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Jorge Vilches

Opinión

No salimos más fuertes

Salimos manipulados y engañados, con familiares y amigos fallecidos, con el país quebrado y en tensión

Fernando Grande-Marlaska.
Fernando Grande-Marlaska. EFE

Es falso. No salimos más fuertes como dice el Gobierno en su campaña. Salimos manipulados y engañados, con familiares y amigos fallecidos, con el país quebrado y en tensión. Es más; con un índice de desconfianza hacia el Gobierno como nunca ha habido en la historia de la democracia española. Este Ejecutivo de propaganda y tentetieso, que vive de perfil y haciendo oposición a la oposición, nos quiere vender que su gestión de la pandemia ha sido inmejorable y que ese bodrio distópico de 'nueva normalidad' será un paraíso.

No se trata ya de que los social-comunistas consideren esta crisis como oportunidad para derribar el “neoliberalismo” y el orden constitucional no plurinacional que lo permite. Es que tienen la mentira, la amenaza y la manipulación como ejes de su quehacer gubernamental, y, además, no tienen la responsabilidad, al menos, de salvar la economía. El conjunto no es para estar tranquilo: un Gobierno que alardea de su negligencia y su autoritarismo.

No salimos más fuertes, para empezar, porque están jugando con el número de muertos por la covid-19. Es triste, pero no tenemos la certeza de cuántas personas han fallecido. Las funerarias, los alcaldes y parroquias están dando otras cifras. La discrepancia está en que solo se contabilizan aquellos a los que se les hizo antes un test, pero como el Gobierno dijo que no hacía falta hacerlos -porque no tenía-, los números bailan.

Esto no solo genera la sensación de engaño, algo continuo con Sánchez e Iglesias, sino que genera desconfianza absoluta hacia las instituciones 

Políticamente salimos más débiles. Estamos sufriendo un estado de alarma trucado. Hemos pasado en dos días de un discurso oficial que sostenía que se trataba de un mecanismo imprescindible para salvar vidas, a que se pueda sustituir por leyes ya aprobadas. Esto no solo genera la sensación de engaño, algo continuo con Sánchez e Iglesias, sino que genera desconfianza absoluta hacia las instituciones y las normas.

Han usado el estado de alarma para suspender derechos, no restringirlos como es preceptivo, y aprobar cuestiones fuera del tema sanitario, como el asalto al CNI o una ley de educación de corte totalitario. Celaá se ha empeñado en que el Estado tiene más derecho a decidir la educación de nuestros hijos que los padres, con ese complejo de superioridad moral e intelectual propia de los autoritarios. No sorprende, porque el socialismo considera que los derechos, incluida la propiedad, son concesiones gubernamentales, no algo natural e inherente a la persona. De ahí que no tengan reparo en decidir la reglamentación de todos los aspectos de la vida pública y privada. Y no hay diferencia entre las dos partes del Gobierno porque, como escribió Bastiat, el proteccionismo, el socialismo y el comunismo son las tres fases de crecimiento del mismo árbol.

Partidos de la ruptura

Salimos más débiles porque el PSOE ha pactado con Bildu, la proyección política de ETA. No ha sido solo que tuvieran que sacar adelante el 'imprescindible' estado de alarma, sino que es una vuelta de tuerca al plan desarrollado desde la moción de censura de 2018. El motor de ese plan es trasladar el eje del consenso desde los partidos de la Transición a los partidos de la ruptura, aunque sean de derechas como el PNV o JxCAT.

A esto han añadido una ignominia: la culpa de ese pacto con Bildu ha sido del PP, bajo el argumento de que el partido de Casado abandonó su responsabilidad y el PSOE tenía que salvar vidas. Esto es un insulto a la inteligencia de cualquiera, a la memoria de los asesinados por ETA -una banda a la cual no renuncia Bildu ni su entorno-, y una irresponsabilidad. ¿Cómo se les ocurre pactar la derogación de la reforma laboral a cambio del estado de alarma?

El motivo de este ejercicio de trilero es porque al Gobierno no le importa la reactivación de España sino seguir mandando. Por eso la 'desescalada' no ha sido por motivos sanitarios, sino políticos. Ha sido objeto de negociación con el bloque de la investidura. Incluso quien se ha descolgado, como ERC o Compromís, no ha sido por razones de salud pública, sino porque en la negociación no obtuvieron los réditos políticos deseados.

La solución que dan a esto no es reactivar el tejido productivo, animar a los que crean riqueza y empleo, y bajar impuestos para reducir costes 

A esto podemos añadir, por no alargarnos, una economía hundida, con una bajada del PIB entre el 10 y 15% y un crecimiento del paro hasta el 20%. Y la solución que dan a esto no es reactivar el tejido productivo, animar a los que crean riqueza y empleo, y bajar impuestos para reducir costes de producción. No. Lo suyo son las subvenciones, las rentas mínimas y los subsidios. De hecho, la ministra de Trabajo no está orgullosa de sus medidas para frenar el desempleo sino de las pagas que quizá reciban los parados.

Salimos peor, por otro lado, porque el prestigio de España ha quedado por los suelos: tenemos un Gobierno que nos miente y manipula, con un número de muertos impensable por su negligencia, que nos lleva al desastre, y todavía las encuestas le dan entre el 25 y el 30% de los votos. ¿Qué país somos?

Ocultan informes de la pandemia

Somos un país en el que el ministro del Interior cesa al jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid porque se niega a informarle sobre la investigación judicial del 8-M. Un país con un ministro de Sanidad licenciado en filosofía, nombrado para ceder a los independentistas, y que oculta los informes sobre la pandemia elaborados el 24 de enero por el propio Fernando Simón. Un país que ha vivido en la mentira y al que no le espera otra cosa mientras Sánchez e Iglesias estén en La Moncloa.

Encima nos dejan un país donde los extremos se han encabronado, porque hemos visto escenas callejeras despreciables de un lado y de otro que no auguran nada bueno. Y lo que es peor: esa tensión beneficia al Gobierno social-comunista, que se alimenta del conflicto y de alentar el peligro de la “ultraderecha”. En fin, como diría, Michael Ignatieff, una crisis política prolongada es un fracaso de la sociedad civil.

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