Las diversas veces que en el pasado el Partido Socialista y el Partido Popular se comprometieron en sus campañas electorales a revertir la atrocidad que en términos constitucionales e institucionales representó la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 perpetrada por el dúo González-Guerra, que erosionó de forma implacable la independencia del Poder Judicial en nuestro país, y los subsiguientes incumplimientos por parte de ambos, incluso cuando contaron con cómodas mayorías para hacerlo, forman parte ya de la pléyade de infamias cometidas por los dos supuestos pilares sostenedores del sistema del 78. En estos días vivimos de nuevo este oprobio, con el agravante de que el número de postulantes a poltronas en el Consejo General del Poder Judicial se ha multiplicado e incluye a formaciones que han anunciado que su objetivo es tumbar el orden político y jurídico vigente y liquidar a España como Nación democrática garante de nuestros derechos y libertades.

Este vomitivo aquelarre se lleva a cabo con gran aparato publicitario ante una ciudadanía apenas consciente del atropello al que se disponen de nuevo a someterla. Cuesta creer que Pablo Casado se haya prestado a semejante fechoría, aunque sus vaivenes, inconsistencias y despistes de los últimos tiempos concuerdan bien con este deplorable espectáculo. EL pacto para renovar los órganos constitucionales y reguladores en cuyo viscoso potaje hincan su voraz cuchara sin recato todos los que anteponen sus intereses particulares al supremo interés nacional es un clavo más, y de gran tamaño, remachado en el ataúd de un Estado que nació hace veintitrés años aupado por una oposición responsable, un régimen autoritario contrito y una sociedad española preñada de esperanza, rebosante de proyectos y desbordada de entusiasmo ante el futuro, un Estado que ahora agoniza, cosido a heridas infligidas por aquellos que en teoría debieran fortalecerlo, defenderlo y preservarlo.

No hay duda de que en muchos temas, algunos no menores, la distancia entre Cs y Vox es considerable, pero su insobornable negativa a ensuciarse en el siniestro reparto del botín institucional los aproxima en un asunto de profundo calado

En este panorama desolado destacan dos fuerzas parlamentarias que se han negado en redondo a mancharse con el fango de este indigno pasteleo, que no han presentado candidatos y que incluso, en su loable afán de no recibir ni una pestilente salpicadura del enjuague, ni siquiera han participado en la votación para cubrir los puestos del Consejo de Administración de RTVE, entremés de las operaciones de gran calado que se están fraguando para cristalizar en los próximos días y que como dijo en su inolvidable carta al amorfo Patxi López la madre del llorado Joseba Pagazaurtundua, nos helarán la sangre. Conviene destacar esta coincidencia entre Ciudadanos y Vox porque les sitúa a ambos en un alto nivel de autoexigencia democrática que convierte determinados vetos e inquinas aplicadas por el centro liberal a una organización política sin duda conservadora, eurorealista, adalid de valores tradicionales y nacionalista española, pero respetuosa de nuestra Ley Fundamental, en poses de seguimiento sumiso del pensamiento progre políticamente correcto más que en rechazos dotados de fundamento racional. No hay duda de que en muchos temas, algunos no menores, la distancia entre naranjas y verdes es considerable, pero su gallarda e insobornable negativa a ensuciarse en el siniestro reparto del botín institucional los aproxima en un asunto de profundo calado, que debiera llevarles a una reflexión serena sobre su futura relación.

Se está produciendo, además, un interesante fenómeno sociológico que debería obligar a las cabezas pensantes del PP que asesoran a su presidente a algún tipo de revisión de su bamboleante estrategia. En la izquierda las tensiones y los enfrentamientos entre el PSOE y Podemos son cada día más evidentes e intensos, circunstancia que se traduce en un pausado, pero continuo, trasvase de voto del segundo al primero. En el espacio del centro-derecha, el PP ha elegido conscientemente la senda de la hostilidad rayana en la guerra abierta contra Vox y la consecuencia de este enfoque es un lento, pero sostenido, crecimiento electoral de Vox en detrimento del PP. ¿Será que Iván Redondo es mucho más hábil que el núcleo rector de la planta séptima de Génova 13? ¿O que quizá hay quiénes tienen un plan a medio y largo plazo, aparte de una notable facilidad para la táctica mientras otros sólo practican el regate corto y encima se traban las piernas y acaban en el suelo?

Genética privilegiada

Estas son cuestiones dignas de ser pensadas, sobre todo por aquellos a los que más les afectan, aunque cuando se nace equipado con una sabiduría innata que le conduce a uno a sentarse a una mesa de negociación con un trilero profesional para que le desplume, destrozando de paso la menguante calidad de nuestra democracia, no necesita consejos de nadie y menos de los que gozan de conocimientos que no son fruto de una genética privilegiada como la suya, sino de largos años de lecturas, estudio, análisis, experiencia y examen crítico de los propios errores. A los que así actúan ya únicamente cabe desearles buena suerte porque no hay nada más en lo que puedan confiar.