Vamos a ver, Pablo, ¿tú con quién has empatado? No se demoró demasiado Alberto Núñez Feijóo en recordarle a su presidente que debe "sus mejores noches electorales' a las victorias del PP en Madrid y Galicia. Una generosa apostilla, un afectuoso saludo que tuvo lugar tan sólo dos días después de la apabullante victoria de Isabel Díaz Ayuso en la que obtuvo más escaños que las tres izquierdas juntas.

Feijóo no da puntada sin hilo, aunque quizás se le está agotando el carrete. El eterno 'delfín' del Partido Popular, siempre dispuesto a señalarle el camino a su formación, a reconvenir a Génova por sus errores, e incluso a tirarle de las orejas a su presidente, ha recibido con discreto entusiasmo el arrollador triunfo del 4-M. De ahí que se afanara en ese flash back con sus irrebatibles mayorías absolutas (que no logró Ayuso) e incluso en ponerle tarea a Casado: "Ya está pensando en cómo tiene que avanzar para que lo ocurrido en Madrid suceda también en España cuando Sánchez convoque elecciones". El actual líder del PP, cierto, no ha vivido más que contratiempos en sus citas con las urnas. Galicia, Andalucía y Madrid le han compensado de tanto disgusto, de tantas caídas. Pero ni una solo victoria propia, ni un éxito personal, todo lo conseguido como presidente del PP es de prestado. Ya toca.

Quien más reclama sin embargo la paternidad del apoteósico fenómeno es el propio Casado, que se ha sacudido su tradicional compostura, su habitual modestia para colocarse en el centro del escenario

Madre sólo tiene una, por nombre Isabel, pero esta victoria del PP tiene muchos padres. Feijóo, por ejemplo, apóstol de la centralidad en las contiendas autonómicas. O Juanma Moreno, que se apeó en marcha del sorayismo tras alcanzar el bastón de mando en la comunidad inexpugnable. O Mañueco, que ahora aplaude la gestión sanitaria del equipo de Sol. Quien más reclama sin embargo la paternidad del apoteósico fenómeno es el propio Casado, que se ha sacudido su tradicional compostura, su habitual modestia para situarse en el centro del escenario a fin de recabar aplausos y ovaciones. Una reacción muy humana y entendible por parte de quien tanto ha sufrido, tanto lo han despreciado, tantos ataques ha recibido desde que aterrizó en el despacho mayor de Génova.

Alguien le ha empujado a representar este curioso papel de prima dona cargante. Alguien que, quizás, también lo animó al pronunciar esas desabridas palabras contra Santiago Abascal en aquella disparatada moción de censura de Vox contra un fantasmón. Alguien que, en los duros momentos de derrota y temblor, con un escorpión pegado al ombligo, le susurró la conseja de Las mil y una noches: "El destino te ha derribado y no te pondrá de pie la cautela, oh perro del desierto".

La libertad de Madrid

Casado se sacudió la cautela, esa virtud de perdedores, y se ha investido con el ropaje de gran campeón del 4-M. Ha incurrido para ello en todo tipo de declaraciones triunfantes, de autoelogios desmedidos y de aplausos petulantes ante el espejo. Un narcisismo impropio y excesivo. El momento más notorio se registró en la reciente entrevista en El Mundo al asegurar que "la libertad que se votó en Madrid es la de mi discurso de siempre" basada en la defensa de las libertad individual, de mercado, privada, de derecho, unidad de la nación e igualdad de oportunidades. Cabría preguntarse, entonces, por qué el PSOE le sacó en Madrid 300.000 votos en las generales del 28-A y 60.000 en las del 10-N. ¿No eran las mismas libertades? Claro, no eran autonómicas, se argüirá. "En política, como en el teatro, siempre es preferible lo que es creíble a lo que es verdad sin ser convincente", diría Aristóteles.

Ahora ya lo cree posible. Pedro Sánchez ha naufragado en los dos frentes de mayor urgencia nacional, el sanitario y el económico. Madrid le ha dado un sopapo en cada mejilla y le han enviado al pozo de los vencidos

Casado ha puesto ya la proa hacia la Moncloa. Los vientos demoscópicos le son favorables, tiene ahora, por fin, la nave en orden, la tripulación en calma y un proyecto que se adivina sólido. Ni siquiera le inquietan ya las voces que llegan desde Finisterre, que antaño le daban pavor y le forzaban a forzadas contorsiones y ejercicios de contrición algo ridículos. Madrid es la antesala de la Moncloa, repite con obsesiva insistencia y aun con convicción. Ahora ya lo cree posible. Pedro Sánchez ha naufragado en los dos frentes de mayor urgencia nacional, el sanitario y el económico. Madrid le ha dado un sopapo en cada mejilla y le han enviado al pozo de los vencidos.

La alarma y la derecha unida

En Moncloa, sin embargo, se burlan de Ayuso, lo que no es novedad, de su victoria ("ha ganado unas autonómicas, no nos pasemos", recitan las cacatúas oficiales) y tamizan sus inquietudes en el comodín del favorable calendario. "Faltan treinta y dos meses" hasta la próximas generales, clama Sánchez con tono desesperado. Es mucho tiempo. ¿Demasiado para Casado?. ¿Demasiado hasta para Ayuso?. "Aunque Sánchez sea el peor gobernante del mundo, que quizás lo sea, los fondos europeos y las vacunas harán el milagro", comentaba días atrás un socialista del antiguo régimen, escéptico ante los augures del vuelco en el tablero. .

Cuesta abajo en la rodada. Vendrá primero Andalucía y, luego, la gran derrota. Esos 'berberechos' de Carmen Calvo o el 'libertinaje' de una Mercedes González, delegada de Marlaska en Madrid, son el único argumento de un Ejecutivo maltrecho e inerme, el síntoma de la acelerada decadencia del sanchismo, potenciado hasta el disparate estos días en el caótico proceso de la retirada de la alarma.

El inclemente impuestazo que ya se anuncia y el saqueo a los bolsillos de funcionarios, pensionistas, familias y desempleados, forzados desde Bruselas, harán el resto. Eso al menos piensan en Génova, donde, tras la absorción de Cs y la entente con Vox, palpita un ambiente de optimismo. El centroderecha unido o, al menos, sin zancadillas ni trompadas puede obrar la proeza. El plan de los 176 escaños que reclama Esperanza Aguirre, única vía para vencer a Frankenstein. "El tiempo de Sánchez c'est fini. No va más". Casado ya calienta en la banda y hasta apresta el colchón, ese salvoconducto imprescindible para traspasar las puertas de la Moncloa.