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Gijón, la niña bonita del Cantábrico

Mar y montaña, vanguardia urbana y entorno rural, cultura y ocio por un tubo, refinados templos gastronómicos y sidrerías de siempre donde apurar la tarde a golpe de botellinas. La más cosmopolita de las ciudades asturianas lo tiene todo. Por eso vive al margen de los tópicos… e incluso de la lluvia.

Que el mar en Gijón es un elemento urbano se aprecia a poco que uno levante la mirada para dejarse invadir por ese azul impetuoso que golpea a la ciudad por su cara norte. Ese Cantábrico frío y batido que recorta la costa para hacerse espuma en la playa de San Lorenzo, su icono por excelencia, flanqueada de escaleras a lo largo del paseo que permiten el acceso al arenal. De entre todas, destaca la número 4: la famosaEscalerona, fruto de esa costumbre tan gijonesa de añadir un aumentativo a sus elementos típicos (El Molinón, la Iglesiona…).

San Lorenzo es el alma de Gijón, atestadísima en verano y reservada en los meses invernales para surferos y paseantes a los que la lluvia no logra intimidar. Luego está la playa del Poniente, más calmada, y entre ambas, el barrio donde la ciudad condensa su esencia marinera: Cimavilla, el casco histórico plagado de casas de pescadores y callejuelas con olor a salitre.

De culín en culín

Se trata del barrio más popular, algo canalla también, reconvertido hoy en el exponente de la sidra. Porque eso de tomarse un culín (uno detrás de otro) es religión ineludible: ya sea en la Cuesta del Cholo, donde los jóvenes se apiñan en plena calle, o  al abrigo de sidrerías como La Galana (en la Plaza Mayor) o El Lavaderu (en la Plaza del Periodista Arturo Arias), que son dos clásicos de la tarde-noche. Aunque siempre habrá quienes opten por la cocina de autor y para ellos hay dos templos que no deben pasarse por alto: Auga, en la antigua lonja del puerto, con una estrella Michelin; y La Salgar, a cinco minutos del centro y con un sofisticado menú.

Cimavilla, que recoge la huella de Jovellanos, el más ilustre hijo de la ciudad, alberga también en su extremo otro gran símbolo de Gijón: el Elogio delHorizonte, de Eduardo Chillida, que se alza imponente en el Cerro de Santa Catalina. Una escultura colosal (500 toneladas, 10 metros de altura) bajo cuyo brazo de hormigón se escucha el rumor de las olas.

Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida (Wikimedia Commons | Roberto Sueiras Revuelta - imagen con licencia CC BY-SA 3.0)

Prados y vacas

Pero si la presencia del mar es una constante en Gijón, también lo es la del campo. Porque bien es cierto que estaciudad cosmopolita andasobrada de proyección cultural, como atestiguan sus salas de conciertos y los eventos de la Universidad Laboral que acoge la Ciudad de la Cultura. Y sin embargo no pierde de vista el encanto de lo plenamente rural.

Disfrutar de la naturaleza más agreste es otra de sus grandes bazas. Para ello está la red de sendas verdes que parten del mismo centro y conducen, a pie o en bicicleta, hacia un entorno bucólico: esos prados inmensos donde pastan plácidas las vacas, entre casas de arquitectura popular con sus típicos hórreos y paneras. 

Es en estas veinticinco parroquias que bordean el núcleo urbano donde se puede conocer de cerca el proceso de producción de la sidra. Para ello están los llagares, dispersos entre pomaradas inmensas. Será por ello por lo que a Gijón se le llama la nueva Gran Manzana.  


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