Cultura

Hiroshima y Nagasaki, 75 años del lanzamiento de la bomba atómica

El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, protagonizando el acto humano que más muertes ha provocado en un menor espacio de tiempo

Nubes de hongo de las explosiones de Hiroshima (izquierda) y Nagasaki (derecha)
Nubes de hongo de las explosiones de Hiroshima (izquierda) y Nagasaki (derecha)

Hace 75 años, tres Boeing B-29 surcaban el cielo de una ciudad japonesa desconocida hasta entonces para la mayoría del mundo. La localidad se había librado de los bombardeos incendiarios de meses atrás que arrasaron ciudades como Tokio, y esta fortuna se transformará en su mayor desgracia. Dos de los aviones llevan aparatos de medición y cámaras, el otro, el Enola Gay, lleva el infierno.

El boeing deja caer a Little boy, una bomba de tres metros y 4.400 kilos, y a las 8:45:15 explota el ingenio más mortifero creado por la humanidad. Unas 70.000 personas mueren al instante, muchas de ellas desintegradas. La ciudad se convierte en un solar en el que únicamente quedan en pie 6.000 de los 76.000 edificios de la ciudad. Aquel instante del verano de 1945 pasará a la historia como el acto humano que más muertes ha provocado en un menor espacio de tiempo.

¿Por qué Hiroshima y Nagasaki?

Con la guerra acabada en Europa, el principal objetivo de la bomba atómica era conducir a Japón a firmar la rendición. El proyecto Manhattan puesto en marcha tres años atrás por Estados Unidos trataba de crear una potente arma basada en reacciones nucleares. Finalmente, después de cientos de millones de dólares y el fichaje de algunos de los mejores científicos del mundo, el 16 de julio una prueba en Nuevo México certificaba la funcionalidad de la bomba. El presidente Truman recibe la noticia en Postdam (Alemania) donde debatía con soviéticos y británicos el futuro de Europa. Y el 26 de julio lanza junto a Gran Bretaña y China (la URSS todavía era neutral con respecto a Japón) un ultimátum a los japoneses. 

Estados Unidos pretendía crear el mayor impacto posible, y con tal fin se elaboró una lista con los posibles objetivos. Las ciudades escogidas debían ser ciudades relativamente extensas y pobladas, para poder demostrar y comprobar los efectos de la bomba. Además se descartaron las ciudades ya destruidas, y aunque se barajó incluir a Kioto, la tradicional capital nipona, se descartó porque se consideró que la destrucción de esta ciudad supondría un daño irreparable. Junto a Hiroshima y Nagasaki también se incluyó a Kokura, Niigata y Yokohama.

Nagasaki no era la segunda opción

Tras la explosión de Hiroshima, Japón siguió sin rendirse y tres días más tarde otro avión partió con Fat Man, la segunda bomba atómica. El destino era la ciudad de Kokura, sin embargo las niebla impedía la visibilidad y el avión viró hasta Nagasaki. Allí dejó caer el artefacto mucho más potente que el de Hiroshima  pero que provocó muchas menos víctimas, unas 35.000 al momento. 

El emperador Hirohito quedó altamente impresionado por la potencia de la bomba y ordenó que se investigaran los efectos de esta extraña arma. La devastación de las ciudades junto a la declaración de guerra de la URSS, empujaron al emperador a claudicar. Por primera vez en su vida se dirigió a sus súbditos en un mensaje a través de las ondas, comunicándoles que el Imperio se rendía. Dos semanas más tarde, desde el acorazado Missouri, el ministro de Exteriores nipón firmaba el acta de rendición. Terminaba así la Segunda Guerra Mundial.

¿Estuvo justificado?

Algunos de los mayores expertos de la Segunda Guerra Mundial se pronunciaron sobre esta cuestión hace unos años en la revista ‘History Extra’ de la BBC. Historiadores como Antony Beevor, Robert James Maddox, Richard Frank, o Michael Kort sostienen que fue la opción menos mala y la que más muertes evitó. El siguiente paso de Estados Unidos hubiera sido lanzarse a la conquista de las principales islas del Pacífico con unas estimaciones de unas 350.000 bajas americanas. 

Sin embargo, otros autores como Richard Overy, Martin Sherwin, o Tsuyoshi Hasegawa consideran que no tuvo ningún tipo de justificación y que la rendición nipona no iba a tardar en llegar tras la declaración de guerra de Stalin. 

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