Análisis

MAFO y la farsa que llegó a la estafa de Bankia

              

Miguel Ángel Fernández Ordóñez.
Miguel Ángel Fernández Ordóñez.

En abril de 2011, algo ha llovido en el sector financiero desde entonces, en aquel Público de papel que forzó a Miguel Ángel Fernández Ordóñez a descubrir su sueldo millonario, firmé un especial que desgranaba algunas de las tropelías que MAFO había dejado incubar en las antiguas cajas de ahorros. Siete páginas agrupadas bajo una portada, y un titular (El desgobernador), que desató la ira del jefe de aquel Banco de España que defendía que la “CAM era lo peor de lo peor”. Desde Cibeles se acusó al medio de todo tipo de deslealtades: desde liderar una conjura para desatornillar a MAFO del sillón antes de su fecha de caducidad hasta poner en serio riesgo a la economía española (aquellos eran duros tiempos con los mercados de financiación cerrados) El diagnóstico de entonces, certero en aquel preámbulo del hundimiento de las cajas, se quedó corto. Seis años, un rescate financiero, un banco malo donde se achatarra la porquería de algunas cajas, 40.000 millones en dinero público y mucho drama social después, la mierda que atufaba los balances de aquel sistema financiero, ese que MAFO defendía con vehemencia como “el mejor del mundo”, sigue rebosando. Y una vez más, MAFO lo sabía. La farsa de las cajas no comenzó en Bankia. Pero con su salida a Bolsa, la farsa acabó en estafa.

En una huida hacia delante, MAFO vendió como éxito poner el contador a cero del sistema financiero. Una bonita metáfora del fracaso que significó acabar con 150 años de historia de las cajas de ahorros y su reconversión en bancos. Los agujeros encontrados en CCM, Cajasur, Caja Madrid, Bancaja, después hermanastras en Bankia, las cajas gallegas, Banco de Valencia o CatalunyaCaixa recordarán en los libros de historia a Fernández Ordóñez como el médico que sólo diagnosticó un constipado cuando el organismo estaba podrido. Eso siendo benévolos. Siendo justos, su historia en Cibeles debería ser investigada en un juzgado. Ahí vamos con algunos argumentos.

Cuando Fernández Ordóñez intentó que Ibercaja absorbiera a Caja Castilla-La Mancha para evitar su intervención, le ofreció mil millones de euros en ayudas. Amado Franco le dijo que no; hacía falta mucho más dinero. La misma situación vivió el gobernador del Banco de España cuando unos días después hizo el mismo intento con Unicaja. Braulio Medel replicó que con menos de 3.000 millones no se podía contener la hemorragia. Ordóñez se encastilló y acabó por intervenir CCM ante la imposibilidad de que otra caja le solucionara el problema.

Los agujeros encontrados en CCM, Cajasur, Caja Madrid, Bancaja, después hermanastras en Bankia, las cajas gallegas, Banco de Valencia o CatalunyaCaixa recordarán en los libros de historia a Fernández Ordóñez como el médico que sólo diagnosticó un constipado cuando el organismo estaba podrido

La realidad acabó, poco después, por dar la razón a Franco y a Medel y sacó los colores al gobernador. Para venderla a Cajastur –hoy Liberbank- tuvo que conceder unas ayudas de 1.300 millones más una garantía de 2.475 millones para hacer frente a la morosidad futura. ¿Cómo es posible que quien tenía acceso a los números de CCM no pudiera ver lo que el resto tenía tan claro?

Y no fue la única vez que sucedió. Poco después se repitió la historia con Cajasur, la entidad de la Iglesia. Tras la intervención y su venta a BBK, la caja vasca descubrió que los problemas que había dentro de la cordobesa eran muy superiores a los que el Banco de España había escrito en el cuaderno de venta. Unos mil millones más de agujero de lo calculado (y eso que la gestión estaba en manos del supervisor), más todo lo aflorado durante los años de la crisis.

Otro mal cálculo de grandes dimensiones. Desde el Banco de España se justificó entonces que después de intervenir una entidad siempre emanan pérdidas muy superiores a las que se conocían porque se utilizan criterios de una prudencia exagerada, que multiplican los morosos y, por tanto, las pérdidas. En el sector admiten parte de esta argumentación, pero recuerdan que en el caso de Cajasur, por ejemplo, el agujero apareció cuando entró BBK una vez que ya había salido el Banco de España, lo que demuestra que no se enteró de lo que había ahí dentro mientras estuvo gestionándolo.

Esos malos cálculos no sólo afectaron a esas dos entidades y a sus compradoras. La pérdida de credibilidad del Banco de España de MAFO convirtió la subasta de la CAM en un auténtico ejercicio de funambulismo. Nadie quiso hacerse cargo de la caja alicantina hasta que el cheque para cubrir la morosidad futura no superó con creces los 10.000 millones.

Aún así, la CAM no fue “lo peor de lo peor”. Siendo escrupulosos con los números, en la combinación entre tamaño de la entidad en relación a las ayudas recibidas (12.000 millones), Catalunya Caixa se erige en la verdadera ‘cuchara de madera’ del sistema financiero español. Otra farsa orquestada bajo la ceguera de MAFO con  mucho recorrido judicial para un fiscal con ganas de hacer méritos en Cataluña.

Bankia: el éxtasis del cachondeo

Pero el cachondeo, perdón por lo poco literario del término, alcanza su éxtasis con Bankia. Los correos electrónicos internos, desvelados esta semana por Jorge Zuloaga (@jzuloaga) y Nicolás Sarriés (@nmsarries) en este medio, en los que los inspectores del Banco de España ríen (por no llorar) ante la metástasis de la entidad, antes y después de su salida a Bolsa, deben servir de mecha para prender de nuevo el caso Bankia. Un caso que vivía mortecino entre la pelea técnica de los informes de los peritos, de una parte y de otra, por las provisiones genéricas. Sin embargo, como sucedió con los gastos de las tarjetas Black, el lenguaje de estos ‘mails’ no sólo traduce a la calle los tecnicismos de las provisiones, sino que va más allá. Explica en frases (o expresiones) que entendemos todos como nadie en Cibeles puso freno a la trama. El problema de la Bankia de Rato no fue de provisiones. Su verdadero agujero, pese a los 22.000 millones en ayudas públicas, no fue tanto financiero como de la catadura moral de todos aquellos que silenciaron la farsa hasta convertirla en estafa. ESTAFA, con mayúsculas, que utilizó el engaño para provocar el error en otro (en este caso miles de accionistas) obligándoles a realizar una compra de acciones que les supuso un enorme perjuicio propio.

El verdadero agujero de Bankia no fue tanto financiero como de la catadura moral de todos aquellos que silenciaron la farsa hasta convertirla en estafa

Baste un último ejemplo para confirmar el engaño. Un extracto de un escrito, en este caso entre los inspectores del Banco de España con los responsables de Bankia, que reproducimos este lunes. "Les comentamos que tienen que corregir esta actitud de publicar al mercado información no veraz o engañosa, como ya les dijimos en más de una ocasión a Caja Madrid. (...) En todo caso, dice que este tema es competencia, según cree, de Dirección Financiera (aunque reconoce luego que también pasa por Secretaría General), y pregunta si la CNMV no ha validado la información antes de que se publique. Terminamos diciendo que eleve el asunto a quien corresponda y que tenga en cuenta que este tipo de informaciones serán aún más sensibles cuando Bankia cotice en Bolsa". Un párrafo con suficiente carga de profundidad para remover la conciencia jurídica del juez Andreu y del fiscal Luzón, responsables del caso Bankia.

Aquella salida a Bolsa fue aprobada por el mismo que, con un desparpajo solo concebible en un país cuyas supuestas élites han perdido la vergüenza, ha publicado un libro autoexculpatorio titulado Economistas, políticos y otros animales, en el que viene a decir que a mí que me registren, yo no soy el culpable del desastre de las Cajas de Ahorro (más de la mitad del sistema bancario), no me siento responsable del rescate que obligó a España a gastarse más de 40.000 millones de euros para evitar la quiebra del sistema financiero español. Otro libro merece otro título. El desgobernador.

@miguelalbacar


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