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Jose Alejandro Vara

Opinión

A la derecha pánfila se le atraganta el cachalote

España suma y la división resta. Casado se empeña en sacar adelante su estrategia. Con poco éxito. Rivera se muestra irascible y Abascal se encomienda a 'Plus Ultra'

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera en el escenario de la plaza de Colón
Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera en el escenario de la plaza de Colón

Casado y Rivera tienen que hacer un Gam. Aunque sea en atención al centenario de Herman Melville, el de 'Moby Dick'. ¿Y qué es un Gam?. Se trata de una sencilla ceremonia social que practican los balleneros cuando se cruzan en zonas de caza, entre inhóspitas soledades, en los confines de los océanos. Tras intercambiar saludos, los tripulantes de ambas embarcaciones se saludan y se visitan: los capitanes se quedan a bordo de un barco y los dos primeros oficiales hacen lo propio en el otro. Un gesto de sobria cortesía en un mundo salvaje.

No parece tan difícil. Si lo hacen los cazadores del colosal leviatán blanco, bien podrían hacerlo quienes pretenden acabar con el cachalote del PSOE. El problema, al margen de la indecente soberbia,  es que uno y otro, Casado y Rivera, pugnan por asumir el papel del capitán Ahab en esta película. Nada de gestos afables ni amistosos saludos. El dirigente de Ciudadanos, que parece haber sufrido una extraña mutación interior tras su ingreso hospitalario, se muestra áspero y faltón, arroja 'basura' a las puertas del PP y se empeña en  ser el líder de una derecha a la que detesta.

Revuelta de barones

Casado no baja al lodo. Desde que se dejó la barba está más solícito y complaciente. Sólo habla de que España suma y la división resta. Ofrece apaciblemente la otra mejilla a sus barones, que se ensañan. Y hasta los visita y abraza, como a Feijóo, un ejercicio que debería dejar de practicar. Nada pudo hacerle más daño que aquella excursión a Galicia el sábado después del batacazo de las generales. Fue la antesala de la revuelta de barones en el almuerzo de Génova.

Como acendrado optimista patológico, el presidente de los 'populares' no cede en su prédica. Si el centroderecha, quebrado, fragmentado, herido de 'trifachito' y con la izquierda movilizada, logró cosechar 11,3 millones de papeletas en la noche del 28-A, ¿qué no se conseguiría ahora con algún tipo de acuerdo preelectoral? Hablan en Génova de que, si se pactan listas o ententes en las provincias más pequeñas, los votos 'estériles' podrían convertirse en votos contra Sánchez. Al menos, veinte. Los resultados del 28A pasados por la túrmix de España Suma le darían 174 diputados y 113 senadores al centroderecha, según análisis que manejan asesores del PP.

Va ser que no. Ni Ciudadanos ni Vox se muestran sensibles a las cábalas que proclama Casado para asaltar la Moncloa. En el partido de Abascal se escucharon algunas voces receptivas, inmediatamente acalladas. En la formación naranja se palpa una amorfa voluntad de alcanzar algún acuerdo en el Senado. Con apenas cuatro senadores, Cs defiende la demolición de la Cámara Alta.

Cs ha perdido parte de su esencia en Cataluña e ignora qué papel le corresponde jugar a nivel nacional

Todo muy vago. Ni hay conversaciones ni se ponen papeles sobre la mesa. De ahí, la necesidad del Gam, lo imperioso de una cita entre los tres capitanes de las embarcaciones del centroderecha. Casado, Rivera y Abascal, como los arrojados balleneros, deberían reunirse en el galeón de uno de ellos, en tanto que sus oficiales hacen lo propio en los buques respectivos. Los tres capitanes conversará sobre Popper y Hayek o sobre Nadal, qué importa, mientras sus segundos, armados de mapas y calculadoras, diseñan estrategias y hacen cálculos para exprimirle las entrañas al señor D'Hont.

Dos y dos no suman cuatro

Suena tan razonable que es imposible. Al menos, mientras Rivera y Abascal no tengan claro cuales son sus papeles. Como ya lo han hecho en Andalucía o en Madrid. Ciudadanos nació en Cataluña para combatir a la negra fiera del nacionalismo. Lo hizo con empeño y decisión. Logró lo imposible, ser el partido más votado en una elecciones catalanas. Fue hermoso mientras duró. Tras el traslado de Inés Arrimadas a Madrid, el partido naranja va a sufrir una cruel decoloración en su zona de origen.

Cs ha perdido parte de su esencia en Cataluña e ignora cuál es la que le corresponde a nivel nacional. Que es la de partido bisagra, el complemento perfecto de una formación constitucionalista y mayoritaria. Pero no. Rivera está empeñado en el sorpasso, en subirse al puente de mando y convertirse en el capitán Ahab de la historia. Vano intento. Por dos veces se lo han dicho los votantes este mismo año. Abascal, que tiene porte de arponero, se esfuerza por librarse del inevitable repliegue de Vox en las urnas. Monta otro acto de masas en Vistalegre bajo el lema 'Plus ultra'.

Quizás España no sume. Quizás Casado flipe en colores con el cuento de la lechera. Quizás sea cierto que en política dos y dos nunca suman cuatro. Pero también hay una verdad incontestable que, como tantas sentencias irrefutables, se atribuye a Julio César: Divide y vencerás. A la derecha le faltarán siempre los arpones necesarios para acabar con Moby Dick. Más que jugar a ser el capitán Ahab parece que pretenden hacer de Jonás.  

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