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Juan Zamora Terrés

Opinión

Para entendernos

El cacareado debate sobre el Open Arms quedó en un mero ejercicio de retórica canalla, ridícula, sobre quien tiene más larga la humanidad, más fuerte la compasión y más flojo el lagrimal

Carmen Calvo
Carmen Calvo EFE

Ayer se entretuvieron sus señorías en lo que, al parecer, más les place: navajearse, tirarse los trastos y los tejos, alancearse, humillarse y avergonzarnos a los españoles (hay excepciones, por supuesto, pero mejor no mencionarlas para que no te tachen de facha, comeniños y devoranáufragos). Ayer el Congreso de los Diputados debatió, dicen las crónicas, "la crisis del OpenArms". En realidad, como pudieron descubrir quienes han leído la prensa, oído la radio o visto la televisión, lo del infame remolcador era sólo una excusa, un trampantojo.

Cabía suponer que los diputados - y las diputadas- subirían al estrado para tratar de dilucidar si los migrantes que en régimen de hacinamiento transportaba hace unos días el Open Arms eran náufragos, como proclama el empresario señor Oscar Camps, o pasajeros/emigrantes a procura de una vida mejor, como parece más que evidente a estas alturas. Y de esa primera verificación, debatir si el infame remolcador tiene las mínimas condiciones para dedicarse al transporte de pasajeros. Aclarado lo cual –el Open Arms es un viejísimo remolcador que no cumple ninguno de los requisitos imprescindibles para un buque de pasaje- discutir las medidas administrativas y tal vez judiciales a tomar contra su armador y el patrón que lo manda. Y de paso, denunciar a quienes han entregado dinero público, con expediente incógnito, a ese presunto delincuente y confeso charlatán, propietario del grupo Proactiva. Las políticas de transparencia de las que alardean el señor Sánchez, su socio preferente y quienes les ríen las gracias, exigen informar a los españoles de quién, cuánto y por qué han subvencionado ese negocio.

Pero no ha sido así. Han subido al estrado para llenarse la boca de esas obviedades que igual valen para un barrido que para un fregado, para un roto que para un descosido: que si la vida humana, que si la ley del mar (¿sabrán sus señorías a qué se refieren?), que si yo soy muy humanitario, que si Salvini lo será tu tía (o tu padre), lindezas así que, claro está, no aclaran nada, ni explican nada, ni de ellas se puede extraer otra cosa que no sea hastío y mucho aburrimiento. Para mayor escarnio, algunos se dedicaron a exhibir en público sus desacuerdos y sus rencores sobre el próximo debate de investidura.

Tiraron de pañuelo de mocos y se empantanaron en la condena al ministro del Gobierno italiano Matteo Salvini, el ogro

De modo que los españoles que queríamos escuchar a nuestros representantes políticos y salir de la confusión en que nos tiene sumidos una campaña de propaganda desmentida por las imágenes y por los hechos, hemos añadido una nueva frustración. El cacareado debate sobre el Open Arms quedó en un mero ejercicio de retórica canalla, ridícula, sobre quien tiene más larga la humanidad, más fuerte la compasión y más flojo el lagrimal. Y en ese terreno siempre ganan los populistas, los demagogos y la vicepresidente del señor Sánchez. Y perdemos los españoles.

Dado que la supuesta crisis del Open Arms cuestiona la política migratoria española y europea, cabía considerar también que, dada su ignorancia sobre los hechos de mar y barcos, sus señorías dedicarían sus intervenciones a discutir y arrojar luz sobre esa política. Pues tampoco. Tiraron de pañuelo de mocos –hay excepciones, ya lo he señalado- y se empantanaron en la condena al ministro del Gobierno italiano Matteo Salvini, el ogro, el pecador inmisericorde que no quiere migrantes ilegales en su país, en tanto que ellos son clementes y misericordiosos y están dispuestos, aunque no lo dijeran, a meter en su casa a los pobres del mundo que buscan una vida mejor. Pero no lo dijeron, repito, quizás por no quedar en evidencia o porque el postureo no les da para tanto. Y en esas lo dejaron, hasta el próximo pleno, dicen que para seguir hablando de política.

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