El Buscón

De cómo Nicolasín quiso comprar el 20% del Grupo Cantoblanco con una herencia de su abuela

   

La corta vida de Francisco Nicolás Gómez Iglesias (no está claro si con guion o sin él entre el Gómez y el Iglesias), alias Nicolasín, se está revelando tan llena de episodios que parece capaz de surtir de historias e historietas, muchas verídicas, otras inventadas -la especialidad del personaje-, a los medios de comunicación españoles durante mucho tiempo. Para llenar una biblioteca. La que aquí se relata a grandes rasgos se da por verídica, porque como tal la cuentan los que la sufrieron, y son varias las fuentes. Tiene como protagonistas al citado Nicolasín (little Nicholas) y a Arturo Fernández, presidente del Grupo Cantoblanco hoy en concurso de acreedores. 

Tan asediado andaba el bueno de Arturo con el decaimiento de sus negocios y las estrecheces de tesorería de su Grupo que durante la primera mitad del año han sido muchas las veces en que se ha dado por sentado que tal o cual fondo de inversión iba a entrar en el capital de Cantoblanco tomando un 30%, otras veces un 40%, incluso alguna vez se llegó a hablar de ceder la mayoría a tal o cual hipotético y rumboso inversor. El Fondo capaz de obrar el milagro, sin embargo, nunca llegaba, nunca llegó en realidad, de modo que con el paso de los meses la situación del grupo de restauración se fue haciendo más y más crítica.

Hasta que a finales del mes de mayo entró en escena el gran Nicolasín, el aprendiz de espía que a primeros de año le había presentado nada menos que el secretario de Estado de Comercio, Jaime García-Legaz (circunstancia que el aludido niega). Y Nicolasín, que decía comprar y vender empresas, conocer a medio mundo –el importante, el que cuenta- y ser capaz de derribar las murallas de Jericó con su sola voluntad, le cuenta a Arturo que él puede ser la solución de sus problemas, es más, que es la solución: acaba de recibir una herencia de 8 millones de euros de su abuela y está en disposición de invertir 2 millones sin despeinarse, a cambio, eso sí, del 20% del capital del Grupo Cantoblanco.

Arturo se lo cree, estudia someramente el asunto y rápidamente dice que sí, que de acuerdo, más que nada porque el hombre no está en situación de elegir y mucho menos de ponerse exquisito. De modo que las partes se meten en abogados y redactan el correspondiente documento de compraventa, que con todas las bendiciones legales rubrican y dan por bueno, pendiente todo, como es lógico, del desembolso efectivo de la cantidad comprometida por parte de le petit Nicolas.

Pasan cinco días, pasan 10 días, pasan 15 y la pasta no aparece, y Arturo se va poniendo más y más nervioso porque se ha quedado colgado de la brocha, en precario: ha vendido el 20% de su grupo y a cambio no ha visto un duro. Asediado por la presión, Nicolasínno tarda en confesar: “Perdóname, Arturo, es verdad que tengo abuela, pero no tengo herencia…” De la supuesta herencia de la que hablaba, ni rastro. Pero, sobrao de inventiva como es, rápidamente le tranquiliza y le dice que no se preocupe, sabe que ha quedado fatal y le quiere ayudar. De hecho le va a ayudar, le promete, le da su palabra, y le asegura que le llamará “mañana mismo” para contarle un plan que tiene ya muy perfilado y que le sacará de apuros, al menos por un tiempo. 

Salida de emergencia

Le llama, en efecto, y le cuenta que es íntimo del director de una sucursal de Banca March en Madrid, que ha hablado con él y que ya tiene apalabrado un crédito puente a favor del Grupo Cantoblanco por importe de 500.000 euros, que ya está, ya está, de hecho nos esperan mañana mismo para firmar… Y Arturo, tan escamado como necesitado, termina diciendo que bueno, menos es nada, y que dónde hay que firmar.

A la entrevista con el director de la sucursal donde iban a quedar perfilados los detalles del préstamo no puede acudir Arturo en persona, que envía en su lugar al director de compras de su Grupo. Llegados a la oficina bancaria, en el centro de la capital, ambos se instalan en lo que parecía la antesala del despacho del director, a cuya presencia iban a ser llamados por una secretaria avisada al efecto. Apenas acababan de sentarse cuando Nicolasín el Magnífico se levanta y le dice a su acompañante que si no le importa va a saludar a su amigo el director y que espere, que ahora vuelve.

El tipo abre una puerta que el hombre de Arturo cree, en efecto, es la del despacho del director y se sienta dispuesto a esperar. Y espera. Y transcurren 10 minutos. Y espera. Y transcurren 20 minutos. Y espera. Y se iba a cumplir la media hora desde que sucediera el lance y nuestro hombre, mitad mosqueado mitad cabreado, se levanta y se dirige a la secretaria que, distraída, se afanaba en sus cosas:

-Oiga, hace casi media hora que he entrado aquí en compañía de un señor que es amigo del director. De hecho ha salido por esa puerta y me ha dicho que esperara, que iba a saludarlo… Es que llevo aquí esperando casi media hora.

-¿Por qué puerta dice usted?

-Por ésa.

-Lo siento, señor, pero esa puerta da directamente a la calle. 

Y cuentan que, pasados unos días, cuando Little Nicholas se tropezó con Arturo no paraba de dar muestras de sincero arrepentimiento, “perdóname, Arturo, por favor, nunca quise llegar tan lejos, te pido disculpas de verdad, de verdad…”. El aprendiz de espía no resolvió las angustias de Arturo, aunque también es verdad que no logró sacarle un duro, las cosas como son. Montaje fallido. ¡Nicolasín es así…!     


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