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Miquel Giménez

Opinión

Un zasca soberano para Colau

Fotografía de archivo del Rey Felipe VI
Fotografía de archivo del Rey Felipe VI EFE

La alcaldesa de Barcelona quiso ir de marisabidilla con el rey y pretendió leerle la cartilla separatista. Pero el rey, que siempre debe ser didáctico, le soltó un zasca en toda la cara.

Para qué sirve un rey en un estado democrático

Ada Colau se las prometía muy felices. Había prometido a los suyos, nos consta, que le sacaría los colores al jefe del estado con una alocución en pro de los presos políticos, ya saben, la cantinela separatista que pretende ocultar que, simplemente, son unos políticos presos por sus desmanes. Ni corta ni perezosa, dos cosas que no suelen ser frecuentes en la munícipe, plantó al rey en el recibimiento del MWC, disponiéndose a, como decía ella a sus compis yoguis podemitas, “cantarle la caña al borbón”. Fue en la cena, claro, porque esta gente no perdona la más mínima ocasión de zamparse lo que sea siempre que el gasto lo pague otro. Síndrome de la croqueta, le llaman.

Su cuerpo serrano pedía guerra y enfiló al Señor cual tanque T34 soviético para soltarle la retahíla de mentiras, topicazos y frases hechas con las que en Cataluña algunos piensan que puede hilvanarse un discurso ideológico. Siempre le he supuesto a Felipe VI un estoicismo aparejado con un sentido del humor socarrón, anglosajón y, en cierto modo, displicente con su interlocutor. Nada que ver con su padre, Don Juan Carlos, más de chiste grueso, risotada franca y palmetazo en la espalda. Y cabreo real si no reías el chiste, más que nada por haberlo escuchado de labios del monarca veinte veces. “Qué, cabronazo, ¿no te hace gracia el chiste del rey?”, decía un poco en broma y un mucho en serio, porque si ha habido alguien en España celoso de provocar la hilaridad en su auditorio al explicar un chiste ese ha sido el rey emérito.

Don Felipe es otra cosa. Donde su padre hubiese despachado a la señorita Rottenmeyer transmutada en alcaldesa de Barcelona con un sonoro, y, perdonadme, Señor, “No me toques los cojones, Ada, que eso no te lo crees ni tú”, para después ponderar lo buena que estaba la tortilla de patatas, su hijo, el rey, aguantó imperturbable la soflama de la señora en cuestión. Ya saben, lo de que vivimos una situación gravísima en Cataluña por el 155, lo de los presos políticos, lo del discurso del monarca a propósito del pasado 1-O, lo de que hay que buscar soluciones políticas y todo lo demás en un pack envuelto con un hermoso lacito amarillo.

El rey, que para eso sirve, y enseguida entraremos en el tema, le contestó que estaba allí para defender la Constitución y al Estatuto de autonomía. Pam. No le hizo falta añadir nada más. En aquella escueta frase se encerraba toda una sólida lección de derecho constitucional y, si me apuran, de educación democrática del mayor nivel. Porque la corona es, justamente, la institución que sirve para representar la esencia del sistema democrático por encima de partidos e ideologías. Es el último puerto en el que refugiarse cuando los insensatos de uno u otro lado pretenden forzar la legalidad vigente para acomodarla a sus pretensiones. Así pasó con el 23-F en el pasado, como ahora con el intento de golpe de estado separatista.

Dudo mucho que Colau haya aprendido nada del zasca soberano que don Felipe le endilgó cual Rafa Nadal jugando de revés. La alcaldesa está tan pagada de sí misma que difícilmente puede aprender nada, porque sus oídos son impermeables a todo salvo a las zalamerías de sus acólitos o su sempiterno deseo de quedar bien con todos, a ver si así araña un puñadito de votos más de cara a las próximas municipales, que está la cosa muy malita.

Nadie puede justificar la sucesión genética, pero el tema no es ese y lo pseudo republicanos que están encantados con la república bolivariana lo saben muy bien"

Pero si se parase a pensar un minuto, entendería que el rey le estaba dando la mejor razón de lo que significa su persona. Claro que admitir ese importantísimo papel, el de garante de nuestra libertad, quizás la habría llevado a enfrentarse con su amigo Pisarello, que, a la que ganaron, se precipitó a retirar las imágenes de don Juan Carlos en los sitios públicos.

Nosotros somos republicanos

Eso decían los que pretendían justificar la pésima educación de Colau sus correligionarios. Confunden el culo con las cuatro témporas, porque si vamos a lo empírico, aquí republicanos somos todos, si nos atenemos al concepto clásico del tema. Nadie puede justificar la sucesión genética, pero el tema no es ese y lo pseudo republicanos que están encantados con la república bolivariana lo saben muy bien.

Lo que en España significa la monarquía emanada de la transición es algo que va más allá de estirpes o linajes. Si Colau leyera, que me parece que no demasiado, sabría que a Hitler el primero que plantó cara fue un primer ministro de una monarquía, y además de derechas, Winston Churchill, o que los símbolos de la resistencia anti fascista en Europa eran las casas reinantes de Noruega, de Holanda, de Dinamarca. Que las casas reinantes de Bélgica e Italia fueron un desastre, cierto; que Stalin no era rey, también; que la república francesa, si, esa a la que se refieren estos cuando de monarquías y guillotinas se trata, se bajó los pantalones ante Hitler y la Asamblea Nacional, que incluía a diputados socialistas, comunistas y demás, dejase paso el régimen de Vichy, es tan cierto como verídico. Así que ya ven, tener república o monarquía no es lo importante, lo es tener un régimen democrático sólido, con políticos valientes, con visión de estado, con principios firmes.

Ahora que manifestar tu adhesión al rey, que no de la monarquía como idea teórica, no está nada de moda me parece mucho más sensato, coherente y necesario en una persona que tenga convicciones democráticas defender a don Felipe que criticarlo. Si más no, por oposición al tipo de gentes que se muestran visceralmente feroces en contra suya. Los que pretenden romper las leyes, vulnerando constituciones, estatutos, reglamentos e incluso la ley de ordenamiento penal; los que quisieran romper lo existente para instaurar una república de los soviets, una dictadura en la que solo ellos tuviesen voz y voto; los nihilistas que juegan con la frágil convivencia para satisfacer simplemente su deseo de mandarlo todo a la mierda con tal de satisfacer su poso de rencor social.

Fuera de ella solo existe la jungla más terrible, porque ahí solamente sobrevive el más fuerte. No el más sabio, el más prudente, el más sensible. No. El más fuerte. El que tiene del lado bueno la pistola"

Entre esa pléyade de naderías humanas se sitúa la alcaldesa de Barcelona, y así le ha ido con el rey de España. Quiso jugar a enfant terrible, pero salió con el moño entre las piernas. Porque no es lo mismo vomitar verborrea en un mitin al que acuden gentes que, de puro desesperadas, están dispuestas a tragarse la primera excrecencia que salga de la boca del orador, que enfrentarse a un diálogo con una persona serena, firme e inteligente, tres cosas que se compadecen poco o nada con podemitas o separatistas.

Fue todo un zasca soberano en plena incontinencia verbal sin sentido, fue un “hasta aquí no más llegaste”, parafraseando a Neruda, endilgado con elegancia y sobriedad, fue, en suma, resumen y compendio de lo pasa en nuestra tierra, en toda España. Dos modelos contrapuestos, el infantilismo montaraz, mentiroso, vividor, nulo de ideas y de moral barriobajera frente a la sobriedad democrática, europeísta, sabia y, en suma, representante de ese humanismo del que tanto carecemos.

La vida sigue, y la anécdota queda para la historia. Pero el fondo de la misma debe servirnos para aprender que las leyes están para ser cumplidas, por los políticos en primer lugar, por el conjunto de la sociedad en segundo. Y si esas leyes no son buenas, se las cambia dentro de esa misma ley. Fuera de ella solo existe la jungla más terrible, porque ahí solamente sobrevive el más fuerte. No el más sabio, el más prudente, el más sensible. No. El más fuerte. El que tiene del lado bueno la pistola. El que mejor sabe imponer su voluntad a la del resto. Eso es lo que defienden todas estas gentes que, contradicción de las contradicciones, tildan a la monarquía de fascista mientras se abstienen de hacerlo con regímenes como el de corea del Norte, Rusia o Bolivia.

Dicho lo cual, solo me queda decir que, visto lo visto, viva el rey.

Miquel Giménez



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