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Gregorio Morán

Sabatinas Intempestivas

Proceso al 'procés'

El proceso al ‘procés’ apenas tiene que ver con los hechos. Si nos atuviéramos a lo oído resultaría que no existió ni declaración de independencia, ni república de 8 segundos, ni órdenes, ni siquiera Parlamento

Mariano Rajoy declarando en el Tribunal Supremo
Mariano Rajoy declarando en el Tribunal Supremo

Ni lo apruebo ni lo desapruebo, pero lo entiendo. Cuando el diputado de Ciudadanos Juan Carlos Girauta exclama en el Congreso que está harto de los independentistas y que se va a Toledo “para no verlos ni en pintura”, le entendí. Si tienes que salir todos los días a la calle, comprar en una tienda, ir a que te corten el pelo o entrar en un estanco, lo primero que debes hacer es tomar la precaución de que no te reciban con el equivalente al ¡Arriba España! de nuestra infancia, ese lacito amarillo que se traduce en complicidad con el independentismo. Me es indiferente que sea separatista, esperantista o masón, pero no me obligue a ser cómplice por comprar una lechuga. Como en el viejo carlismo ahora redivivo las creencias no tienen relevancia si son privadas; hay que exhibirlas, como las banderas.  

Un engorro cotidiano en el que me gustaría ver a más de un cándido asentado en Madrid pontificando sobre si eso es un derecho de expresión sin mayor trascendencia o una intimidación que coarta la vida ciudadana. Lo de los derechos legítimos siempre me ha parecido una forma de partirte la cara sin posibilidad de responder a la agresión. Todo lo legítimo o es una conquista de la libertad o es el mantenimiento de la opresión, y cualquier lector entenderá que comprarte una lechuga o unas sardinas no pasa por una discusión sobre derechos. En el fondo te sientes como el hereje ante el inquisidor, y la verdad es que no merece la pena el esfuerzo. Me consta que hay ciudadanos que deben hacer más de dos kilómetros para evitar que la compra se convierta en una penitencia. Y esto en Barcelona. Imagino lo que será en Olot, Manresa, Berga o Vich. Una especie de revival del sentir de un liberal decimonónico en poblaciones antaño regidas por el absolutismo carlista.

Rajoy se enteró por casualidad y Soraya, presente en el lugar, lo supo por el ruido. Unos aseguran que se trataba de una ‘performance’ y los otros que querían cerrar un chiringuito

Votar no es un delito, por supuesto. Tampoco joder, pero ocurre que si usted lo hace forzando a la pareja se considera una violación y si se trata de niños, pedofilia. En eso estamos, en una mezcla de violaciones y pedofilias, porque la vida democrática de Cataluña fue violada reiteradamente por una supuesta clase política que aplicó sus tortuosos deseos a una sociedad adocenada por años de corrupción y xenofobia. Pocos gestos tan patéticos como los del independentismo en el Tribunal aduciendo sus amores españoles y su sangre agarena, que decía la copla. Todos los arios afirmaron después de 1945 que habían protegido a una familia judía, todos los franquistas ayudaron a un pariente rojo. De tan manido resulta grotesco eso de la madre murciana, o extremeña, y el padre manchego.

Por eso el proceso al 'procés' tiene mucho de enredo filológico sobre un fondo de realidades paralelas. Se discute sobre si hubo violencia o fue una manifestación pacífica que solo violentaba a quienes se negaban a consentirla. ¿Por qué no han llamado de testigo a aquella dama descocada que narró cómo la Guardia Civil le fue rompiendo los dedos de la mano, uno a uno, para luego tratar de violarla? ¿Acaso no fue ella la prueba más fehaciente de la violencia represiva del Estado y como tal apareció en todos los medios de Cataluña pasmados ante tal tropelía? La prueba de que era un testigo de excepción la dio al manifestar que todo se lo había inventado. ¿Dónde está ahora? ¿Qué hacen nuestros ubicuos medios de la alcachofa que no van a entrevistarla?

El proceso al 'procés' apenas tiene que ver con los hechos; se suministran recursos que avalen las mentiras. Si nos atuviéramos a lo que hemos oído resultaría que no existió ni declaración de independencia, ni república de 8 segundos, ni órdenes, ni siquiera parlamento; incluso Rajoy se enteró por casualidad, y Soraya Sáenz de Santamaría, presente en el lugar de la catástrofe, lo supo por el ruido. Unos aseguran que se trataba de una performance y los otros que querían cerrar un chiringuito. Salvo que se trataba de un chiringuito, en lo demás todos ensayan ejercicios filológicos, eso que en esta época de mensajes para lectores fatigados se denomina “relatos”.

La desvergüenza de Artur Mas, primer capitán del barco que llevaba a Ítaca, alcanzó cotas que únicamente un discípulo atento del maestro Pujol sería capaz de igualar

Sin embargo, sí da para hacer retratos literarios sobre lo que son y lo que quisieran ser. Todos, acusados y testigos. En la mayoría de los casos serán sus últimos minutos de gloria, los que redundarán en una carrera política futura o en el ostracismo. El gesto de Rufiándesdeñando el saludo a Santi Vila por traidor a la causa es la elocuente manifestación del pacifismo musculado; estamos en tiempo de rufianes. La desvergüenza de Artur Mas, primer capitán del barco que llevaba a Ítaca, alcanzó cotas que únicamente un discípulo atento del maestro Pujol sería capaz de igualar; desarbolada la nave, engañada la tripulación, ahora resulta que él estaba en el muelle tratando de que la chalupa no zarpara.

Pero se han sublimado dos figuras. El inefable Junqueras en su mejor papel de Papa Clemente, que bajo su liturgia de hábil consumidor de sermones y misas diarias, desparramó ante la grey -que viene de rebaño- esa letanía del amor fraterno y de la paz de las almas, rota de manera inmisericorde, como un acto fallido freudiano, por su comparación con Mandela. ¡Qué querencia tiene el independentismo catalán con el viejo Nelson! Ignoran que se trataba de un político bragado, máximo dirigente y promotor de la lucha armada contra el apartheid, que descubrió que solo se podía ganar si dominaba la hegemonía política, reñida con la violencia, lo que le costó un considerable esfuerzo entre los suyos, a los que supo convencer por su coherencia. No es el caso.

La otra figura que se ha apuntado al liderazgo es Jordi Cuixart, un empresario del ramo metalúrgico que pasó de los comunistas catalanes del PSUC a Ómniun Cultural, una entidad financiada por el catalanismo reaccionario desde 1961. Tras años de vivir en laico, acaba de casarse “por la iglesia” en la cárcel, con un ceremonial que incluía tres sacerdotes, tres, por patriotismo. Se ha desdicho de sus exculpatorios testimonios anteriores ante el juez porque ahora desea asumir el martirologio y a buen seguro la beatificación en  vida. Ya tiene periodista para la hagiografía, aquella imborrable Gemma Nierga que despidió el cadáver de Ernest Lluch asegurando que él hubiera dialogado con sus asesinos pero que no le dio tiempo.

Ni héroes ni villanos, solo fantasmas. Como de Valle Inclán pero en el siglo XXI.

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