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Viajeros, mosqueteros y detectives: la literatura hecha dibujo animado

Perros mosqueteros, leones viajeros, zorros detectives... nos guste o no, son algunos de los personajes de nuestra infancia, y todos salieron de la literatura.

Hay en España una generación entera que durante años vivió engañada en el convencimiento de que el protagonista de La vuelta al mundo en 80 días era Willy Fog. De hecho, creo que a día de hoy más de uno desconoce la existencia de Phileas Fogg. La culpable de este malentendido es la serie La vuelta al mundo de Willy Fog, cuyo primer episodio se emitió por primera vez en 1983, y después se vio sometido a sucesivas reposiciones hasta bien entrados los 90. Se emitía en bucle infinito, igual que se explican los temarios en las autoescuelas.

El que a estas alturas no se ha aprendido la letra de la canción con la que empezaba cada capítulo de este viaje que hicimos durante años y años y años "en barco, en elefante, en tren" es porque no quiere, no será por no haberla escuchado nunca. Seguro que más de uno la tararea cuando plancha la ropa.

La vuelta al mundo de Willy Fog es una de tantas adaptaciones literarias que salieron de las factorías animación con la noble y titánica tarea de entretener a los más pequeños, muchas veces protagonizadas por animales personificados. Y, como todo producto de éxito, tuvo hasta una secuela, Willy Fog 2 (título original donde los haya), que fue el resultado de coger a los personajes de La vuelta al mundo y meterlos, así sin anestesia ni biodramina ni nada, en una coctelera conViaje al centro de la tierra y20.000 leguas de viaje submarino. Menos mal que Julio Verne ya llevaba mucho tiempo muerto, porque se habría pegado un tiro. Pero a los niños les gustó, qué se le va a hacer.

Esta fue la idea que tuvieron los señores de BRB para conmemorar el décimo aniversario de la primera vuelta al mundo (la serie, no el viaje) pero no es la adaptación más 'libre' en lo que a clásicos literarios para niños se refiere. Se me ocurre otro ejemplo: Los tres mosqueperros. En un alarde de humor e imaginación, no sólo cambiaron el título de la novela de Alejandro Dumas para que se adaptara a la especie de los personajes (excepto la mala malísima Milady, que después de más de veinte años aún intento comprender por qué era una gata), también hicieron lo mismo con el protagonista. El resultado fue el chucho D'Artacán.

Igual que La vuelta al mundo de Willy Fog, se emitió a principios de los 80, concretamente entre 1981 y 1982, pero esas cintas salieron del archivo en innumerables ocasiones para otras tantas reposiciones. Y todo eso para que su banda sonora acabara convertida en un temazo imprescindible en cualquier fiesta patronal que se precie, compartiendo lista de reproducción con Paquito el chocolatero.

Y hablando de temazos, ¿alguien se acuerda de Los trotamúsicos? Es otra adaptación, en este caso del cuento Los músicos de Bremen, de los hermanos Grimm. Aunque aquí no hiciera falta convertir a los cuatro protagonistas en animales, porque ya lo eran, dudo mucho que en el relato original el burro tocara la batería y el gallo, la guitarra eléctrica, pero estábamos en 1989 y hasta los clásicos se actualizan.

La factoría Miyazaki

Además de los títulos que ya hemos enumerado, todos 'producto nacional', también llegaron al horario infantil de las parrillas televisivas otros productos venidos del lejano Oriente.

Antes de ser distinguido con un Oscar, Hayao Miyazaki se dedicaba a otros menesteres menos reconocidos artísticamente que El viaje de Chihiro. Por las manos de este japonés han pasado Sherlock Holmes, otra serie 'de perros'; Marco, basada en el relato De los Apeninos a los Andes, y Heidi que antes que serie fue novela, igual que Ana de las tejas verdes.

De lo que ha dado de sí Sherlock Holmes en la tele ya hablamos la semana pasada, aunque sin entrar en la adaptación de Miyazaki. Este Sherlock japonés nació en la misma década que Willy Fog, D'Artacán y los trotamúsicos. Heidi, Marco y Ana de las tejas verdes pertenecen a los 70, lo que no quiere decir que las cadenas españolas no estuvieran sacándole rentabilidad a los derechos hasta más de veinte años después.


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