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Gregorio Morán

Sabatinas intempestivas

Sobrevivir a la estafa

Miles de personas llegan a Barcelona para manifestarse.
Miles de personas llegan a Barcelona para manifestarse. EFE

Cuando preguntábamos algo en nuestra infancia, la respuesta siempre era la misma: eso lo entenderás cuando seas mayor. Ahora que soy algo más que mayor tengo muchas preguntas que hacer y no hay nadie que las responda. Todo lo que se consigue es un encogimiento de hombros y un gesto de desdén que podría traducirse como “eso es lo que hay y no preguntes porque estoy hasta los cojones de tus impertinencias”.

45 abogados forman el Frente de Makos de ETA y lo reconocen abiertamente, con nombres y apellidos, para ser exonerados de la Justicia. Es decir, que formaban un comando armado de códigos penales como instrumento criminal para eliminar a sus víctimas y colaborar con los asesinos. Me parece muy fuerte y si socialmente se ha de aceptar así deberían abrir los informativos y llenar las primeras páginas de los periódicos. Ya sé que vivimos en un mundo inseguro, siempre ha sido así para muchos, pero no habíamos llegado a ponerlo de ejemplo de lo supuestamente inevitable.

Sobre lo que está sucediendo en Cataluña parece haber un consenso entre verdugos respecto a qué protestas son pacíficas. En el fondo se reduce a una cuestión geográfica. Si vives aquí has de escoger entre víctima o cómplice, si usted reside fuera de esta área hay una tercera opción: contemplar cómo nos cambian la vida mientras dirimen si se trata de algo pacíficamente consciente o pacífico ataviado de malas intenciones. En el fondo nadie le echa una ojeada a la cuestión principal, la de vivir en una sociedad dividida donde una parte exige que lo suyo sea costumbre y lo demás imposición.

Las palabras tienen el valor que cada cual quiera darles, Si yo me manifiesto soy un provocador. Si ellos se manifiestan es un derecho democrático. No hay nadie que regule nada, manda el que agrede y además sienta doctrina. Ahora que está cayendo en picado el turismo en Cataluña sería la ocasión para organizar rutas emblemáticas al paisaje social catalán. Por ejemplo, autobuses de hiperventilados tertulianos que se acerquen a las manifestaciones sugiriendo un debate entre gente supuestamente civilizada. Se encontrará con un escudo donde va escrito “yo no hablo con quien tiene a gente en la cárcel y no acepta que seamos la república independiente que nos hemos dotado. Todo lo demás son traiciones a la causa”.

La sociedad catalana lleva enferma desde hace muchos años, casi tantos como la española, pero se siente muy contenta con los curanderos que le aseguran un bienestar eterno

Una de las escenas más patéticas es la de contemplar a unos periodistas encogidos a un lado de la calle y con la alcachofa en la mano, esquivando como pueden las agresiones y los insultos de los concentrados, mientras una voz serena desde los estudios en Madrid les exige que confirmen si se trata o no de una manifestación pacífica. Por supuesto que pacífica, responden, o si no ven tu a verlo, guapa, y lo comprobarás de primera mano.

Uno se cansa de repetir lo que muchos no quieren escuchar. La sociedad catalana lleva enferma desde hace muchos años, casi tantos como la española, pero se siente muy contenta con los curanderos que le aseguran un bienestar eterno. Ahí tienen a Pujol, nadie le para por la calle para llamarle estafador, que sería un epíteto. Tampoco se lo dedican a Artur Mas, el que nos conducía a Ítaca y que ahora no se pierde sarao y aún aspira a llevarnos de nuevo en otro barco. Son tan insaciables ellos como servil la sociedad que los encumbró.

Cuando ya parecía imposible hemos dado una vuelta de tuerca y han aparecido los Puigdemont y el imperecedero Quim Torra, que ocurra lo que ocurra ocupará unas páginas en nuestra poco feliz historia. La izquierda de la insumisión y el grito, abducida por un meapilas xenófobo y racista. Quizá yo no lo vea, pero más tarde que temprano se los llevará a todos el albañal de la vergüenza, y pasará como con la Abadía de Montserrat, el Palau o el Barça, que de tanto besarle el culo al franquismo acabaron limpiando las imágenes con el salfumán del olvido, el que aplican los historiadores y reverencia la “izquierda fricandó”. Aquí no existe eso de ya lo aprenderás cuando seas mayor, por estos pagos se sigue la máxima de que la vida te irá enseñando cómo aprovecharte de las circunstancias.

Han logrado el sueño de la extrema derecha: que el rebaño ya no vea diferencias entre progresistas y reaccionarios, ni izquierdas ni derechas. Ahora, todos patriotas

Fíjense en el caso de Toni Comín, consejero en Waterloo haciéndole compañía al descendiente de los pasteleros de Amer, Puigdemont. ¿Quién es este Comín? Además de tocar el piano y de que le concedieran dar clases en una escuela empresarial, no ha sido otra cosa que un diletante de la política, siempre en el área socialista veteado del nacionalismo de la fe y la misa cantada. Pero pequeño detalle, es hijo del difunto Alfonso Carlos Comín, católico y marxista, fallecido prematuramente a los 46 años, y que dominó primero desde el carlismo de sus ancestros hasta su ingreso en el PSUC -el partido de los comunistas catalanes- en 1974, a esa inteligencia que se llenaría de aromas de “fricandó”. Fundó Bandera Roja, anti reformista y radical, llamada a impregnar la sociedad de sus padres. Acabarían ocupando un lugar social de excepción en todos los ámbitos, desde el periodístico al universitario, sin desdeñar la banca. Alfonso Carlos Comín padre tiene hasta una gran plaza en la ciudad de Barcelona, ¡cómo un hijo suyo no iba a tener plaza donde le petara! Y ahí está, nadie sabe por qué méritos, pero le basta con haber sido hijo de un promotor de la cultura política catalana nacido en Zaragoza. El caso de la familia Godó y su inveterada saga de La Vanguardia, la de los Pujol, la de tantos otros, se reproduce en el entramado de esta sociedad... pacíficamente.

El dilema con el que nos encontramos ahora en Cataluña se reduce a sobrevivir a la estafa en la que se ha ido convirtiendo todo, desde la cúpula hasta las mesnadas gallardas. Ya no hay señeras sino esteladas, no hay clases sociales sino sensibilidades patrióticas, no hay ocupación y destrozo de lo público sino manifestaciones pacíficas. No hay poder constituido sino una panda de golfos preocupados por garantizar su patrimonio y si es posible ponerlo a buen recaudo. Han logrado el sueño de la extrema derecha: que el rebaño ya no vea diferencias entre progresistas y reaccionarios, ni izquierdas ni derechas. Ahora, todos patriotas. Por eso pienso que este país, muy dado al surrealismo, debería apropiarse de la momia de Franco y darle sepultura entre sardanas y “castellers” en la Abadía de Montserrat. ¿Acaso no son benedictinos como en el Valle de los Caídos y firmes creyentes como nacional católicos?

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