Sueños ciudadanos

A la espera de nada

El sistema político español es casi tan previsible como el orbe planetario; de la misma manera que podemos saber cuándo habrá un eclipse de Luna, podríamos predecir qué dirá el supremo líder, cualquiera de los dos, o de los cuatro o cinco, porque en la monotonía encuentran el secreto de su éxito. Fruto de la escuela que se funda en la creencia de que la repetición es la clave de cualquier inteligencia, nuestros dirigentes nunca dicen algo que no hayan dicho antes, y nunca dirán nada que no hayamos oído. Con el impagable apoyo de unos medios que se dedican a comentar sus emisiones con la minuciosidad que merecería un auténtico relato de misterio, son capaces de crear la ilusión de la novedad, la avidez de la expectativa.

Ahora todos nos vemos envueltos en una supuesta intriga acerca de lo que pasará en Galicia y en el País Vasco

Ahora todos nos vemos envueltos en una supuesta intriga acerca de lo que pasará en Galicia y en el País Vasco y de lo que dirá el Comité Federal del PSOE, que, por lo que se dice, anda muy revuelto, vaya novedad. No hay nada que esperar de ningún comité vagamente similar del PP porque en este notable grupo político hace tiempo que han descubierto la esencia del debate colectivo: lo que diga Rajoy, que, a fuer de previsible, como presume de ser, siempre dice lo mismo, que quiere ser presidente y que unos desaprensivos no le dejan.

El barroquismo de la nadería

Como sólo hay una solución capaz de evitar las terceras elecciones, y nada asegura que vayan a ser las definitivas, y esa solución no le gusta nada a don Mariano, y parece que tampoco a don Pedro, todo consiste en simular que se están celebrando prolijas negociaciones, en que se están devanando los sesos para evitarnos el mal paso del 25 de diciembre, pero lo único que están haciendo, en realidad, es ver cómo lo cuentan para que el culpable sea el otro. A estas alturas siguen siendo tan cándidos que creen que podrán convencernos de algo, que podrán modificar el mapa de fondo con alguna estratagema ocurrente.

Es asombroso que asuman que no es posible que millones de electores dobleguen la omnímoda voluntad de dos o cuatro líderes, la de Rivera ya se ha visto que es circunstancial y mudable, que se adapta como unos leggings, y piensen que ellos solitos puedan modificar la voluntad de voto de esos mismos millones de electores, para que la ecuación resultante sea más fácil de resolver. De ahí su empeño en hacer que hacen, su manía repetitiva presuntamente disfrazada de gotas de sabiduría intemporal, siempre idéntica a sí misma.

Oficio de tinieblas

Los políticos siempre tienden a disimular, porque casi nada de lo que realmente nos hacen puede ser contado sin sonrojo. Trabajan unánimemente en la confusión general, en catalogar los problemas de forma que lo que suene es que necesitan más dinero para hacernos todavía más felices. En esto es asombrosa la unanimidad de esta clase de gentes públicas. Si prometen bajar los impuestos es para poder decir luego que no pueden hacerlo, y lo mucho que lo sienten, pero que el bienestar público está por encima de sus mismísimas voluntades, es un imperativo categórico, la esencia de la moralidad política. Unos atacan a los otros acusándoles de no apretar suficientemente al díscolo y escurridizo contribuyente, a ese malvado e ignorante ciudadano que actúa como si creyese que él sabría utilizar su dinero mejor que lo haría Montoro o Errejón, que no creo que llegase nunca a tanto, y todos ellos se ponen de mutuo acuerdo, como suelen decir porque nunca quieren quedarse cortos de palabras, en que hay que dotar de más medios a la Agencia Tributaria, que ese es todo el secreto para acabar con la desigualdad, la incultura, incuso con los nacionalistas, a poco que se le dé algo más de dinero, prubines que se dice en las Asturias.

Que el español no llegue jamás a enterase de que paga, que siga creyendo que pagan los ricos, es el secreto del éxito

Que el español no llegue jamás a enterase de que paga, que siga creyendo que pagan los ricos, es el secreto del éxito. Ahora, en medio de las oscuras peleas para ver quien se alza con Moncloa, están olvidando un poco la pedagogía básica, y nos piden que esperemos al domingo que será el día de la gran revelación, el día en que el Saulo socialista se caerá del caballo, que es una de las versiones rajoyanas, o en el que Rajoy realice el milagro de juntar al PNV con el partido al que apoya Savater, que tampoco será pequeño milagro, para llevar en volandas a don Mariano al indescriptible éxito definitivo, mayoría absoluta de nuevo, un éxito que no habría logrado ni el mago Tamarit. Este Rajoy es un fenómeno, repiten a todas horas, en Moncloa y en Génova, como el Cid, en Valencia, por cierto, es capaz de ganar batallas después de muerto. Si alguien preguntase qué va a hacer luego es posible que le den el consejo que tanto prodigaba Franco, “haga lo que yo, no se meta en política”.

En cuanto al bueno de don Pedro ya es sabido que no tiene relato, ni nadie que se lo repita, se ha quedado sin terminales mediáticas, el pobre, y lo mismo se le ocurre hacer alguna diablura con el malvado Iglesias, que es lo que dice el tercer evangelio marianil, con la insensata ayuda de los nacionalistas, que ya se sabe que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, gente sin principios.

Dimitir, verbo defectivo

Lo peor que tiene la política es que casi siempre acaba mal, de forma que podrían llegar a hacerse reales hasta las historias de miedo del sacamantecas que se cuentan a los niños para que sean buenos e invistan a Rajoy que, encima, ha ganado las elecciones. O sea, que podrá haber cosas peores, nunca se puede subestimar la capacidad de hacer tontadas de gente tan monótona. Es como el sistema planetario, que es muy regular, pero, muy de vez en cuando un asteroide, nos juega una mala pasada y acaba con los dinosaurios, que no estaba previsto. No estoy diciendo que sea necesario un cataclismo estelar para acabar con Rajoy, ni que si Rajoy se fuese a su casa sería el acabose, pero hay que ponerse en todo porque El Mundo Today ha revelado que se ha descubierto un planeta muy similar a la Tierra pero sin Rajoy, un sitio muy inhóspito, han dicho en la secretará de Estado de información. Ahora sí que podemos estar ante un acontecimiento cósmico, y no como aquel que anunció Leire Pajín ante la coincidencia de Obama y Zapatero, porque no me negarán que, si el PP pudiese pensar, aunque solo fuera por un minuto, que tal vez la salida de Rajoy, su dimisión, impía palabra, pudiera resolver algo, estaríamos ante un suceso tan extrañamente improbable como el bautizo y la primera comunión de una galaxia, que los nacimientos de constelaciones son demasiado comunes en el Cosmos para andar comparando.

Rajoy podrá no gobernar, si el réprobo persiste en decir no, pero volverá a ganar las elecciones siempre que se convoquen

Pero Rajoy seguro que no se va a prestar a frivolidades, está en juego el Gobierno, la estabilidad, Montoro, las pensiones, los sueldos de los funcionarios, las reválidas y hasta sesenta tratados internacionales pendientes de firma, según ha revelado hoy, con enorme congoja, el Ministerio de Exteriores, así que no se preocupen, que Rajoy podrá no gobernar, si el réprobo persiste en decir no, pero volverá a ganar las elecciones siempre que se convoquen, y a las pruebas me remito.

Ciudadanos al rescate

Confieso que ante tal panorama apenas podría dormir si no contase con la salvífica presencia de Ciudadanos. Rivera, tal vez en un arrebato de lógica, un episodio raro, pero muy peligroso, ha declarado que no descarta pedir la cabeza de Rajoy si los barones doblegan a Sánchez, toma ya sutileza, aunque a lo mejor, como es tan tuno, está pensando en pedir la cabeza de Sánchez si los del PP se desembarazan de Rajoy, que eso sí que sería un milagro. Este chico, sirve para todo, no cabe duda, ya dice él que es como Suárez, no se queda corto en el elogio, por si acaso: el día menos pensado nos dice lo de “puedo prometer y prometo” y eso ya sería el delirio. ¡Y todavía hay quienes se quejan de la nueva política! Desagradecidos que somos, nos merecemos lo peor: verán cómo pasa.


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