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José Alejandro Vara

Opinión

Vox y la peluquera de Bildu

Votar a Vox es tirar el voto, retumban desde el PP. El 12-J reaviva las tensiones en la derecha. Abascal no cede. ¿Todos pierden?

El puro y la piedra
El puro y la piedra Europa Press

No le va bien a Vox en las andanzas preelectorales del 12-J. Eso al menos se diría si se atiende a que Rocío Monasterio ha echado mano de la peluquera de Maroto, ya saben, aquella historia del pacto del dirigente del PP con Bildu cuando era alcalde de Vitoria. Como en el atizador de Wittgenstein, ya hay dudas sobre el episodio: que si era peluquero, peluquera, peluquere, maestro barbero, coiffeur de los Champs-Élisées y hasta si realmente votaba a Bildu. El caso es que Monasterio ha irrumpido en la campaña vasca desde la Asamblea de Madrid para memorar aquel asunto. Nuestros recuerdos, ya se sabe, son de la última vez que los contamos, y esto ahora no venía a cuento. 

Sin embargo, a Vox no le va nada mal. Todo lo contrario. El partido de Abascal se ha erigido en protagonista inopinado e involuntario de la campaña electoral del 12-J. Primero fue víctima del ataque ultra en Sestao, donde los compinches de ETA, partidarios siempre de la dialéctica de puños y pistolas, la emprendieron a cantazos y le cruzaron la cara de una pedrada a la diputada Rocío de Meer. Su rostro ensangrentado se ha convertido en el símbolo icónico de estas jornadas preelectorales, ensalzado aún más por el ketchup pestilente del rastrero Echenique, ese desecho

Vox, además, le ha doblado el pulso a míster Ábalos, el de miss Delcy, y a Correos, que habían secuestrado la propaganda electoral del partido de Abascal porque llevaba escritas unas frases de lo más correcto en el sobre. La Junta Electoral Central consideró que con el secuestro se vulneraban los derechos fundamentales y le sugirió al presidente de la entidad, un Serrano, que fue jefe de Gabinete de Sánchez, que echara un repaso a la Constitución.

Tan enrarecida y desportillada está nuestra envoltura democrática que hay que consultar a los tribunales si un español puede exhibir la bandera de su país en unas elecciones o en un campo de fútbol

Para cerrar esta cadena de episodios con Vox como protagonista, la propia Junta Electoral acaba darle el visto bueno a las 'mascarillas Olona', ya saben, esos protectores antivirus con la bandera de España en una esquinita que la popular diputada puso de moda por los pasillos del Congreso. Los apoderados e interventores de esta formación podrán lucirlas en las mesas durante la jornada electoral ya que la Junta ha decidido que la bandera de España es símbolo nacional y no patrimonio político de partido alguno. Tan enrarecida y desportillada está nuestra envoltura democrática que hay que consultar a los tribunales si un español puede exhibir la bandera española, sea en día de votación o de Mundial de fútbol.  

Se habla de Vox en unas elecciones en las que los sabios de la demoscopia (ciencia errática y falible) no le conceden ni un ápice de esperanza. Vuelven por tanto las invocaciones al electorado del centroderecha para que no dilapide su voto en las formaciones que no tendrán ni un asiento en las respectivas Cámaras. Ciudadanos no es problema. Muy poco rascará en Galicia y en País Vasco se presenta junto al PP.

El problema es Vox, que, a decir de sus voceros, podría tener incluso grupo propio en Galicia si repite el resultado de las generales, 114.000 votos y el 7,4 por ciento de los sufragios. Tal supuesto se antoja imposible. Nada tienen que ver unas autonómicas con unas generales. Que se lo pregunten a Casado. O al propio Sánchez, que no rascará bola en ninguna de las dos consultas electorales del 12-J.

El Gobierno de Sánchez e Iglesias provoca tal rechazo que anima a la familia del centroderecha, tan disgregada, a unir su voto para evitar réplicas ultrarradicales en Galicia o País Vasco

Abascal desoye las invocaciones a la unidad de la derecha, no atiende a quien le pide que renuncie a sus candidaturas para frenar a la izquierda y al nacionalismo y descree de que en política dos y dos sumen necesariamente cuatro. Vox se presentó en Andalucía y en Madrid y ahí está el PP gobernando, explica. Un argumento atendible pero no siempre extrapolable. La ley D'Hont la carga el diablo y depara sorpresas muy desagradables. El voto hacia Vox puede arrebatarle al PP sendos escaños en Orense y La Coruña sin que Abascal se beneficie de ello. La mayoría absoluta de Feijóo, en peligro. Fraga la perdió en 2005 por un escaño.

El primer test de la pandemia

El viejo debate sobre si entorpece o no los afanes de quienes pretenden reagrupar al centroderecha, se ha tornado insólitamente actual. El tablero nacional ha cambiado en forma notable. Hay un elemento nuevo que juega en contra de Abascal. Las elecciones vascas y gallegas serán el primer test electoral que afronte el Gobierno social-populista instalado hace apenas cinco meses en la Moncloa. Una cita menor, cierto, pero que arrojará más luz que un Tenazos, que algo apuntará sobre el grado de aceptación de la pareja Sánchez-Iglesias, en especial después de su desastrosa labor frente a la pandemia y sus disparatados planes ante la crisis económica que ya nos golpea. "Tenemos el Gobierno más radical, sectario y despótico de Europa, es la hora del reagrupamiento y la movilización" invocan los impulsores de la 'gran casa común' del centroderecha. Mientas la familia liberal-conservadora concurra dividida a las urnas, no será posible el cambio. 

"Esta era la ocasión propicia para que Vox nos apoyara, para ir juntos contra el eje del mal, contra quienes pretenden dinamitar nuestro edificio constitucional, pero ya que no lo hacen, al menos que nos dejen en paz, que nos olviden, que el enemigo es otro', dicen en el PP. Abascal tiene una particular debilidad por descalificar presidente de la Xunta, al que llama 'Jordi Feijóo', y dice, en una chuscada hiperbólica, que el PP es un partido nacionalista, una variante gallega de Convergencia y el PNV. Quizás tal empeño en debilitar al PP sea una estrategia equivocada. Se verá en la noche del 12, si Feijóo pierde su cuarta mayoría absoluta en Galicia a manos de la ultraizquierda; si sube el PNV y baja el PP en el País Vasco y si Vox se queda sin escaño en una y otra plaza. A algunos se les pondrá cara de bobo. La peluquera, naturalmente, habrá vuelto a votar a Bildu. 

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