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Carretero y yo

Eutanasia: por qué

Es una simple atrocidad tratar de imponer a todo el mundo actitudes o decisiones basadas en dogmas o sentencias religiosas que son particulares y no universales

Vista general del Congreso de los Diputados.
Vista general del Congreso de los Diputados. EFE/Javier Lizón

Carretero, mi padre, paró la bici bajo una encina gigantesca, se sentó a la sombra y encendió un cigarrillo. Todavía fumaba. Han pasado muchos años desde aquello. Yo hice lo mismo.

–Quería pedirte un favor.

Íbamos a tener, pues, una conversación importante. Me lo quedé mirando.

–Quería pedirte que si un día ves que yo ya no soy yo, que no puedo valerme, que no puedo hablar contigo porque haya perdido la cabeza… Vamos, que si no puedo pensar ni vivir con dignidad, o por lo menos con la dignidad de ahora, pues que me quites del medio.

Solo se oía el tostón de las cigarras en el camino de Reliegos.

–¿Quieres decir que te mate?

–Pues… sí.

Ahí el que se puso a fumar fui yo.

–Pero eso es un delito. Me pueden meter en la cárcel.

–Ah, arréglatelas. Yo te pido un favor, no te digo cómo tienes que hacerlo.

El Congreso de los Diputados acaba de aprobar, con el voto en contra del PP y el sorpresivo apoyo de Ciudadanos, la regulación de la eutanasia. Como sucedió con la ley del divorcio de Fernández Ordóñez en 1981 y con la de la interrupción voluntaria del embarazo de 1985, la ley es enormemente tímida, temerosa y llena de melindres. No pasa nada: ya evolucionará, como hicieron las otras. De momento, a quien ayudó a morir a Ramón Sampedro lo seguirían metiendo entre rejas por incumplimiento de alguna cuenta del rosario de requisitos que se exigen. Y no digamos nada de la periodista que informó del tranquilo suicidio de una mujer médicamente desahuciada y que seguramente estaba delante cuando ocurrió todo.

El principio común a las religiones reveladas es que tu vida no es tuya, es un regalo de Dios. Pues usted perdone: sí es mía. Y de nadie más"

Quizá ustedes no hayan reflexionado demasiado sobre las razones que han llevado a la regulación de la eutanasia. Seguramente pensarán que la muerte es mala y que hay que combatirla, lo mismo por medios médicos que por medios legales. Quisiera exponerles hoy los argumentos… no a favor, sino en contra de esa regulación. Los más conocidos son los siguientes:

El primero, y más repetido, es el de la “pendiente resbaladiza”: si se autoriza la eutanasia regulada, seguramente habrá gente que se ponga a hacer eutanasias (o asesinatos) no regulados, y esto se puede convertir en El triunfo de la muerte de Brueghel. Eso es, en rigor, lo mismo que exigir la prohibición de los coches, porque habrá gente que conduzca por las autopistas en sentido contrario. Es hacer el proceso de las intenciones. Es una adivinación, no un argumento.

Otro: los que solicitan la eutanasia suelen estar deprimidos, desesperados, no son capaces de juzgar con claridad. Por lo tanto, no hay que hacerles caso. Traducción: su vida no es de usted, sino de las personas sensatas. Yo creo que no es así y, sobre todo, que no tiene por qué serlo. Carretero estaba perfectamente tranquilo cuando me pidió aquel favor. Lo sigue estando.

El voto en contra del PP deja claro hasta qué punto la derecha tradicional española sigue confundiendo la ley y la política con las témporas"

Tercero: es mejor invertir en los cuidados paliativos que eliminar al enfermo. Eso ya es más serio, pero olvida que los cuidados paliativos suelen prolongar una agonía de la que sabemos, en realidad, poco. Cuando se fue mi madre, los médicos aseguraban que no sentía nada; que aquel espantoso sufrimiento que todos veíamos era, en realidad, un conjunto de reacciones biológicas, pero que ella “ya no estaba”. Y si no estaba, ¿para qué la mantienen aquí? Todos queríamos que aquello acabase. Cuanto antes.

Cuarto: hay que matar el dolor y el sufrimiento, no a la persona con dolor y sufrimiento. Bien, ¿y qué pasa cuando eso es imposible? ¿O cuando matar el dolor significa convertir a un ser humano, irreversiblemente, en un vegetal? ¿Es preferible eso a ayudarle a irse en paz? ¿En serio?

En realidad, detrás de todos esos argumentos se esconde un principio común a las religiones reveladas: tu vida no es tuya, es un regalo de Dios y es pecado atentar contra ella. Pues usted perdone: sí es mía. Y de nadie más. Y la vida de Carretero es suya y solo suya. Y tiene perfecto derecho a determinar qué grado de dignidad o de consciencia no quiere soportar, si llegase el caso. Es una simple atrocidad tratar de imponer a todo el mundo actitudes o decisiones basadas en dogmas o sentencias religiosas que son particulares y no universales, puesto que hay muchísima gente que no cree en ellas, no las comparte y no tiene por qué regirse por esas cosas. La ley, que sí es para todos, no puede basarse en las creencias de unos, ni en las de otros, ni en las de nadie. El voto en contra del PP deja bien claro hasta qué punto la derecha tradicional española sigue confundiendo la ley y la política con las témporas, en este caso de Adviento.

Aquella conversación terminó bien. Yo me lo pensé un rato y dije:

–Vale, si llega el caso te haré ese favor. Ya veré cómo. Pero con una condición.

–¿Cuál?

–Que si soy yo el que un día ya no puede valerse, ni pensar, ni hablar contigo, seas tú el que me quite del medio a mí.

Mi padre me miró algo perplejo y sonrió:

–Hecho.

Nos dimos la mano y volvimos a las bicis.



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