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Antonio Martínez Ron

Opinión

El escuadrón de moralistas suicidas

Está de moda ser misántropo y considerar a la especie humana como una enfermedad del planeta. Una estupenda manera de ponerse de perfil mientras otros arreglan los problemas.

En la era de la ultracorrección política, en la que la más leve alusión a cualquier colectivo se considera una agresión intolerable, hay un grupo del que cualquiera puede renegar y decir las mayores barbaridades sin que nadie le mire levantando la ceja: la propia especie humana. Si usted quiere sentirse mejor que su vecino, que su cuñado y ponerse por encima de sus compatriotas, no habrá ninguna superioridad moral tan satisfactoria como la de despotricar contra toda una especie.

“No hay superioridad moral tan satisfactoria como la de despotricar contra toda una especie”

Los humanos somos una lacra, merecemos la desaparición y hasta los insectos son mejores que nosotros. Resulta difícil no apuntarse a este tentador discurso con reminiscencias de la culpa religiosa y el pecado original. Somos malos y perversos por nuestra propia naturaleza y lo mejor que nos puede pasar es que nos extingamos o que reduzcamos nuestro número hasta volver a los tiempos felices del Edén. El colectivo de iluminados misántropos está teniendo tal acogida que su mensaje cala sutilmente en la sociedad. Así, no es raro escuchar que tener hijos es antiecológico y que quienes los tienen son unos irresponsables. “Sobra gente en el planeta y quien tiene más de dos hijos debería ser visto como un peligro”, sostiene el premiado entomólogo Paul R. Ehrlich, preocupado por la demografía. Pero el tufo misántropo aflora cuando le preguntan por la libertad de los demás para procrear y la compara con que el vecino tire su basura en tu jardín.

El germen de este odio a nuestra propia especie surgió en el ámbito de la defensa del medioambiente y en Estados Unidos se materializó en el “Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria”, quienes defienden que los humanos somos dañinos para el planeta y llama a todas las personas a “abstenerse de la reproducción para causar la extinción gradual y voluntaria de la humanidad”. Así lo dice uno de sus lemas, “Vivamos largo tiempo y luego desaparezcamos” (“May we live long and die out”) y lo practica su principal líder, Les U. Knight, un tipo que nació en una familia numerosa y se hizo la vasectomía con 25 años. Sus mensajes se pueden considerar suaves al lado de los que lanzan grupos como “Earth First!” (¡La Tierra primero!), cuya filosofía cavernícola se resume en el hacha de piedra de su emblema. O la sorprendente “Iglesia de la Eutanasia”, que tiene como lema “Salva el planeta, suicídate” (“Save the Planet, Kill Yourself”) y basa su ideología en la defensa de cuatro pilares: “suicidio, aborto, canibalismo y sodomía”.

Detrás de estos planteamientos morales suele haber un tufillo retrógrado y un ansia implícita o explícita por volver a las cavernas. Un combinación entre un falso pasado ideal y un espejismo del presente, bajo la falsa creencia de que el mundo y la realidad son solo eso que sale en los telediarios. Solo hay guerras, catástrofes y maldad porque es donde queremos poner el foco para revolcarnos en nuestra propia miseria. Hay incluso quienes consideran que la frase “Cuanto más conozco a los humanos más quiero a mi perro” es algo más que un chiste y están dispuestos a llevarlo a su literalidad poniendo por delante la vida de un animal a la de una persona. A estos profetas catastrofistas les vendría bien salir a pasear (con el perro, si quieren), leer un poco de historia, aprender sobre la humanidad, la colaboración y la empatía, los logros que nos han permitido construir ciudades, hospitales, cuidar los unos de los otros y erradicar enfermedades. Por poner algún ejemplo. O conocer a algunos seres humanos extraordinarios que, lo crean o no, están por todas partes.

La defensa de la extinción humana es la postura más parecida al “me enfado y no respiro”

La preocupación por el crecimiento demográfico es legítima, por supuesto, y hay gente trabajando seriamente en el tema. También lo es la preocupación por el planeta. Pero resulta profundamente contradictorio intentar salvar un planeta en el que todos nosotros hayamos desaparecido o nos hayamos autoliquidado. En términos prácticos, es la postura más parecida al “me enfado y no respiro” que uno puede encontrar en nuestros días. Un pesimismo antropológico que solo conduce al inmovilismo, cuando lo que necesitamos precisamente no son nostálgicos de la caverna, sino personas que tomen la iniciativa y busquen soluciones, como ha hecho la humanidad tantas veces.

En la película “La vida de Brian” hay una escena mítica en la que el protagonista, ya crucificado, vive un momento de esperanza fugaz cuando ve aparecer en el horizonte un grupo de hombres armados que ponen a los romanos en fuga. Se anuncian como el “Frente del Pueblo Judaico” y por un momento Brian cree que podrían liberarle. Pero se equivoca, porque se trata del “Escuadrón de Suicidio” y los soldados se quitan la vida allí mismo por orden de su comandante, quien profiere una última advertencia al enemigo: “así aprenderán estos romanos”. Los fatalistas de la humanidad actúan un poco así, y se deslizan por un sendero derrotista del que serán sus propias víctimas. En una coherencia no buscada y fatal, muchos de ellos defienden también conductas irracionales que nos podrían conducir efectivamente a la extinción, como el rechazo a las vacunas, a las comidas pasteurizadas o el parto en los hospitales. Lo divertido es que será la propia selección natural la que ponga fin a su movimiento. Les guste o no, somos los descendientes de los que no tiraron la toalla. Y de los que pensaron, imaginaron y lucharon por un futuro mejor. Los genes de los moralistas suicidas se quedarán por el camino.


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