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Opinión

El tiempo remansado

El histórico narcotraficante Manuel Charlín (d).
El histórico narcotraficante Manuel Charlín (d). EFE

Decía Heráclito, en uno de sus aforismos poéticos, que a nadie le es posible bañarse dos veces en el mismo río. Se refería al tiempo, que pasa y no vuelve, como el agua de los ríos; y así la vida y la historia, que siguen su curso y que no regresan para que volvamos a vivir lo que ya pasó.

Pero el buen Heráclito era de Éfeso y yo creo que de ríos no sabía demasiado. No abundan allí, en la costa de lo que hoy es Turquía. Ahora, en agosto, quizá por el calor o por el cansancio, o por la melancolía, al tiempo le pasa lo que sucede con frecuencia en el curso medio de muchos ríos: que se ralentiza, hace meandros, se remansa y se entretiene en remolinos en los que el agua parece dar vueltas, y regresa sobre sí misma, ensimismada, y uno tiene la sensación de que está viviendo algo que ya ha vivido antes, o de que las cosas marchan distraídamente hacia atrás.

Han detenido en Galicia, por tráfico de cocaína, a un anciano de pantalón corto que se llama Manuel Charlín. Es un sinvergüenza, ciertamente, pero un sinvergüenza de hace treinta años, y veinte de ellos los ha pasado en prisión. De verdad, creí que ya había muerto. Este hombre está en la historia más negra de esa tierra. Ha salido en libros serios y apasionantes que relataron la devastación de una generación entera por la pura codicia de unos cuantos: el clan de los Charlines, nombre de resonancias medio bandoleras. Hace tiempo que lo convirtieron en personaje para series de televisión: se supone que de ahí ya no se vuelve a la vida. Pero ahí lo tienen, a sus 85 años, organizando el desembarco de dos toneladas de cocaína como si fuese un cuarentón de palillo entre los dientes, como el alimoche que regresa una y otra vez a la misma carroña porque no sabe hacer otra cosa, porque ese es el sentido de su vida. ¿Seguro que el río del tiempo fluye hacia delante?

Veo en televisión la cara de Carlos Iturgaiz y me llevo un susto, porque cuando en la tele aparece el rostro de alguien a quien hace años que no veías suele ser porque se ha muerto. Afortunadamente no es así. Iturgaiz, aquel muchacho que tanto ayudó a mantener en alto la enseña de la dignidad cuando los canallas de ETA asesinaron a Miguel Ángel Blanco, regresa de la historia –encanecido, avejentado, hinchado– para quejarse de que el gobierno de Sánchez haya trasladado al País Vasco a dos presos que intentaron matarle a él. Esos traslados, en forma de goteo, los hizo también el gobierno anterior, el de Rajoy, porque eso es lo que marcan las leyes en casos semejantes, pero eso a Iturgaiz parece que no le importa. Asoma de nuevo, veinte años después, desde el pasado y desde el Parlamento Europeo (suelen ser conceptos muy semejantes) para exigir que le pidan perdón: esos dos presos lo han hecho, aunque no a él directamente­. En realidad, lo que quiere es dejar claro que esa tragedia se mantiene viva porque hay gente que sigue soplando los rescoldos con tenacidad. Y lo piensa seguir haciendo, con o sin arrepentimientos de los criminales. Es obvio que se trata de una estrategia del PP para erosionar a este gobierno que llaman “de okupas”, pero ¿para eso y para nada más regresa Iturgaiz? ¿No tenía otra cosa que decir, tantos años después? ¿No ha cambiado nada? ¿Seguro que el río del tiempo fluye hacia delante?

Y luego está lo de Argentina. El Senado de la nación ha tumbado, por siete votos (38 para el no y 31 para el sí) la ley de interrupción voluntaria del embarazo que había aprobado la Cámara de Diputados hace dos meses. Siete votos han devuelto al país a una legislación de hace casi cien años. Siete votos que pretenden conseguir, como dijo uno de los senadores que votaron no, “que no haya más abortos en Argentina”, pero que lo único que van a lograr es que los abortos se sigan haciendo en la clandestinidad, en condiciones mucho más peligrosas y siniestras, o solo para las señoras de orden (o sus hijas) que puedan pagarse un viaje al extranjero o una clínica privada que mire para otro lado, previo pago de su importe. No reducirán la cantidad  de abortos sino que acabarán con la seguridad. Eso es todo. Eso es lo que sucedía en España hace treinta años. La legalización de la hipocresía.

¿El motivo? No hay más que uno: las convicciones religiosas y, en este caso, la tremenda presión de la Iglesia católica y de los protestantes evangélicos. No quiero entrar en la discusión de fondo sobre el aborto, porque eso es casi imposible. He pensado siempre que más que un derecho, un privilegio, una opción o como quieran ustedes llamarlo, sufrir un aborto es siempre una tragedia personal que marca profundamente a quien tiene que sufrirlo. Pero a veces es necesario, o las mujeres que se enfrentan a una situación tan extrema como esa consideran que lo es.

Lo que el Senado argentino ha hecho (como en su lejano día hizo la legislación española) es, en realidad, mantener una situación desatinada en la que es delito para todos lo que solo para algunos es pecado. La mujer que considere que interrumpir el embarazo es matar una vida plenamente humana, sencillamente no abortará. La que considere que es interrumpir el crecimiento de algo que podrá ser una vida humana, por razones personales muy poderosas, puede que lo haga o puede que no, porque sabe muy bien que es un drama personal y no un plato de gusto. Pero la clave está en poder elegir, en tener la libertad de decidir. Obligar a todas las mujeres a actuar del mismo modo porque los legisladores han decidido mantener una ley tintada de creencias religiosas, o de conceptos éticos igualmente teñidos de creencias religiosas, es un golpe a la libertad de las personas. Y es un anacronismo destinado a ser superado antes o después. Por más que ahora los creyentes sientan como una victoria para ellos lo que no es más que una derrota para todas las mujeres, para su derecho a construir su vida como mejor consideren. ¿Seguro que el río del tiempo fluye hacia delante?

De haber vivido hoy, el bueno de Heráclito estaría desconcertado.

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