Si las urnas confirman lo que anticipan las encuestas y Ayuso arrasa en las elecciones, el mayor perdedor del 4-M no será Gabilondo, tampoco Iglesias. Ni tan siquiera Pedro Sánchez. Será Iván Redondo quien sufra en sus carnes los sinsabores de la derrota.

El gurú del sanchismo, el hacedor de relatos sobre Su Persona, sabe que el peso de su poder en Moncloa pasa por lo que suceda en Madrid. Él, que se creyó maestro en la manipulación de las emociones populares, jamás pensó que podría sucumbir ante aquélla que, en un principio, consideró su rival más débil: Isabel Díaz Ayuso.

Su trayectoria profesional es la que lo ha llevado a cometer el mayor de los errores: creer que gestionar es algo aburrido e incapaz de levantar pasiones, que los principios en política no existen y que no hay mejor recurso para movilizar al electorado que la ideologización de la realidad y la llamada a las tripas.

Ayuso demostró a Madrid, a España y al mundo que existía una alternativa sanitaria a la estrategia medievalista impuesta por el consenso político y mediático. Que es posible conjugar salud, libertad y economía

Pero frente al político que adopta decisiones que sólo redundan en su propio interés o en el de su partido, Isabel ha demostrado que la política puede y debe ser otra cosa. En lo peor de la pandemia, con todas las huestes gubernamentales -y no pocas de su propio partido- afanadas en caricaturizarla, ella actuó contra corriente, asumiendo un enorme coste político y personal, adoptando medidas cuyos únicos beneficiarios eran, por una vez, los ciudadanos.

Tras tres meses de encierro domiciliario decretado por el Gobierno central, ésa a la que tildaban de loca demostró a Madrid, a España y al mundo que existía una alternativa sanitaria a la estrategia medievalista impuesta por el consenso político y mediático. Que es posible conjugar salud, libertad y economía porque al virus no se le derrota a base de servidumbre y miseria.

Una gestión valiente e innovadora que ha emocionado más a la gran mayoría de los madrileños que la opereta -guionizada por Iván- de los sobres fascistas con balas y cuchillos. El gurú ha manejado el vodevil torpemente, puesto que todo el mundo ha visto que su final abrupto llegó no cuando cesaron las supuestas amenazas, sino en el preciso instante en el que Ayuso se convirtió en una de las destinatarias. La gente cada vez cree menos en las casualidades, Iván. Aunque hay que reconocer que tampoco ha jugado en su favor que se haya filtrado antes de la votación el secreto mejor guardado por Interior: que quienes lideraron las agresiones contra los asistentes al mitin de Vox en Vallecas eran miembros de la escolta informal del hasta hace poco vicepresidente, y ahora candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias. A los lobos se les han caído las caretas de corderos sin que Iván haya podido hacer nada para evitarlo.

El franquismo y las lentejas

Ayuso tiene en su haber el anticiparse a muchas de las medidas que finalmente ha tenido que asumir el Ejecutivo tras intentar previamente ridiculizarlas. También el que Madrid lidere el crecimiento y la creación de empleo como consecuencia de haberse negado a implementar cierres y restricciones cuyo sustento científico cada vez es más cuestionado. Mientras la estrategia de la mayoría de los líderes autonómicos -heredera de la del sanchismo- ha consistido en imponer, cerrar y prohibir, la de la Comunidad de Madrid se ha centrado en adoptar medidas ponderadas en atención a la evolución sanitaria. I

Iván, henchido de poder, creyó que podía lograr que la opinión publica asociase estos logros con el fascismo. Pero parece que la ciencia de la politología no ha conseguido convencer a los ciudadanos de que el no impedirles llevarse un plato de lentejas a la mesa o percibir ingresos con los que poder pagar la hipoteca sea algo digno de ser considerado nazi, franquista o fascista. El seguir siendo autosuficientes podría haber resultado un reclamo más seductor para los madrileños que el señuelo del Estado protector, inclusivo, verde y con perspectiva de género que les ofrecía Iván. El 4-M puede ser la tumba de la política del eslogan y la propaganda, el final de la carrera de alguien que un día creyó ser el rey de los gurús. ¿Será Iván la cabeza de turco? Veremos.