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Miguel Ángel Aguilar

Opinión

Pedro Sánchez rindiendo cuentas

El presidente del Gobierno ha presentado un informe sobre los objetivos cumplidos, el primero de este estilo que elabora un Ejecutivo en España

Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, durante la presentación del primer informe de rendición de cuentas de un Ejecutivo
Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, durante la presentación del primer informe de rendición de cuentas de un Ejecutivo Europa Press

El señor presidente del Gobierno, tras el último Consejo de Ministros de 2020, ha hecho un ejercicio de rendición de cuentas que, una vez más, tiene carácter histórico. ¿O es que, por ejemplo, ha habido en los últimos ochenta años otro gobierno de coalición? Así que más allá de Antonio Machado, cuyos versos advierten “caminante, no hay camino/ se hace camino al andar”, lo suyo, Doctor Sánchez, va de hacer historia al gobernar, aunque lo haga sin darse importancia como le sucedía al burgués gentilhombre de Molière que hablaba en prosa sin saberlo.

Estábamos expectantes de lo que se anunciaba, pero la innovación ha consistido en la metodología empleada, que era de Iván Redondo, y en el aval aportando por un sanedrín de expertos. El carácter histórico de la innovación se ha subrayado, como si se estuviera anunciando un número de circo, haciendo hincapié en que se ofrecía “por primera vez en España”.

Estábamos expectantes de lo que se anunciaba, pero la innovación ha consistido en la metodología empleada, que era de Iván Redondo, y en el aval aportando por un sanedrín de expertos

En cabeza del pelotón, Daniel Innerarity había descrito las tres fases del encargo: primera, identificar los compromisos precisando la solemnidad con la que fueron contraídos; segunda, cifrar su grado de cumplimiento; y tercera, señalar las consecuencias que de cualquier manera se siguen. Eso sí, los examinadores han huido en esta ocasión de contrastar las incongruencias advertidas entre las aseveraciones de Sánchez en la antevíspera de las elecciones y su inmediato proceder a continuación. De modo que sus contradicciones flagrantes, que a toda hora subraya la oposición, han sido pasadas por alto.

Los del Sanedrín nada tienen que objetar a que Sánchez rechazara hasta el último debate de televisión de la campaña la incorporación de Pablo Manuel Iglesias al Gobierno, que adujera el insomnio incurable que hacerlo le causaría y que, conocido el resultado del escrutinio, se precipitara a pactar la coalición con UP haciendo vicepresidente al líder que envenenaba sus sueños; ni tampoco que indagar acerca de que haya declinado su promesa de garantizar el cumplimiento íntegro de las penas que pudieran recaer sobre los encausados del procés para convertirse sin solución de continuidad en paladín de los indultos a quienes se proponen volver a las andadas. Observaciones de ese cariz hubieran sobrepasado los márgenes del encargo recibido.

En todo caso, el presiente y sus palmeros exhiben orgullosos la fórmula como si fuera ejemplar y conviniera que la siguieran los gobiernos autonómicos y mereciera ser continuada por quienes le sucedieran. Y aducen que semejante rendición de cuentas está alineada con lo que es habitual en otros países europeos, siendo así que, por el contrario, allí son organismos independientes los encargados de hacer el balance de las políticas.

En todo caso, el presiente y sus palmeros exhiben orgullosos la fórmula como si fuera ejemplar y conviniera que la siguieran los gobiernos autonómicos y mereciera ser continuada por quienes le sucedieran

Doctores de otra escuela de pensamiento se muestran más críticos porque les infunde sospechas que el examinando designe a los examinadores. Sin que les sirva de indulgencia que los académicos designados desempeñen esa tarea ad honorem, sin gravar sobre el erario público, ni más ventaja que el incierto incremento de la posible nombradía de cada uno de ellos.

De modo que la lectura de tan exquisito dictamen confirmaría que quien esperara cualquier crítica severa de esos expertos hubiera debido atribuirles perfiles heroicos. En contraste, algún politólogo amigo aduce la iniciativa, adoptada por la premier Margaret Thatcher para evaluar de modo permanente la eficacia de cada unidad administrativa en relación con los medios de que disponía. Su activación, a partir de la victoria de 1979, logró recortar gastos y promover la reforma del sistema administrativo. Volviendo a Moncloa, comprobamos de nuevo con Heisenberg que no conocemos la realidad, sino tan sólo la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla. Si el informe de los expertos es la respuesta, podríamos interrogarnos con Jorge Wagensber sobre...¿Cuál era la pregunta?

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