En una democracia ideal implantada en una sociedad madura formada por ciudadanos responsables y dotados de criterio, los partidos eligen a sus mejores y más capaces integrantes como candidatos a las elecciones, que a su vez presentan ante los votantes sus propuestas de gobierno de forma completa, detallada y veraz. Los electores examinan racionalmente las distintas opciones y prestan su apoyo a aquellas que mejor se ajustan a su evaluación de lo que necesita el país, a sus principios éticos y a la opinión que les merezcan en cuanto a competencia y honradez los aspirantes a un escaño.

Por supuesto, cualquier parecido en la España de hoy entre este cuadro idílico y la dura realidad es inexistente. Nuestros conciudadanos se guían a la hora de emitir su sufragio sobre todo por impulsos emocionales, fundamentalmente de tipo negativo, es decir se vota más “contra” algo o alguien que “a favor” de una persona o un proyecto. Los programas son una lista interminable de medidas que nadie lee y que obviamente nadie espera que se cumplan, entre otros motivos porque no pocas de ellas son irrealizables y tanto los que las prometen como los que las escuchan lo saben.

Las campañas son un batiburrillo cacofónico de descalificaciones mutuas, eslóganes baratos, trucos efectistas, falsedades descaradas y lugares comunes decepcionantes. El haber sido sometidos a esta tortura agobiante cuatro veces en cuatro años revela que nuestros políticos viven únicamente pendientes de sí mismos sin que el coste de esta frecuencia de comicios o el desgaste del sistema institucional que comporta les importe una higa.

Habitamos un mundo en el que una adolescente gimoteante influye más sobre la opinión que un comité de premios Nobel

En los discursos abundan las declaraciones genéricas de carácter cualitativo o las adjetivaciones rimbombantes con casi total ausencia de referencias a cuestiones concretas o de argumentaciones ponderadas. Los líderes de las diferentes fuerzas parlamentarias actúan y hablan siguiendo guiones elaborados por gurús de la comunicación y no por expertos en las materias propias de la gestión pública. Se trata de imponer una historia atractiva y motivadora, un cuento que excite las fibras íntimas de los televidentes, de tal manera que se anule su percepción objetiva de los hechos basada en datos verificables o en deducciones lógicas. No hay que convencer a la gente, sino conmoverla, es igual que te crean o no, lo esencial es que queden seducidos por la forma para que no adviertan la vaciedad del contenido. Habitamos un mundo en el que una adolescente gimoteante influye más sobre la opinión que un comité de premios Nobel.

Es instructivo seguir la marcha de la campaña electoral en la que ya estamos inmersos e intentar identificar mensajes que llamen al trabajo, al esfuerzo, al reconocimiento del mérito, a la competitividad y al estudio en contraste con los que ofrecen todo tipo de derechos, subvenciones, rentas universales, aumento de salarios y pensiones y eliminación de obligaciones. La célebre pregunta de Josep Pla ante el despliegue lumínico de Nueva York está más vigente que nunca, no hay más que constatar que nuestra deuda pública es ya igual -y sigue creciendo- al total de la riqueza nacional.

Presupuesto y notoriedad

España afronta grandes y graves desafíos en una etapa difícil en el plano internacional que apunta a una nueva recesión global. En contexto tan inquietante, padecemos un paro del 14%, doble de la media europea, nuestra tasa de fracaso y abandono escolar es de las más altas de la OCDE, nuestras pequeñas y medianas empresas se ahogan en un marco tributario y regulatorio que les impide crecer, nuestra productividad languidece, nuestra inversión en investigación y desarrollo oscila entre lo testimonial y lo ridículo, la nación se desgarra por los embates de un separatismo violento, la digitalización de nuestra economía y nuestras Administraciones se mueve a paso lento, nuestro sistema de pensiones ha entrado en quiebra técnica y las pateras siguen arribando en un flujo imparable. ¿Oiremos en los mítines y en los debates consideraciones sensatas sobre cuestiones tan acuciantes acompañadas de planes inteligentes y viables para buscar soluciones a largo plazo? Seguramente no porque el asunto central en estos días es el traslado del féretro carcomido de un dictador fallecido hace casi medio siglo.

A lo que más se parece la política española cuarenta años después de la Transición es al fútbol, esa mezcla estruendosa de negocio y espectáculo en la que el deporte y sus valores son lo que menos importa. Las cúpulas de los partidos también estudian el mercado, fichan sus jugadores, contratan entrenadores y procuran acaparar el máximo de 'share' en la pequeña pantalla. Los trofeos perseguidos son el poder, el manejo del presupuesto y la notoriedad. Política futbolizada y fútbol politizado son para nuestra desgracia los rasgos definitorios de nuestra época.