Sociedad

El virus del ébola, una guerra de guerrillas contra la humanidad

Desde que el africano Mabalo Lokela fuera registrado en el Zaire como la primera víctima del virus, éste ataca y desaparece de la escena internacional, en la peor de sus variantes con una tasa de letalidad del 90% de los infectados y una amenaza constante, dado que actualmente no existe cura.

Un enfermero liberiano se viste con el equipo de protección individual antes de transportar el cuerpo de una víctima del ébola.
Un enfermero liberiano se viste con el equipo de protección individual antes de transportar el cuerpo de una víctima del ébola. EFE

Desde que apareciera en la década de los 70, 4.166 personas han sido diagnosticadas con el ébola y 2.551 han muerto a causa del virus. A priori, no parece una cifra que amenace al género humano, pero dada su virulencia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido declarar la emergencia pública de alcance internacional ante el último brote de una enfermedad que ha contagiado, entre otros, al religioso español Miguel Pajares.

Siddhartha Mukherjee explica en su libro sobre el cáncer El emperador de todos los males que "bautizar una enfermedad es describir cierto estado de sufrimiento: un acto literario antes de ser un acto médico. Mucho antes de convertirse en objeto de escrutinio médico, un paciente es, ante todo, simplemente un cronista, un narrador del sufrimiento, un viajero que ha visitado el reino de los enfermos. Para aliviar una enfermedad es preciso, entonces, empezar por descargarle de su historia".

Así, la historia del ébola, un virus que aparece y desaparece como si de una guerrilla se tratase, empieza en dos lugares distintos en una misma fecha, 1976, dado que el brote se consideró simultaneo. Son las regiones de Nzara (Sudán) y Yambuku, en el antiguo Zaire (actualmente República Democrática del Congo). De lo que si podemos hablar es de la primera víctima, el profesor Mabalo Lokela, de cuarenta y cuatro años, que al volver de una expedición de las montañas del Zaire comenzó a sentirse mal. Los síntomas que le llevaron ante los médicos hicieron pensar a estos que se trataba de malaria, pero según siguió avanzando la enfermedad, el diagnóstico quedó descartado. Dada su cercanía al río Ébola, la primera muerte bautizó la afección como fiebre hemorrágica del ébola, que más tarde pasaría a ser el ébola.

El virus del ébola concretamente es del género filovirus y provoca una fiebre hemorrágica, una enfermedad infecciosa que en su peor variante puede ocasionar un 90% de tasa de letalidad entre los infectados. Es muy contagiosa, pero no se transmite por el aire, solo a través de animales (como monos y murciélagos) y al contacto directo con los fluidos corporales de los humanos infectados o de superficies usadas por ellos.

El primer brote afectó, según la OMS, a 318 personas en el Zaire, de las que mató a 280 de sus portadores -un 88% de letalidad- ya que se trataba de una de sus variantes más peligrosas, y a 151 de 284 en Sudán -con una mortalidad menor- del 53%.

Esta diferencia de porcentaje se debe a que a las dos regiones les afectó una especie diferente del virus. Son el ébola Zaire y el ébola Sudán, nombrados así por la región donde tuvieron origen. Además existen otras tres variantes de ébola: el ébola Reston (aparecido en China y Filipinas en 1989), el ébola Bundibugyo (detectado en Uganda a finales de 2007)y el ébola Taï Forest (encontrado en la sangre una investigadora suiza que trabajaba con chimpancés en el Parque Nacional de Tai en Costa de Marfil en 1994).

Al iniciarse los contagios, el virus se incuba en un plazo de entre 2 y 21 días o de 5 a 12, dependiendo de las fuentes, tras las cuales aparecen las primeras manifestaciones, como la fiebre, la inflamación de la garganta, debilidad y dolores musculares, que son síntomas comunes a muchas enfermedades tropicales y no tropicales, lo que llevó en el caso de Lokela a pensar que se tratara de malaria. Pero acto seguido surgen vómitos, diarrea sanguinolenta, sarpullidos, disfunción renal y hepática, además de hemorragias internas y externas por todos los orificios naturales. De este último síntoma ha derivado la idea de que los enfermos del ébola lloran sangre, algo que puede provocar la ceguera y de lo que hay que tener cuidado, dado que una sola gota de sangre afectada puede contener cientos de millones de unidades víricas.

En 1979 tuvo lugar la segunda epidemia del virus, ésta vez solo en Sudán, donde el uso de jeringuillas sin esterilizar en los pacientes mató a un total de 22 personas de las 34 que se habían infectado. Una tasa de letalidad del 65%, mucho menos a la epidemia anterior.

Acto seguido el ébola se retiró de escena para volver a aparecer 15 años después en personas, concretamente en la región de Gabón, donde acabó con 31 de las 52 personas que infectó, un 60% de letalidad y el inicio de una serie de brotes que salvando algunos años ha ido afectando a la población de manera intermitente. Cabe destacar como principales el de Kikwit, en la República Democrática del Congo (RDC) en 1995 con 254 muertos y un 81% de letalidad, el de Uganda en el 2000, con 224 muertos y un 53% de mortalidad, el del Congo en 2003, que en dos etapas acabó con la vida de 157 personas con el 88% de letalidad o de nuevo en el RDC en 2007, donde la variante Zaire acabó con 187 personas.

Los últimos han sido en Uganda en 2012 bajo la variante del virus de Sudán donde sobrevivieron diez personas y el de RDC con la variante Bundibugyo, que ese mismo año acabó con la vida de 29 personas con una tasa de mortalidad del 51%.

El brote actual, surgido en febrero en Guinea, donde hay 495 infectados y 367 muertos, lleva ya 1.779 casos y 961 muertes, según la OMS, y se ha extendido a más de 60 lugares distintos. La variante que opera en este caso es el ébola Zaire, el más peligroso de todos, pero las posibilidades de sobrevivir aumentan notablemente una vez los infectados son tratados en un centro preparado. Sierra Leona (717 afectados y 218 muerto), Nigeria (13 infectados y 2 muertos) y Libera (554 afectados y 294 muertos) han registrado casos. La tasa de mortalidad entre los infectados hasta este momento se sitúa en un 54%, pero aún no se conoce el desenlace de muchos de los que padecen la afección.

Varios países han establecido controles en sus aeropuertos para impedir la propagación del virus, algo preventivo, impulsado por las recomendaciones de la OMS para evitar la propagación. Aun así, mientras exista la higiene necesaria respecto a materiales y a cuerpos infectados, así como solidaridad internacional, como defienda la OMS, podrá contenerse el alcance del virus.

Mientras, el religioso español sigue en el Hospital Carlos III de Madrid, donde tras la polémica respecto a su repatriación, se encuentra en situación clínica estable, y al que se le aplicará el Zmapp, un tratamiento experimental a través de moléculas de laboratorio busca imitar la respuesta inmune del cuerpo. Esto ha tenido un efecto del 100% de protección en monos recien infectados y algo menor según avanzan los días, con algunos síntomas ya inicados. Se aplicó en julio de 2014 sobre dos norteamericanos, que han mostrado resultados positivos. 

No existe tratamientos ni curas "oficiales" actualmente para el virus del ébola. Los resultados totales reflejan una tasa de letalidad del 61% en los casos a lo largo de la historia a falta del desenlace de los casos actuales (más de 800). No existe financiación apenas y existen numerosas complicaciones, como los rituales funerarios donde se lava a los cuerpos, lo que potencia el contagio. Aun así la comunidad internacional mantiene sus ojos fijos en África, donde continua la que hasta el momento es la epidemia más dura del ébola desde que se conoce su existencia.


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