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Pepo Jiménez

Opinión

Cualquier Twitter pasado fue mejor

Twitter hoy
Twitter hoy Twitter/wiki

Si miras un tuit de El Rubius parece una máquina tragaperras. Los contadores se mueven como un panel del bingo porque tiene 9 millones de seguidores. Es el nuevo Twitter, ese que promociona los datos, las estadísticas, la multimedia antes que el texto o las buenas ideas.

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Twitter se ha ido disfrazando de Facebook con el tiempo para perder una identidad que nunca tuvo. Una identidad que siempre han construido sus usuarios según iba creciendo la red social. ¿Acaso nadie recuerda que el retuit fue un invento nuestro? Mucho antes de que fuese una función implementada había que hacerlo de forma manual con el famoso 'RT'. Lo mismo pasó con las imágenes. Allá por 2007 era imposible publicarlas y todo el mundo adjuntaba enlace externo. O peor, los hashtags. Una idea de Chris Messina que fue rechazada ese mismo año 'por ser un invento para nerds', según los responsables de la compañía. Hoy son imprescindibles.

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Twitter ha crecido siempre hacia donde ha soplado el viento. Su última innovación fue la primera: los 140 caracteres. Esta evolución natural solo ha tratado de pulir la herramienta para hacerla práctica a las masas.

Aquel bar de extrarradio donde chismorroteábamos con el palillo entre los dientes pasó a ser un macrofestival universitario de pulsera, copa de diseño y decenas de escenarios temáticos. Un lugar gigantesco muy bien montado donde tu identidad se diluye entre los empujones de la mayoría. Disfrutas, pero la masa te lleva donde tú no sabes si quieres. Y la masa siempre se comporta como el peor de sus miembros.

Aquel bar de extrarradio donde chismorroteábamos con el palillo entre los dientes pasó a ser un macrofestival universitario de pulsera, copa de diseño y decenas de escenarios temáticos

Si la masa lincha, tú linchas. Si le da por los zascas, tú zascas. Si la masa hace memes, pues dale una y otra vez con los memes... No somos nosotros, somos aquello que la gente y los medios quieren que seamos y la aplicación nos premia por ello. Nos especializamos en lo que hacen otros y no sacamos lo mejor nuestro. Eso no pasaba en 2008.

La tecnificación de ese maravilloso caos inicial ha matado el aroma de la imprevisibilidad. Y lo peor es que ha sido un proceso natural irreversible porque el crecimiento de Twitter pasaba irremediablemente por dotarle de las herramientas de control necesarias que lo hicieran posible. Crecer o morir.

Cuando Twitter era de las personas —y no de los medios o de las tendencias— podías cometer errores sin pasar por un juicio sumarísimo, hasta que pasó lo de Vigalondo. Podías ironizar o hacer humor negro sin tener al sanedrín detrás juzgando tus principios, hasta que pasó lo de Zapata. Cuando Twitter era Twitter no había mierda donde rebuscar porque un niño inexperto no tiene pasado, hasta que apareció Maldita Hemeroteca. La añoranza de una juventud que ya nunca volverá pasa por una adaptación aburrida a un medio de masas que no ha apostado por la singularidad sino más bien por el big data.

El timeline de hoy es un bicho modificado genéticamente. Alguien o algo decide por ti lo que tienes que leer primero y no los tuits tal cual salen de tus seguidos, aunque sean exabruptos mañaneros. Te ahorra tiempo pero te quita el aroma que lo hacia auténtico. Se pierden las impurezas, esas que ensucian cuando hay multitud pero que daban buen lustre cuando Twitter era tan solo un bonito pueblo.

No nos engañemos, mierda siempre ha habido en Twitter, pero era 'nuestra' mierda. El que te daba siempre los buenos días era un encanto, no un pesado buscando interacciones; el que te agradecía un retuit era educado, no un spammer; el que te recomendaba los viernes era un auténtico fan, no un comeflores; el que te insultaba los lunes era el que te insultaba los lunes, los martes, los miércoles... tus trols no se podían silenciar para ahogarles en su propia bilis. Era un ‘cariñodio’ de mucho respeto. Ahora el trol muere con el block. Un huevo —ya ni eso— menos.

El premio a la mediocridad está pudriendo la herramienta. Twitter es hoy una meritocracia del odio. Batallones de usuarios crean bulos para engañar al personal y generar más interacciones. Hordas de perfiles plagian contenido ajeno para luego rentabilizar sus nuevos seguidores. El desprecio y la picardía se premian con mayor visibilidad. Por eso hay más hueco para el odio que para el cariño, más látigo que halago. Mas hiel que miel. Una pena. 

Sí,... mi grito es más un canto a la nostalgia que a la responsabilidad. Cualquier Twitter pasado fue mejor, pero me es más útil el de hoy.


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