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Un despelote en nombre del 'fair play'

Si el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, mucho menos su conocimiento. Pero la selección española siente que está muy por encima, que le protege un aura moral superior que le permite decidir, más allá de lo que establezca el reglamento, lo que está bien o mal, lo que se debe o no hacer, lo que tiene o no sentido común. Y por eso, aunque sabía que incumplía la norma, se animó a solicitar el martes un cambio de más en el amistoso ante Suráfrica. Y por eso, pese a que la razón estaba del otro lado, esa exhibición torquemadista de afear encendidamente al entrenador rival su intención de tirar abajo su propuesta. Y por eso, una vez le han sacado los colores, sigue sin aceptar el revuelo. A España, por favor, la bandera del 'fair play’.     

España no cometió un error o un descuido, sino una falta. Y pese a lo que parezca, le deja peor que lo hiciera en nombre de la deportividad y la bonhomía, arrogándose una autoridad ética que definitivamente le hace creerse más que los demás. Habría estado feo el atropello desde la trampa, desde el intento picaresco de sacar ventaja, pero no le libera hacerlo desde la suficiencia. Ese 'qué más da' que está detrás del caso es lo que resulta más irritante. Porque habla de prepotencia, de desconsideración al adversario, para quien lo que estaba ocurriendo en el campo era de suma importancia. Posiblemente, una de las fechas más importantes de su calendario. Un día histórico que ahora paradójicamente puede quedar como que nunca ocurrió.

Con la coartada del buenismo crónico, lo de España en Suráfrica fue un asalto al reglamento, un bochorno y, a la vista de la reacción de la FIFA, un irresponsabilidad. “No había trascendencia”, se justificó al día siguiente el seleccionador ante uno de esos periodistas que saltan como un resorte en su defensa a la que la realidad le compromete un centímetro. Y en la disculpa iba explícita la confesión. Para Del Bosque, para todos los españoles que ahí estaban, la cita no tenía el menor interés.

Una forma de faltarse al respeto también a sí misma y de desmontar su propio tópico, ése que sostiene que con la camiseta roja no existen los amistosos. Si España se quita a sí misma importancia, cómo pretenderá luego más tensión, que los jugadores se la tomen en serio. El olor a feria rodea a la selección desde el minuto uno de sus giras hasta el 90, lo del cambio fue tan sólo un episodio más. Y por eso ocurre lo que ocurre. Que de los viajes se obtiene dinero y un montón de fotos, pero se pierde imagen y prestigio. Pero está mal visto reprochárselo. Se impone mirar hacia otro lado. O culpar al árbitro.

España solicitó simplemente el martes una obra de caridad para corregir el contratiempo de una lesión. Una petición tan bienintencionada como lo sería permitir que algún chaval en paro pudiera jugar con la Roja los dos últimos minutos de un partido el día de su cumpleaños. O que lo hiciera el propio Villar a modo de homenaje. Total, ya saben, qué más da. Para algo son campeones del mundo.


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