Hemos pasado de la nueva normalidad que nos quiso vender Pedro Sánchez el verano pasado a la peligrosa y falsa normalidad de este verano. Indignante. Nos acaban de generar un problema donde no lo había. Tras un año del uso de la mascarilla a la que ya mayoritariamente nos habíamos acostumbrado, nos proponen ahora, por decreto, que nos la quitemos en la calle, en el exterior, cuando podamos mantener metro y medio de distancia.

Bueno, parece que ahora a la calle, además de con la mascarilla, tendremos que salir con un metro. De hecho, es curioso cómo, en general, la ciudadanía no hace caso de esta iniciativa porque está saliendo a la calle con el tapabocas por mucho calor que haga en la gran ciudad. Sólo falta repasar las temperaturas que se están registrando estos días en media España. Francamente, no se entiende. Catalogarlo de “decisión prudente”, lo de retirar la mascarilla en el exterior, tal y como ha hecho en el Congreso la ministra de Sanidad, Carolina Darias, me parece de todo menos prudente y responsable. Dice que se adopta de manera “limitada y progresiva” pese a que, por ejemplo sus socios de gobierno en el País Vasco ya le han dicho que no están de acuerdo, que –de momento- la quieren obligatoria por cómo se está comportando por allí la pandemia. Aspecto que me parece del todo sensato para no dar una apariencia irreal porque al quitarse la mascarilla aparece implícito el mensaje de que todo va mejor.

Nuevamente nos hemos vuelto a precipitar y a correr demasiado con la retirada de las mascarillas, a cuyo uso ya estábamos habituados

Esperábamos un verano tranquilo con la campaña de vacunación –la mayor en la historia de este país- pero como ya viene siendo habitual en este año y medio de pandemia, para unas cosas nuestros gobiernos van siempre tarde, léase para luchar contra el virus y para otras, para desescalar, vamos excesivamente rápido. Nuevamente nos hemos vuelto a precipitar y a correr demasiado con la retirada de las mascarillas, a cuyo uso ya estábamos habituados y con el que transmitíamos la idea de que el peligro no ha terminado.

Nos las pensábamos muy felices y esperanzados con la vacunación, quizás demasiado. La vacuna no vence totalmente al virus. Tampoco es lo mismo una calle como la Gran Vía de Madrid o las Ramblas de Barcelona, que cualquier calle de un pueblo de España con menos de cien habitantes, por ejemplo. O un campo cuando sale el pastor a pasear a las ovejas, que es de cajón que no va a necesitar mascarilla. Pero nuevamente, el Gobierno comunica mal porque hace creer, con la retirada de la mascarilla que estamos mejor cuando no es así. Están trasladando a la ciudadanía un mensaje erróneo. Sabemos que en el exterior –nos lo dice la ciencia- es más difícil el contagio, pero no imposible. De hecho, hay personas que ya han recibido la doble pauta de vacuna y que se han contagiado fuera de un recinto cerrado. No casos graves pero sí que contribuyen a la propagación del virus.  

En la fase dura del principio de la pandemia del año pasado, nos dijeron que no eran necesarias. Lo cierto es que no había, por lo tanto no las podían recomendar. Ahora que tenemos y que estamos acostumbrados a llevarlas, nos la quitan. Tremendo error. Se equivocan en la forma de comunicar y nos venden una peligrosa y falsa normalidad cuando ya tenemos nuevamente con más pacientes covid y cuando los contagios no hacen más que aumentar. En Cataluña se registran más de 400 pacientes en las Ucis, la atención primaria está saturada y muchos sanitarios, agotados tras tantos meses de combate, no pueden tomarse vacaciones. Hay que tener en cuenta que durante estos meses de verano aumenta la movilidad –también la del virus- con el problema añadido de la variante Delta, que se propala con mayor celeridad. Son unos linces nuestros políticos en comunicar y en querer hacer ver que no pasa nada. Cuídense.