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Pendientes de que Bolt sí sea verdad

   

La gente ha aprendido a desconfiar. Le han obligado. Por eso recela estos días de Froome en vez de disfrutarlo. Observa su pedaleo, su dominio en la presente edición del Tour, la del centenario, y encuentra similitudes con tramposos recientes sobre la bicicleta a los que ingenuamente se les creyó y jaleó antes de ser desenmascarados. La reiteración de casos ha desatado la paranoia en el personal. Por eso el ciclista británico, que todavía no ha ganado la carrera francesa, ya ha tenido que dar unas cuantas explicaciones. Más que recrearse en sus victorias, rodeado por incómodas preguntas relacionadas con el dopaje, se ha visto obligado a justificarse por ganar. 

Tal ha sido la sensación de linchamiento que la asociación de ciclistas profesionales ha saltado a la yugular mediática con un duro comunicado contra lo que entienden que es una campaña intolerable de acusar sin pruebas. Y aunque les asiste la razón en la queja, y el propio Froome puede acreditar numerosos controles antidopaje superados, ni el ciclismo ni los ciclistas se deben hacer los ofendidos. Son ellos los que se han ganado el escepticismo a su alrededor, las suspicacias.

Lo recordaba ayer The Guardian: en los últimos 14 años, 22 de los ciclistas que subieron al podio de la ronda francesa han sido sancionados por diferentes episodios de dopaje. Dudar del ciclismo, lejos de suponer una atrocidad, es una consecuencia lógica. Le llevará tiempo al mundo del pedal desprenderse de las sospechas.

 Y también al atletismo, que hace esfuerzos acelerados para que el personal le pierda igualmente la fe. La semana ha salpicado de positivos el planeta de la velocidad. Por un lado, Tyson Gay, y casi a la vez, por el otro, Asafa Powell. L’Equipe echó enseguida la cuenta: de los diez atletas más rápidos de la historia, siete ya se han ensuciado con episodios de dopaje. Quedan sin manchar a estas horas Greene, Carter y el estratosférico Usain Bolt, a cuyas prodigiosas zancadas acabaremos por mirar con desconfianza. Y será injusto, pero también normal.

 Los creyentes se caen del tartán y de la bici por más que 700.000 aficionados, según la organización, se agolparan ayer en las cunetas de Alpe D’Huez para animar a los ciclistas o estorbarles en su ascensión (para salir por la tele, vamos). Más del doble de espectadores siguió el viernes pasado por Tele 5 cómo una periodista de buena familia le preguntaba a una invitada por el sabor del semen de Amador Mohedano y eso no indica que la entrevistadora o su programa gocen de credibilidad o reputación. El atletismo ya no la tiene y al ciclismo hace tiempo que no le queda. Son demasiados tramposos como para olvidarlos. Y sí, no se puede acusar sin pruebas, pero tampoco se puede obligar a creer. El escepticismo es libre y algunos deportes lo han conquistado a pulso. Aunque les ofenda.


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