Pablo Iglesias es uno de los personajes más fascinantes que ha producido la política española en los últimos años. Todo en él era noticia porque todo en él era (y seguirá siendo) política. Hasta el punto que su coleta era un símbolo ideológico que Podemos utilizó en sus inicios como una suerte de metáfora de rebeldía indómita frente a "la casta". Ahora los telediarios cuentan que ese rasgo físico desaparece y, qué traicioneras son las asociaciones de ideas, se aviva la sensación de cambio de ciclo en la frenética cosa pública española.

Además de rezar nuestras oraciones por la coleta perecida, no está de más recordar que cuando en 2014 Iglesias empezó a aparecer en tertulias de Intereconomía, Cuatro y La Sexta, muchos lo apodaron como "el de la coleta". Con los años el mote se embruteció, ya que el entonces líder de Podemos pasó a ser "El Coletas" para muchísimos ciudadanos que lo denominaban así, acaso la mayoría despectivamente pero algunos sin intención alguna más allá de lo descriptivo. El pelo y el personaje parecían indisociables pero sólo era un espejismo.

Iglesias sin coleta es algo así como Aznar sin bigote, Boris Johnson teñido de moreno o José Bono con melena. Quiero decir que su identidad (política) ya no es la misma. O eso quiere que parezca

La cosa es que paradójicamente un antitaurino como Iglesias se ha cortado la coleta al retirarse como hacen los toreros. El nuevo look le favorece, si bien Iglesias sin coleta es algo así como Aznar sin bigote, Boris Johnson teñido de moreno o José Bono con melena. Quiero decir que su identidad (política) ya no es la misma. O eso quiere que parezca. Algunos correrán raudos a relacionar la coleta perdida con un supuesto aburguesamiento. Otros dirán que el exvicepresidente del Gobierno se ha hecho mayor. Quizás es que simplemente prefiere estar más cómodo porque no aguanta un moño al que se vio obligado por cuestiones del marketing dominante cuando ya no quería seguir con coleta.

No puede negarse que esta muerte real de la icónica coleta representa de alguna manera la muerte del propio personaje que tanto ha dado que hablar en estos siete años. Quizás el problema que subyace de fondo es que Podemos entremezcló demasiado la ética y la estética, lo personal y lo político, la crítica y el ejemplo. Algo que suele acabar mal porque quien obra así en política genera expectativas tan altas que están condenadas al fracaso. Pero esa es otra cuestión que dirimirá la historia.

No seamos ingenuos, en todo caso. Porque está claro que cortarse la coleta y hacerlo público tras la retirada no son gestos inocentes de Iglesias. Casi nada lo es en su caso. Tampoco el libro que aparece en la fotografía que muestra la metamorfosis. Esta nueva imagen es parte de su nueva identidad. De su nueva vida. O, mejor dicho, de su resurrección probable como profesor y como presentador de un programa crítico con el sistema del 78.

Más de un torero se murió casi de pena tras cortarse la coleta. En cambio, para Iglesias lo divertido empieza ahora. De la tragedia a la farsa. Y viceversa.