Cultura

Análisis

Bruce Springsteen, Diego Fusaro y la intolerancia cultural de Barcelona

¿El rechazo a España es una realidad o una burbuja cultural independentista?

Barack Obama viajará a Barcelona el viernes para asistir al concierto de Bruce Springsteen
Bruce Springsteen junto a Barack y Michelle Obama EFE

El fin de semana largo ha dejado tres noticias preocupantes sobre el clima cultural en la capital de Cataluña. La de mayor alcance tiene que ver con los triunfales shows de Bruce Springsteen, todo un acontecimiento para los amantes del rock, que asistieron desde todos los puntos de nuestro país. La polémica radica en que, al realizar los saludos, el rockero de Nueva Jersey se dirigió a Cataluña y a Barcelona, pero no mencionó a España (además de pronunciar una frases en catalán, chuleta mediante). Muchos independentistas lo tomaron como un triunfo publicitario, mientras que un par de medios masivos -TVE y La Vanguardia- informaron equivocadamente de que había dicho “Hola España” (esta última cabecera publicó una fe de erratas). Que estemos debatiendo sobre este detalle idiomático -que sería anecdótico en cualquier otro país- ya es un triunfo independentista, pero merece la pena analizar los mecanismos censores que intervienen en situaciones como esta. 

¿Cómo sabemos que lo de Springsteen no fue un simple lapsus? Porque conocemos el circuito musical catalán, donde este mismo fin de semana se ha desatado un debate relacionado: la emblemática sala de conciertos Razzmatazz había pegado a un bafle un cartel en inglés para que dos grupos extranjeros que actuaban esa noche -O.R.K. y Lizzard- tuvieran en cuenta: “Debido a la situación política actual, por favor eviten el término ‘España’  en el escenario y opten por ‘Barcelona’ y ‘Cataluña’”, rezaba el mensaje. ¿Alguien hizo a Springsteen una indicación similar? ¿Por qué ha de pesar más la sensibilidad de unos miles de 'indepes' que la de los unionistas que acuden al estadio? ¿Por qué importa lo que diga desde el escenario una estrella gringa?

Más importante que todo esto es el creciente clima de intolerancia que se ha convertido en marca de la casa de Barcelona. Lo hemos confirmado, por enésima vez, por las informaciones que llegaban ayer desde Literal, la feria del libro político de Barcelona, parcialmente financiada con fondos del ayuntamiento que dirige Ada Colau. Por marciano que parezca, los organizadores tomaron la decisión de excluir a la editorial marxista clásica El Viejo Topo, casa de autores tan poco sospechosos de derechismo como Bakunin, Boaventura de Sousa Santos, Iñigo Errejón, Federico Engels, Antonio Gramsci, Francisco Fernández Buey y Lula Da Silva, entre otros. 

Intolerancia orgullosa

¿Motivo de la expulsión? “Los organizadores arguyen que no comparten determinadas líneas ideológicas contempladas en el catálogo editorial. Así de claro. Censura, como en los viejos tiempos del franquismo. Los organizadores se declaran firmes antifascistas, y les parece que El Viejo Topo no cumple con los requisitos necesarios para ser declarado antifascista”, explica la nota de la revista. Frase clave: “Los organizadores no comparten determinadas líneas ideológicas contempladas en el catálogo editorial”. ¿Qué feria del libro político sería esa en que los promotores compartieran todos y cada uno de los enfoques de los textos presentados? Seguramente la convención anual de una secta. 

Comparar el esplendor cultural de la Barcelona de los años setenta y ochenta con su actual decadencia entristece a cualquiera

Más madera: “Ahora toca el redoble de tambor, el rostro al viento, la denuncia de cualquier cosa que no se alinee con su forma de ver el mundo. Toca cerrar filas ante la amenaza del fascismo, que al parecer de forma inminente va a ocupar las instituciones. Eso excluye el debate, el intercambio de ideas", lamenta la publicación dirigida por Miguel Riera. El único autor invocado para justificar la prohibición, durante una conversación telefónica, fue el marxista y soberanista italiano Diego Fusaro, que ha compartido espacios de debate con izquierdistas de habla hispana tan relevantes como Álvaro García Linera, Manolo Monereo y Carlos Fernández Liria. Por cierto, que ya es tradición que firmas progresistas como Enric Juliana, Pedro Vallín y Steven Forti orquesten campañas contra las presentaciones del italiano en la ciudad.

No estamos ante un hecho aislado: hace dos temporadas, Ediciones El Salmón también fue censurada en Literal por el libro Covid-19: la respuesta autoritaria y la estrategia del miedo. El debate organizado en torno al libro fue suspendido, a pesar de que los organizadores reconocieron no haber leído el libro y guiarse por fragmentos que les habían remitido. Se negaron a discutir la decisión con el autor, a quien prohibieron su debate cuando ya se había desplazado a Barcelona. Cada uno puede sacar sus propias conclusiones, pero comparar el esplendor cultural de la Barcelona de los años setenta y ochenta con su actual decadencia entristece a cualquiera. 

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