorge Carrión, arriba a la izquierda, en un encuentro multipantalla
Jorge Carrión, arriba a la izquierda, en un encuentro multipantalla

Existe un debate, subterráneo pero intenso, sobre las estrategias de supervivencia de la prensa cultural española. Cuando escribo "subterráneo" me refiero a que circula más por listas cerradas de Whatsapp que por redes sociales. Aunque tenga cierto aire gremial, afecta a millones de personas, ya que casi todos escogemos nuestras opciones de ocio y cultura basándonos en el escaparate de los medios de comunicación. ¿A quién no le interesa decidir su tiempo libre de manera informada?

El punto de partida reciente podemos situarlo en un artículo del escritor catalán Jorge Carrión, publicado el pasado mes de julio en The New York Times, bajo el título de "Ideas para renonvar el periodismo cultural". Que se publique algo así supone un éxito, ya que no estamos ante un grupo profesional excesivamente dado al debate. Destaco este párrafo: "Los medios deben entender que la cultura no se corresponde con la agenda de novedades de la industria cultural y que el periodismo es —entre muchas otras cosas— una representación del mundo. Un mundo que durante mucho tiempo va a ser analógico y digital, papel y pantalla, clásico y viral. Los periodistas culturales tienen que vencer la inercia del sistema y abrirse a todos los géneros y lenguajes, para que las secciones de cultura den cabida tanto a los lenguajes tradicionales como a las nuevas narrativas digitales. Solo así nuestra profesión seguirá teniendo vigencia y sentido".

Carrión acierta al denunciar el periodismo-escaparate, dominante hace décadas en los medios españoles, que consiste en destacar novedades de museos, discográficas, editoriales...

Carrión acierta de pleno al denunciar el periodismo-escaparate, dominante hace décadas en los medios españoles, que consiste en destacar novedades de museos, discográficas, editoriales y productoras de cine o teatro. Lo sufrimos de manera cotidiana, por ejemplo en esos dos minutos finales de los telediarios donde se pasa un vídeoclip 'cool' o un montaje de teatro espectacular, acompañado por tres frases calcadas de la hoja de prensa, sin entrar siquiera en el meollo de la propuesta (siempre más 'cuqui' que portadora de verdadera sustancia). Se puede, por supuesto, disentir de las conclusiones de Carrión, por ejemplo cuando pide por cubrir con mayor frecuencia y seriedad formatos pujantes como los 'podcasts', contenidos virales y narraciones transmedia. ¿Y si el periodismo cultural necesitase menos pantallas y más pisar la calle?

Barrio, baile, botella...

En este punto, es interesante rescatar otro enfoque, el del periodista musical Nando Cruz, que a finales de septiembre publicó en El Periódico de Cataluña un texto polémico y estimulante, bajo el título de "El botellón es cultura". Este párrafo nos sirve para resumir la tesis: "La calle ha sido el espacio donde han surgido las expresiones musicales más innovadoras. Muchas, cómo no, regadas en alcohol. Podríamos hablar de la cultura jamaicana del 'sound system' que se articuló alrededor de tiendas de licor cuyos dueños se encargaban de que la mejor fiesta se montase ante su local. El productor Duke Reid tenía el negocio completo: licorería, bar, 'sound system' y estudio de grabación. Los chavales, animados, aprovechaban esos saraos callejeros para coger el micro e improvisar unos versos", recordaba Cruz.

Las subculturas más relevantes de la música española han crecido en bares, discotecas y parques.

¿Por qué es interesante este punto de vista? Porque describe el nacimiento de muchas culturas populares que han seducido a los oyentes, desde los discjockeys hasta el hip-hop, pasando por el doo-wop (incluso las fiestas de verdiales malagueñas). Soy consciente de ambas miradas -la de Cruz y la Carrión- no son incompatibles, pero estoy seguro de que centrarnos en seguir promocionando contenidos de pantallas digitales en vez de fomentar los encuentros sociales puede ser un error cultural mayúsculo. Se publican treinta artículos sobre C. Tangana (orientado al 'chic' digital) por cada uno sobre La Cebolla o sobre Omar Montes, superventas pegados a la vida de barrio aunque también partan la pana en Youtube y Spotify.

Las subculturas más relevantes de la música española han crecido en bares, discotecas y parques. Los ejemplos pueden ir desde la rumba al bakalao, pasando por las batallas callejeras de gallos donde se forjaron superventas españoles del rap como Natos y Waor, que engancharon a decenas de miles de jóvenes pasando por debajo del radar de la prensa cultural española (demasiadas veces más pendiente de seducir anunciantes que a los lectores). Eso supone una derrota, que estamos obligados a reconocer. 

Soluciones plebeyas

Este no es un debate que se desarrolle en una torre de marfil. El pasado noviembre, la vicealcaldesa de Zaragoza Sara Fernández provocó una intensa polémica al declarar que la instalación de un Belén era aceptable en tiempos de pandemia, ya que no provocaba hacer botellón "como en los conciertos". La reacción de la comunidad musical fue de condena comprensible, ya que les estigmatizaba en unos tiempos muy duros, de lucha por la supervivencia económica. Cuando cuaje la vacuna, tanto los periodistas como los promotores podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué tal si empezamos a tratar estas formas de ocio colectivo con mayor respeto? ¿Estamos desatendiendo el germen de las innovaciones culturales del futuro? ¿Es posible que el renacimiento cultural esté más en el pavimento que en las pantallas?

Imaginen las posibilidades que ofrece aprovechar a fondo -en vez de criminalizar- los encuentros culturales en parques, iglesias y piscinas. Puede ser solo el principio. En este sentido, cabe recordar un crucial texto del sociólogo César Rendueles titulado "Más deporte y menos cultura": "El otro día, alguien me preguntó qué se podía hacer con el Conde Duque de Madrid, un sitio tan desolado que da miedo. Yo sugerí que se podía probar a instalar unas canchas de baloncesto, una piscina y un parque infantil cubierto en sus inmensos patios. De hecho, por lo que he podido ver, el MACBA es básicamente una pista de patinaje increíblemente cara. ¿Y si intentamos hacerlo a revés? Construimos una pista de patinaje barata y luego intentamos que los que pasen por allí se interesen en el arte contemporáneo", escribía en 2015. 

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