El pasado está lleno de acontecimientos que ahora recordamos como si los hubiese cometido gente desquiciada. Mañana, 1 de septiembre, se cumplen 80 años del comienzo de la segunda guerra mundial, por ejemplo, que sembró el planeta con 70 millones de cadáveres. Hiroshima, el bombardeo de Coventry y luego del de Dresde, los muertos amontonados en Auschwitz, los soldados alineados en Nuremberg delante de Hitler, las bombas japonesas sobre los barcos de Pearl Harbor. Pensamos en todo aquello como si hubiesen sido barbaridades cometidas por locos, cosas que es imposible que se repitan porque el mundo ahora es mejor y la gente mucho más civilizada.

Nada que ver con el tamaño de las atrocidades antedichas, pero se acaba de producir uno de esos hechos que, dentro de cincuenta años, se recordarán como uno de esos disparates que la gente de entonces creerá que ha aprendido a no repetir, como ahora creemos que hemos aprendido a no repetir otras. El primer ministro de la democracia parlamentaria más antigua del mundo, Boris Badhair Johnson, ha forzado el sistema constitucional británico hasta límites inauditos y ha puesto a la reina Isabel II, de 93 años, ante un dilema perverso: o violaba la ley desautorizando una decisión de su jefe de Gobierno, o sancionaba una arbitrariedad manifiesta como es suspender deliberadamente, durante cinco semanas, el funcionamiento del Parlamento. Esto es lo que quería Badhair Johnson. Y lo ha logrado.

Toda ley es un queso y Johnson es el ratón parlero que ha encontrado el agujero perfecto para colarse por él. Es cierto que la actividad del Parlamento se suspende, por lo general, una vez al año y durante una semana o diez días, hasta cuadrar las agendas de la Cámara y de la Reina. Pero eso es un puro formalismo. Nadie recuerda que se haya suspendido por cinco semanas, y justo cuando los laboristas (y numerosos conservadores) trataban de impedir, precisamente en el Parlamento, que Johnson cumpliese su desatinada amenaza de abandonar la Unión Europea de un portazo, sin llegar a acuerdos.

Es posible que a este malospelos de Johnson le paren los pies en los Tribunales británicos. Pero el daño está ya hecho: se ha menoscabado una de las democracias más antiguas, fiables y seguras del mundo

Johnson sabe bien que no tiene la mayoría en el Parlamento. Entre poner en marcha los mecanismos de la democracia (muy bien engrasados en el Reino Unido) e impedir que funcionen, Badhair Johnson ha preferido cargárselos. Es un acto mussoliniano que hemos visto algunas veces, pero en el Perú de Fujimori o en la desdichada Venezuela de Chávez y Maduro. El Parlamento británico no veía una situación semejante desde 1948, y aquello fue una niñería comparada con esta barbaridad de ahora. El presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, ha calificado la maniobra de “escándalo constitucional”. Diputados como Ian Blackford han llamado dictador al primer ministro, epíteto que en Gran Bretaña es mucho más grave que aquí. El exministro conservador Philip Hammond ha dicho que lo que ha hecho su compañero de partido es “profundamente antidemocrático”. El exprimer ministro John Major, más o menos lo mismo.

Otro asunto no menor: se han levantado voces, muchas voces, contra Isabel II, a quien se atribuye la responsabilidad de esta barbaridad porque, a fin de cuentas, el decreto lo firmó ella. Ya hay quien asegura que se ha desatado la peor crisis que vive la institución monárquica desde hace ahora mismo 22 años, cuando se mató en un coche Diana de Gales y la Reina, con la inestimable ayuda del merluzo de su marido, cometió todos los errores posibles en menos de una semana. Pero esta vez no llegará tan lejos la cosa, ya lo verán. Johnson es el decimoquinto primer ministro de Isabel II. La Reina, siempre cuidadosamente neutral, se ha llevado más o menos bien con todos ellos. Con algunos, la relación ha sido más difícil (Tony Blair) y con otros más fácil (Eden, Wilson, Thatcher), pero este despelurciado Johnson es al primero al que no aguanta, según dicen allí. Le ha hecho firmar un disparate antidemocrático. Y ella no podía negarse salvo correr el riesgo de multiplicar por diez la crisis constitucional. No tiene la culpa de nada. Y los británicos lo saben.

Dice la lingüista Martha Hildebrandt que la frase “es más peligroso que un mono con una metralleta” es vieja, y suele usarse cuando se concede demasiado poder a alguien que ni remotamente está preparado para usarlo. Augusto Álvarez Rodrich usó esa frase hace trece años para titular un artículo sobre Hugo Chávez. Yo la uso ahora porque lo del mono con la metralleta se entendió siempre como una excepción, al menos con jefes de Gobierno, pero el número de excepciones va ya tan crecido que quizá se esté convirtiendo en norma.

La reflexión es amarga pero sencilla: la democracia y la libertad son débiles. No forman parte de los mecanismos de la naturaleza

Trump, el peor presidente que ha tenido Estados Unidos desde… bueno, desde la última glaciación, es el más peligroso, como nadie puede ya ignorar, pero no es el único. El brasileño Bolsonaro acusa a las ONG defensoras del medio ambiente de quemar la Amazonia, sobre cuyas cenizas ya se preparan para lanzarse los constructores, los rancheros y los mineros que pagaron la campaña del propio Bolsonaro. Orbán en Hungría, los ultras meapilas Duda y Kaczynski en Polonia, Putin en Rusia… Las cosas van algo mejor en Austria, en Francia y en Escandinavia, pero este golpe contra la democracia parlamentaria de Johnson hace ver que el número de monos con metralleta sigue creciendo y su peligro también.

La reflexión es amarga pero sencilla: la democracia y la libertad son débiles. No forman parte de los mecanismos de la naturaleza. Son artefactos inventados por los seres humanos para convivir mejor, y como tales son frágiles. Sin embargo la prepotencia, la agresividad, la violencia, el matonismo y el afán de esclavizar a los más débiles (o a todos los que se pueda) sí son consustanciales al género humano desde los australopitecos. El trabajo de cada cual es defenderse (y defendernos a todos) de los australopitecos, porque unos cuantos, más de los que imaginamos, siguen aquí.

Defender la libertad y defender la democracia siempre porque, como decía Simone de Beauvoir sobre los derechos de las mujeres, nada puede darse por definitivamente conquistado, por seguro, por firme o perdurable. En cuanto nos descuidemos aparecerán los agresores, los amenazadores, los violentos, y harán cuanto puedan para devolvernos a las cavernas en las que solo ellos se sienten seguros.

Es posible que a este malospelos de Johnson le paren los pies en los Tribunales británicos. Pero el daño está ya hecho: se ha menoscabado una de las democracias más antiguas, fiables y seguras del mundo. Tengamos todos cuidado. Volverá a pasar, sin duda. Los monos han aprendido ya a cambiar el cargador de las metralletas.