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Varsovia: un nuevo incendio para la naturaleza

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Las emisiones de CO2 a la atmósfera no se han detenido (flickr | Mikael Miettinen - imagen con licencia CC BY 2.0).
Las emisiones de CO2 a la atmósfera no se han detenido (flickr | Mikael Miettinen - imagen con licencia CC BY 2.0).

Afirmamos, en la última entrega de este blog, que la impunidad destroza la convivencia. Hay, en efecto, chapapotes morales que contaminan lo más esencial, la justicia. Pero no menos al equilibrio emocional. Por mucho que la resignación ocupe posiciones crecientes en el derredor social, la quiebra de la más elemental coherencia se va pegando a las emociones hasta lograr la desesperación. Lo escribo porque algo muy parecido al hecho de que tantos culpables se queden sin castigo sucede cuando se pierden, una tras otra, las oportunidades de reparar los tremendos errores cometidos. Es más: si en la vida individual se suele anhelar aquello de tener otra ocasión de volver a empezar, ¿cómo podemos calificar el haber podido hacerlo nada menos que en 5 ocasiones y haber destrozado todas ellas?

Recordemos: Estocolmo 1972. Río de Janeiro 1992. Berlín 1995. Durban 2011… cumbres mundiales entre las que debemos intercalar los informes de IPCC y las reuniones preparatorias. Cientos de millones de gasto para que todo sea mucho menos que papel mojado.

Pues bien eso, lo de seguir rechazando las medicinas que pueden salvar a casi todo, es lo que acaba de perpetrarse en Varsovia. Sumemos el agravante que supone disponer de evidencias científicas sobre el causante del cambio climático y las catástrofes que está causando, por cierto casi siempre a los menos responsables del mismo. Sin excluir que sustituir el modelo energético y de transporte/comercio (estos que propician el haber superado las 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera) es posible. No solo, en efecto, por lo ya mencionado, es decir permitir que el aire respire, sino también porque supondría muchos más puestos de trabajo, menos gasto en importaciones y más ahorro en salud, seguros y vidas. Sirva de contundente ejemplo que anualmente en el mundo se gastan 523.000 millones de euros en los combustibles fósiles. Con una décima parte de ese presupuesto se podría cumplir los tacaños y ya olvidados propósitos del protocolo de Kioto. Pero todo sigue pendiente.

A unos pocos gobiernos les pasa lo mismo que a los que se proponen dejar de fumar porque saben que les matará pero que siempre encuentran un motivo para seguir haciéndolo. En el 2005, cuando atisbamos una esperanza por la entrada en vigor del famoso protocolo, Estados Unidos, China y la India decidieron no secundar al resto de las naciones firmantes. Ahora varias de las ya no tan emergentes potencias ponen por delante las compensaciones que la coherencia de empezar a sanar. Algo así como si quisiéramos estar curados de una grave dolencia antes de entrar en quirófano.

Y entonces no somos pocos los que nos desesperamos por llevar más de 40 años queriendo respirar aire que haya respirado transparencia y no la torpeza de quienes gobiernan un mundo cada día más opaco.


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