Yo estaba allí y lo vi. Fue hace muchos veranos. Antes de la puesta de sol iban llegando los veleros al Club Náutico de Palma. La infanta Cristina aplaudía con cierta socarronería (“muy bieeen, hermanito”) al príncipe Felipe, por entonces un veinteañero, que cruzaba ante ella en el Aifos. La Reina andaba por allí, pantalones blancos y un pañuelo en la cabeza, charlando con unos y con otros. Pero los perros (así nos llamábamos, entre nosotros, los periodistas, los fotógrafos, los de las cámaras) buscaban una imagen sobre todas: la del rey Juan Carlos, retestinado por el sudor y la sal, saltando al muelle desde el Bribón con una sonrisa y los pelos desmandados.

Pocos minutos después llegaba Mario Conde, a quien ninguno le conocíamos mayores pasiones navigatorias, hecho un cristo: la gomina deshecha, la cara enrojecida. Buscaba con ansia un saludo, un apretón de manos, una foto con el Rey. No la hubo. El otro se las sabía todas. Así que yo me quedé mirando al barco, el Bribón, propiedad de José Cusí. Era muy bonito. El sexto de ese nombre (hoy son ya diecisiete). Me pregunté por qué se llamaría así. Nadie supo decírmelo. Me imagino que no soy el único que se lo vuelve a preguntar hoy.

El tono es casi el mismo en todos los medios: el caballero quiere volver a casa por Navidad y anda enredando para ver si le perdonan

La noticia está en la prensa de medio mundo, desde el New York Times hasta Il Giornale italiano. Ahí Roberto Pellegrino llama al Emérito, con mucha mala leche, el Rey “benemérito”. El Frankfurter Allgemeine Zeitung titula, también con indisimulable sorna, “Un cuarto lleno de facturas”, y añade que su habitación en el hotel de Abu Dabi sale por 15.000 euros diarios, aunque seguramente le ayudará el jeque a pagar la habitación. El tono es casi el mismo en todos los medios del mundo: el caballero quiere volver a casa por Navidad y anda enredando para ver si le perdonan. Ha pagado 680.000 euros no “por voluntad propia” sino para evitar una inspección en serio y librarse también, a medio plazo, del banquillo. Es un golfo al que se le ha venido el mundo encima, porque se creía intocable, y ahora no alcanza a entender lo que le pasa, por qué todo el mundo dice esas cosas de él, con lo que le querían. Da lástima. A propio intento o sin querer, pero da lástima.

A quién se le ocurriría ponerle ese nombre al barco. Bribón. Lo que ahora ha pagado a Hacienda el Emérito es algo más de lo que costó la luna de miel de Felipe y Letizia, aunque la mitad de aquella factura de casi medio millón de dólares la pagó Cusí. Y toda la prensa internacional, todos los analistas (incluidos los más benévolos) se hacen, antes o después, dos preguntas. La primera es: ¿Cuál va a ser la próxima? ¿Qué otros cofres del tesoro de los piratas quedan por descubrirle al timonel del Bribón? ¿Y dónde?

Pende de un hilo

La segunda pregunta es peor, porque pone muchas cosas al borde del precipicio. Cuando la nota de los abogados dice que el pago de los 678.000 euros sirve para regularizar la deuda con hacienda por los “fondos recibidos del empresario mexicano Allen Sanginés-Krause, que se gastaron a través de tarjetas bancarias [opacas] por parte de Juan Carlos I y algunos de sus familiares”, ¿de quién está hablando, vamos a ver? ¿Cuántos más de la familia estaban en el ajo? ¿Quiénes, exactamente?

Ahí entramos ya en el tremedal de los rumores y los cotilleos. Casi nadie fiable menciona a doña Sofía. Eso resulta difícil de creer porque esa mujer ha sido la reina más austera que ha habido en España desde Juana I de Castilla… o incluso desde su madre, Isabel. Pero con el resto de la familia ya no es tan fácil estar seguros de nada. Que si viajes. Que si clases de piano. Que si compras por ahí. Que si Froilán (mucho tardaba en salir este arrapiezo) y su hermana Victoria. Que si Elena y Cristina…

Si eso es verdad, que no lo sé pero no tardaremos mucho en saberlo, la Corona de España pende de un hilo… al que están picoteando los pájaros. Sí, es fácil imaginar la escena: es muy cómodo tirar de una tarjeta cuyos fondos no sabes de quién son, la tarjeta que te pasa papá o que te pasa el abuelo, y disfrutar de la vida. Y es todavía más fácil no recordar que no puedes hacer eso cuando la tuya no es una familia, es una institución que simboliza a un país entero. En este desdichado asunto hay demasiadas cosas que son demasiado fáciles.

Así que, sencillamente, no puedo creer que Juan Carlos se presente en Madrid para cenar con su esposa, su hijo, su nuera y los demás. Como si no pasase nada

¿Qué hará ahora el rey Felipe VI? ¿Pueden ustedes imaginar la cena de Nochebuena o la comida de Navidad con Juan Carlos presente y todos allí sentados, mirándose unos a otros? ¿Con qué cara, con qué palabras, con qué pensamientos? En la memorable película La colmena, de Mario Camus, hay una escena quizá parecida. Julita (Victoria Abril) se reúne a escondidas con su novio Ventura (Emilio Gutiérrez Caba) en una casa de citas. Se queda helada el día en que, al bajar las escaleras, ve subir a su padre, don Roque (José Bódalo). Ella dice que viene de hacerse una fotografía. Él, que va a visitar a un amigo enfermo. Los dos saben que el otro está mintiendo. Y la escena brutal es la de la comida en familia. Delante de la madre, doña Visi (Elvira Quintillá), que no se entera de nada, don Roque y Julita, sentados frente a frente, se miran a los ojos mientras comen. Y ninguno de los dos dice nada.

La diferencia está en que aquí todo el mundo lo sabe todo ya. Así que, sencillamente, no puedo creer que Juan Carlos se presente en Madrid para cenar con su esposa, su hijo, su nuera y los demás. Como si no pasase nada, como si nunca hubiese pasado nada.

El Emérito habrá hecho ese pago a Hacienda para evitar males mayores… que no evitará, como no los podría evitar nadie. Esa frase feroz, “…y algunos de sus familiares”, apesta a venganza y quita (o al menos retira un poco, lo suficiente para que escape el tufo) la tapa de la olla podrida, que ya no es el suculento guisote que tanto le gustaba a Sancho Panza sino que está podrida de verdad.

¿Qué hará ahora el Rey Felipe?

Las reacciones de los políticos han sido las esperables: la derecha y los neofranquistas de Vox han salido para explicar que bueno, que hay qué ver qué equivocaciones comete la gente, pero que Juan Carlos hizo muchas cosas buenas por este país. Pedro Sánchez se ha quitado aviesamente del medio con el argumento de que se trata de un “asunto familiar”: no lo es, cómo va a serlo. Y Podemos ha descrito, por una vez, la cruda realidad: que este asunto es una vergüenza. Para todos. Mientras, los secesionistas se frotan las manos: nunca les habían hecho el trabajo tan eficazmente. Nunca se atrevieron a esperar que el nombre de aquel barco velero fuese tan clarividente.

Ahora que ya anda todo el mundo buscando a “algunos familiares” para ver hasta dónde llega la mierda, ¿Qué hará el Rey? ¿Seguirá callado, según el consejo de sus funestos asesores? O, por mejor decir, ¿Qué puede hacer el Rey? ¿Puede hacer algo todavía?