Política

Errejón revienta Podemos y complica los gobiernos de izquierdas tras el 26-M

El PSOE mira con preocupación la maniobra del potencial aliado de Gabilondo para despegarse de las siglas de Podemos con consecuencias inciertas para el espacio de la izquierda en el resto de territorios

Iñigo Errejón en el Congreso de los Diputados
Iñigo Errejón en el Congreso de los Diputados EFE

La decisión de Íñigo Errejón de abandonar las siglas de Podemos para presentarse a las autonómicas de mayo con la marca de Manuela Carmena (Más Madrid) consuma el divorcio que lleva fraguando desde que cayó derrotado frente a Pablo Iglesias en Vistalegre II. La fecha elegida para el anuncio, el quinto aniversario de la fundación de Podemos, permite adivinar un cierre de ciclo para la formación de los círculos a cuatro meses de una triple cita con las urnas en las que se juega su futuro. 

El líder de Podemos abandonó por unas horas su permiso de paternidad para manifestar que Errejón se ha situado él solo políticamente fuera del partido. La dirección, que se mantuvo ocho horas en silencio, espera una renuncia del acta de diputado y del carnet del partido. Pero el hasta ahora candidato de la formación morada a la Comunidad de Madrid mantiene el pulso y no parece dispuesto a dar un paso a un lado si la cúpula estatal no lo fuerza por los canales orgánicos como hizo con Rita Maestre y los otros cinco concejales del Ayuntamiento que no se presentaron a las primarias.

"Yo soy el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid", sostenía a última hora de la noche en la Cadena Ser. "Yo siempre he trabajado en Podemos, desde que no existía, y así lo voy a seguir haciendo", insistía apenas unas horas después de que Iglesias anunciase mediante otra misiva que Podemos competirá en las urnas contra su ex número dos de la mano de Izquierda Unida, si la organización de Alberto Garzón no decide otra cosa. 

Precisamente, en la recta final de las negociaciones para encajar a IU en la candidatura de Errejón surgió el desencuentro que terminó derivando en una de las crisis más graves que afecta al partido en los últimos tiempos. El secretario regional, Ramón Espinar, dio por hecho un pacto con IU para otorgar el 25% de los puestos de la lista e imponer como número dos a la activista y exdiputada de Izquierda Unida Sol Sánchez. Pero Errejón no pasó por el aro, desmintió el acuerdo, y apenas 72 horas después, lanzó la bomba.

La maniobra urdida junto a la actual alcaldesa de Madrid y a espaldas de la dirección de Podemos, de los órganos y del mandato de las bases amenaza seriamente las expectativas electorales de la izquierda en la Comunidad, dada la gran fragmentación del voto que permite adivinar la estrategia de unos y otros. En el PSOE miran con preocupación el cisma abierto por la culminación de la guerra entre Iglesias y Errejón a pocos meses de unos comicios decisivos para la formación del futuro Gobierno de España. 

Su candidato, Ángel Gabilondo, podría ser el principal damnificado de la estrategia puesta en marcha por Errejón para dejar atrás unas siglas que percibe como un lastre. "Hoy todo el mundo sabe que necesitamos un revulsivo", sentenciaba en la carta firmada junto a Carmena. En 2015, la izquierda madrileña se quedó a sólo un escaño de conseguir la Presidencia que acabó nuevamente en manos de la popular Cristina Cifuentes, gracias al apoyo de Ciudadanos. IU cosechó entonces el 4,16% de los votos y se quedó fuera de la Cámara de Vallecas al no alcanzar el mínimo del 5% que marca la Ley. Ahora, las perspectivas son inciertas ante la triple alianza de PP, Cs y Vox

Tania Sánchez, Íñigo Errejón y Ramón Espinar.
Tania Sánchez, Íñigo Errejón y Ramón Espinar. EFE/ Fernando Alvarado

A nivel estatal, es una incógnita si la escenificación de la ruptura definitiva de Errejón con Iglesias y sus propias siglas puede afectar electoralmente a parte de los potenciales votantes de Podemos y al denominado 'espacio del cambio'. O si la apuesta de Errejón va más allá de las lindes madrileñas. Pero lo que está contrastado es que una imagen de desunión siempre penaliza en las urnas. Y si las expectativas de los morados eran ya de por sí poco halagüeñas, el divorcio del último rostro fundador del partido podría ser la puntilla. 

No hay que olvidar tampoco que buena parte del PSOE ve con pavor la estrategia de Sánchez de tejer alianzas con Podemos. Así que la división interna del partido morado no hará sino reforzar el argumento de los barones socialistas para priorizar eventuales acuerdos de gobierno con la formación de Albert Rivera en detrimento del partido de los círculos que tiene incendios activos y descontrolados por toda la geografía española. 

Territorios divididos

Si Madrid es una plaza especialmente complicada para los de Iglesias, en el resto de comunidades se dan verdaderas guerras civiles por ocupar los puestos en las listas ante la inminente convocatoria electoral. Las crisis internas y las luchas de poder han ido dinamitando a lo largo de los últimos meses la organización a nivel autonómico y municipal. 

En Galicia, la confluencia En Marea está al borde de la ruptura, mientras que en Andalucía tratan de recomponerse del fiasco protagonizado por la alianza de Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo (IU). La situación es especialmente grave en CantabriaNavarra o La Rioja, donde hay tránsfugas, primarias suspendidas por orden judicial y diputados expulsados de sus respectivos grupos parlamentarios. En Cataluña, la organización quedó totalmente eclipsada por el partido de Ada Colau tras la renuncia agónica de Xavier Domènech.  

Y como remate para llegar a las urnas está el juicio del procés en el Tribunal Supremo contra los dirigentes catalanes encarcelados que comenzará en breves. El conflicto independentista copará portadas y Vox tendrá un papel mediático relevante, pues su secretario general, Javier Ortega Smith, que participara en la vista oral televisada. Sólo la aprobación de los Presupuestos pactados por Iglesias con Sánchez (y que paradójicamente no tienen aún el sí de Podemos) podrían dar un poco de oxígeno a una legislatura cuya duración tienen en sus manos Esquerra, el PDeCAT y, en último término, el expresidente Carles Puigdemont



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