En la memoria colectiva, que cada día peca de más olvidadiza, quedará la imagen de Cayetana Fitz-James Stuart bailando flamenco en la puerta del Palacio de Dueñas tras su boda con Alfonso Díez. Nunca una imagen aparentemente casual dijo tanto. La duquesa, ajena a las opiniones y los juicios, improvisaba un baile acompañada de los cantos del grupo Siempre Así y de las palmas del público asistente, pasándose por la peineta lo que todos pudieran pensar.

No en vano, había conseguido casarse con el tercer amor de su vida, desafiando los recelos de sus hijos y los dimes y diretes de la crónica social. Y es que Cayetana de Alba siempre fue una rebelde. Aristócrata, sí, pero rebelde. Capaz de combinar su pasión por los toros con los amoríos con un hombre veinte años menor, la férrea educación de sus hijos con la libertad absoluta de sus pensamientos, las joyas de incalculable valor con la bisutería más económica de los mercadillos ibicencos. Pura contrariedad muy bien llevada.

Su padre la educó con disciplina militar y mano dura.

“Siempre he conseguido todo lo que me he propuesto, a base de luchar y pelear por ello”. A Cayetana Fitz-James Stuart le inculcaron el sentido de la responsabilidad desde niña. Su padre, el anterior duque de Alba, la educó con disciplina militar, sabiendo que iba a desempeñar un papel fundamental en la historia de España, mantener intacto el patrimonio de la Casa de Alba.

Cayetana nació en el Palacio de Dueñas, asistida por el doctor Gregorio Marañón y apadrinada por el rey Alfonso XIII. Pasó su infancia entre Madrid, París y Londres, dependiendo del destino de su padre como embajador. Sufrió la pérdida de su madre con tan solo ocho años, quedando a la custodia de su abuela materna y de un sinfín de institutrices. Aun así, siempre declaró que su infancia había sido feliz. Al menos, todo lo feliz que le permitieron los constantes viajes de su padre, los cambios de colegio y el aprendizaje de hasta cinco idiomas. Todo con tal de prepararse para ser la duquesa con más títulos de España.

Una rebelde sin causa

Pero Cayetana pronto se entregó a la farándula en cuerpo y alma. Apasionada de los toros y del flamenco, intimó con Lola Flores, declinó una oferta para ser retratada desnuda por Picasso, rechazó las proposiciones -suponemos que deshonestas- de Ali Khan, marido de Rita Hayworth, fue fotografiada por Cecil Beaton y Richard Avedon y compartió confidencias con Grace Kelly. Normal que no tuviera problemas para posar con Tom Cruise y Cameron Diaz en su visita a Madrid. Incluso llegó a abrir las puertas del Palacio de Liria en 1959 para celebrar un desfile de Christian Dior, eso sí, con fines benéficos. Las crónicas de la época cuentan que recaudó un millón de pesetas destinado a la financiación de las escuelas salesianas. Todo un hito en Madrid y en la vida de la propia duquesa, que siempre prefirió el estilo hippie a las grandes marcas. Y eso que podía permitírselo.

Cada uno de los hombres que pasaron por su vida fueron calificados como 'su gran amor'. El primero fue el torero Pepe Luis Vázquez, un amor de juventud e imposible por la oposición del padre de la duquesa, que ya se encargó de cortar la relación. Lo mismo le ocurrió con Beltrán Osorio, duque de Alburquerque, aunque éste sí llegó a ser pretendiente oficial.

Su primer matrimonio con Luis Martínez de Irujo y Artázcoz duró veinticinco años.

Su padre se inclinaba más por perfiles como el de Luis Martínez de Irujo y Artázcoz, ingeniero industrial, primer esposo de Doña Cayetana y padre de los seis hijos destinados a integrar, a partir de ahora, la Casa de Alba. El matrimonio duró veinticinco años, hasta que en 1972 Martínez de Irujo falleció víctima de la leucemia. La Duquesa enviudaba por primera vez y los rumores de nuevas relaciones cobraban protagonismo de nuevo.

Seis años más tarde, Cayetana volvía a casarse, esta vez con Jesús Aguirre, un sacerdote retirado, hijo de madre soltera y, por si faltaba algo, once años menor que ella. La aristócrata, profundamente religiosa y devota, se enlazaba con un ex jesuita progre y, claro, la polémica venía servida. Aun así, la duquesa, como siempre, se salió con la suya -y eso que, de entrada, parece que Aguirre tampoco le gustó demasiado, pero el tiempo fue acercándoles-.Cayetana calificó a cada relación que tuvo ‘el amor de su vida’.

El matrimonio duró hasta 2001, cuando Aguirre falleció por un cáncer de laringe y la Duquesa volvía a quedar viuda por segunda vez. “Me hubiera gustado tener un hijo suyo, fue el gran amor de mi vida”, confesó años después. Y es que para Cayetana, todos los hombres de su vida fueron especiales.

La recta final de la duquesa

Los últimos años de su vida los pasó entre polémicas con sus hijos -con su hijo Jacobo estuvo una larga temporada sin hablarse-, sus yernos y nueras -Cayetana acogió a Fran Rivera, ex marido de su hija Eugenia, en sus brazos, igual que hizo con Genoveva, ex mujer de su hijo Cayetano, desoyendo las necesidades de sus propios hijos-, e incluso de sus nietos.

La duquesa se casó con Alfonso Díez pasados los 80 años.

Pero nunca renunció al amor. La duquesa quiso casarse pasados los 80, pesara a quien pesara. Para ello tuvo que acceder a repartir la herencia entre sus hijos, temerosos de lo que pudiera ocurrir tras la boda con Alfonso Díez, un 'jovencito' de 60 años dispuesto a darle cariño y compañía. De nuevo, otro 'gran amor' conseguía que la Duquesa se casara por tercera vez. Seguro que Elizabeth Taylor hubiese estado orgullosa de ella.

Ahora, se abre una nueva etapa en la Casa de Alba. Por delante, la transición del ducado a Carlos Fitz-James Stuarty Martínez de Irujo, nuevo jefe de la casa y responsable del mantenimiento del patrimonio. De lo de ocupar el hueco de la duquesa ni hablamos. No lo va a conseguir, por mucho que se esfuerce. Cayetana será, para siempre, 'la duquesa de Alba’. Y eso que a ella no la pintó Goya.


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