Intercambio de casas

He pasado 5 años intercambiando mi casa en vacaciones y esta es mi experiencia

Baztán, Estocolmo, París y Londres
Baztán, Estocolmo, París y Londres Pepo Jiménez

Última semana de diciembre. Escribo este artículo desde una casa con 4 habitaciones y jardín al norte de Londres, a 20 minutos en metro de Piccadilly. Mi hijo está jugando con una consola y sus hermanas con dos gatos en un cuarto con miles de juegos y de sorpresas. Ayer fue un día intenso de turismo y al llegar nos tiramos al sofá. Tenemos Netflix y Sky de pago, wifi y una biblioteca fabulosa. Mejor que en Madrid.

No hemos pagado un duro por esta casa. Sin embargo dejamos en prenda lo más valioso que tenemos, la nuestra. Es la base del intercambio de casas (ahora los modernos lo llaman 'viaje colaborativo'). Una forma de viajar tan antigua como las cavernas que se está volviendo a poner de moda para desgracia de empresarios y hosteleros.

Nuestra calle en Londres
Nuestra calle en Londres Pepo Jiménez

Basta darse de alta en una web especializada, colgar unas buenas fotos de tu familia y de tu casa y esperar que alguien en la otra punta del mundo quiera visitar tu ciudad. No hay más.

Nosotros empezamos a usar la web gratuita knok pero no llegaban ofertas de calidad y pasamos a una de pago. En IntercambioCasas pagas 130€ al año y los contactos son constantes, incluso abrumadores; ofertas que no puedes atender porque pagar el avión a Miami a toda la familia para una semana no te sale a cuenta. Hay un montón de páginas que ofrecen el servicio: guesttoguest.eshomeforhome,... Lo único realmente importante que deben garantizar y controlar estas Webs es la identidad de los usuarios.

Llevamos cinco años intercambiando casa con desconocidos en vacaciones: Valencia, Estocolmo, Barcelona, Navarra, Reus, París, Londres,…  ya casi no viajamos de otra manera. Somos 5. Viajar es prohibitivo para una familia numerosa. No cabemos en una sola habitación de hotel y las casas en ciudades turísticas son demasiado caras. 150 euros la noche en el mejor de los casos. Empezamos en 2011 cuando la crisis estaba en su máximo esplendor y había que buscarse otra forma barata de vacaciones. Probamos el camping,  luego el intercambio. No nos arrepentimos.

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Esta mañana hace frío en Londres y amenaza lluvia pero la casa es caliente y muy cómoda. No hemos traído paraguas, nunca lo hacemos cuando vamos de intercambio. No hace falta. Como tampoco juguetes para los niños, parafarmacia o cachivaches especiales. Una de las ventajas de alojarse en una casa familiar.

Nos hemos gastado 530€ en organizar esta semana de Navidad en la City, lo que nos costaron los 5 billetes (low cost) hace unos meses cuando cerramos el intercambio en IntercambioCasas. Aunque Londres es más caro que Madrid haremos y gastaremos prácticamente lo mismo que si pasamos la misma semana de Navidad en nuestra ciudad y con los niños sin colegio. Cenaremos algunos días fuera y otros en casa, iremos a museos, a la pista de hielo, a mercadillos. No creo que compremos nada.

Nuestra casa en la Villa Olímpica de Barcelona
Nuestra casa en la Villa Olímpica de Barcelona Pepo Jiménez

Hay dos clases de personas, los que disfrutamos de este tipo de experiencia intercambiando la casa con un desconocido y a los que le da repelús que alguien use su mismo baño. Y que siga así. La polarización y el reparo de algunos nos protege. Me explico:

Durante estos cinco años he ido preguntando a amigos y familiares su opinión y me he encontrado con un filtro muy curioso. Sorpresa con unos, desencanto con otros. Aquellos que no tienen ningún reparo en prestar su casa a un desconocido son, al final, de los que más me fío. No significa que haya desconfianza con el resto, significa que el grado de liberalidad y altruismo es mayor en los son capaces de dejar sin compromiso su hogar. Ese amigo del alma al que le da reparo prestarte el coche nuevo para una urgencia no falla, es el mismo que no quiere que un desconocido vea su ropa íntima en el armario. A mi me trae sin cuidado.

Ese filtro de sentido común hace que los comentarios y las reseñas de las casas sean educadísimos. En el intercambio de casas no hay TROLES ni malos rollos, ni esa gente que putea a un restaurante con un comentario negativo falso para hundirle el negocio. Si lo haces estás muerto. Yo no cambio mi casa con un tipo que es incapaz de hablar antes de un problema con el dueño. Jamás hemos tenido, ni he visto un mal comentario. Probablemente porque uno solo te hunda tu oferta y te obligue a cerrar la cuenta. Tiene que haber confianza total.

A mesa puesta en Estocolmo
A mesa puesta en Estocolmo Pepo Jimenez

España es uno de los países europeos con menos tradición de intercambio, ese sentimiento de propiedad fomentado por el materialismo agresivo, esa cultura por la compra y por hipotecarse a los 30 años nos hace más egoístas, menos dados a disfrutar haciendo lo tuyo de otros. Conozco a gente que ya intercambiaba en los 60 con un álbum de fotos que iba rulando entre amigos y desconocidos. Cuando te registras en una web de intercambio te das cuenta inmediatamente de que las ofertas son más abundantes con los de fuera.

El desprendimiento y la madurez que exige un intercambio es, además, el mejor seguro para tu casa. Un filtro que limpia de curiosos y maleantes la oferta. Que alguien sea capaz de dejar sus recuerdos, sus fotos familiares a la vista, sus trastos de valor, su nevera llena,... es una garantía para tu hogar. Y viceversa.

No hay intercambio de dinero, ni acuerdo comercial, muchas veces tu casa es mejor que la del otro o al revés, pero lo aceptas y disfrutas; sabes que el resto de turistas se habrán dejado los cuartos en un hotel donde les cobrarán el wifi, no tienen equipo de música o un sofá realmente cómodo para descansar.

El respeto al entrar en una casa ajena es siempre mayor que al entrar en un hotel. Sabes que allí vive una familia como la tuya, no una empresa que gana contigo dinero. No tiras las toallas al suelo, no gastas compulsivamente el horroroso jabón hostelero, no dejas la camas sin hacer. El acuerdo es convertir la nueva casa en tu hogar. También hay que currar y limpiar, sí. Como lo harías en tu casa o en el apartamento de playa. La sensación que te queda al viajar así es mucho más fuerte que la de usar hoteles impersonales. Trasladas tu familia a otro mundo conservando usos y costumbres, tu día a día, esto —sobre todo con niños— es fundamental.

Y se aprenden muchas cosas. Entiendes cómo nació IKEA al ver organizar a los suecos sus trastos de la cocina. Aprendes cómo los vascos de campo resuelven la calefacción con una estufa de pellets. Cómo los parisinos tienen un gusto exquisito por la decoración. A veces te quedan dudas eternas ¿cómo se afeitan los ingleses si están prohibidos los enchufes en los baños?¿Por qué moqueta de pelo largo en el baño? Intercambiar casas es también intercambiar culturas, trucos, aprender cosas de otras familias o estilos de vida.

Vistas desde nuestra casa en Estocolmo
Vistas desde nuestra casa en Estocolmo Pepo Jiménez

En cinco años intercambiando no hemos tenido ningún problema. El filtro altruista hace que se pueda negociar cualquier posible imprevisto con soltura. Es importante tener tu seguro en regla y avisar al otro. Algunas páginas como IntercambioCasas ofrecen seguro con su tarifa. Pero si rompes algo lo repones, si gastas unas cervezas las compras, si no sabes dónde está algo lo preguntas.  Muchas veces te encuentras consultando a un desconocido por WhatsApp dónde guardan su papel higiénico. Es hasta divertido. Eso sí, lo que nunca, nunca, debes hacer es mandarle fotos de su propia casa con tu familia dentro. Demasiada información. Comunicaciones las justas. Queremos intercambiar casa no entablar una forzada amistad.

Recuerdo la primera vez que intercambiamos. Fue en Valencia. Todo eran nervios. Un chalet con jardín en las afueras, cerca de la playa y con todas las comodidades de un hogar... bueno y también con un gato y un par de tortugas gigantes que no paraban de comer. Todo perfecto hasta el último día. Mi hijo —que por entonces tenía tres años— sacó el pestillo que engarza la puerta de la finca con el suelo y lo metió en el hueco de un tronco del jardín… imposible sacarlo sin talar el árbol. La puerta sin el pestillo no cerraba y dejaba la propiedad totalmente desprotegida. Me pasé toda la tarde buscando el pestillo por ferreterías y centros comerciales desconocidos (era domingo) como si la casa fuera del dictador norcoreano y la vida de mi familia dependiera de ello. Al final lo encontré, lo cambié y se lo expliqué al dueño. En mi casa probablemente hubiese puesto un palo provisional. Ese tesón y respeto —incluso mayor por la propiedad ajena que por la tuya propia— es el mejor seguro para un intercambio. Quien no es capaz de pasar por ello no cambia su casa.

El buen intercambiador deja un manual de su hogar con todo lo necesario: cómo funciona la calefacción, la lavadora, la password de la Wifi, dónde está la leña, lo que no se debe tocar, los mejores restaurantes de la zona, los supermercados más baratos,... sabes que lo que ponga en el manual es fruto de la experiencia de una familia viviendo allí años y no de un turista ocasional. Hay mil trucos, no hay sorpresas.

París. Diciembre 2013
París. Diciembre 2013 Pepo Jiménez

Nosotros tenemos un ritual. Vaciamos algunos cajones y hacemos pequeños huecos en armarios. Los niños van dejando post-it por toda la casa marcando lo que se puede abrir, tocar o lo que no. Incluso dejan instrucciones para que los nuevos niños encuentren o jueguen con lo mejor. No hay reglas, todo se habla, pero es muy normal dejar un regalo de bienvenida; un vino, un aperitivo, un recuerdo. El jamón de jabugo nunca falla. Lo último es pintar la bandera de nuestros invitados para marcar la puerta por fuera y que no manipulen otra sin querer. Recuerdo cuando intercambiamos con los vascos con una maravillosa casa en el valle de Baztán. Pusimos la ikurriña en la puerta. Los vecinos más rancios pensaron que había okupado la casa un comando etarra. Risas. Allá ellos.

La aventura del intercambio tiene sus momentos mágicos.  Como cuando te encuentras con toda tu familia buscando de noche la llave escondida en el jardín con la poli merodeando. Como cuando entras a casa y los niños empiezan a gritar: ¡Tienen consola! ¡Tienen slime! ¡Tienen scalextric! Como cuando llegas a casa tras patearte media ciudad y decides hacerte una tortilla de patatas e impregnar la casa con un olor tan familiar... o como cuando suena el teléfono y alguien pregunta ¿y si lo cogemos y le decimos que se ha equivocado? ¿cuántas veces llamará?

Pero también tiene sus ‘peros’. El ‘vecino receloso’ es el peor. Ese que se muere de envidia porque su compañero de escalera se ha ido por cuatro perras a España y él es incapaz de compartir su retrete. Estará todas las vacaciones echándole un ojo y será el chivato oficial. Lo que no sabe es que si pasa algo ya habrás hablado antes con el dueño. Somos gente así de normal.

Nuestra casa en el Valle de Baztán. Navarra
Nuestra casa en el Valle de Baztán. Navarra

A mí solo me gustan los intercambios que se hacen a la vez, aquellos en los que tú y tu desconocido inquilino os tomáis las vacaciones al mismo tiempo. No hace falta ni conocerse, ni cruzarse, ni hablarse (todo por escrito). Las llaves se dejan al portero o vecino, en un escondite o se envían antes por correo. Hay una especie de pacto tácito: “Si pasa algo en mi casa recuerda que yo también estoy en la tuya”. Al final todo el que hace intercambio dice lo mismo. Te preocupas infinitamente más por no romper nada en tu nueva casa que por lo que pueda pasar en la tuya.

Por eso me gusta también más que el intercambio sea siempre de primera vivienda. Allí donde hay siempre tiritas en el botiquín, buena biblioteca para curiosear y cantidad de juguetes para los niños. La segunda vivienda es siempre el comodín, menos hogar y menos servicios… eso y que nosotros no tenemos, claro.

Una de las eternas dudas. Mi casa es muy pequeña, o muy vieja o está en un barrio horrible ¿podré intercambiarla? Sin dudarlo. Siempre habrá, en algún lugar del mundo, alguien con una casa igual de lujosa o cutre que la tuya y con las mismas ganas de intercambiar. Las web que ofrecen servicio son cada vez más eficientes en cruzar ofertas y demandas y todo es posible. Nosotros somos 5 pero hemos intercambiado con parejas sin hijos tras llegar a un acuerdo. Algunos incluso se han marchado antes de nuestra casa que nosotros de la suya porque solo estaban de paso.

Londres desde el Sky Garden
Londres desde el Sky Garden Pepo Jiménez

Hay webs que ofrecen una serie de créditos que se acumulan cada vez que prestas tu casa y luego los puedes usar para ‘alquilar’ otras, pero no es lo mismo. Ese grado de confianza y complicidad mutua desaparece. Lo mismo ocurre con la oferta de airbnb. Al haber un acuerdo comercial y dinero de por medio se pierde al alma del intercambio. Aunque sea de tu casa particular.

Mi hija ha encontrado una guitarra y se ha puesto a practicar como si estuviera en casa, de eso, desafortunadamente, no me libra el intercambio de mi casa…


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