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Daniel Palencia

Opinión

La intolerancia de las causas justas

Estamos empachados de evangelistas de la igualdad, prescriptores de receta única, monaguillos de la corrección lingüística y ‘khaleesis’ de la contaminación

Ciudadanos denuncia ataques y amenazas en la manifestación del Orgullo en Sevilla
Ciudadanos denuncia ataques y amenazas en la manifestación del Orgullo en Sevilla

Lo mejor de la democracia es que uno puede estar equivocado. Lo bueno y lo que lo diferencia de otros sistemas es que la razón no es una cuestión moral, sino de votos.

Estábamos ya acostumbrados a los brotes ultras de este tipo de individuo acomplejado que a nadie convence. Esa deposición del barrio de Salamanca que escupe a vagabundos, se ríe de los manteros o hace heterosexuales a hostias. Pero últimamente estamos siendo testigos de la resurrección de otro tipo de intolerancia: la de las causas justas. Estamos empachados de evangelistas de la igualdad, prescriptores de receta única, monaguillos de la corrección lingüística y khaleesis de la contaminación.

¡Qué tentador debe ser tener siempre la razón! ¡Y qué cansado! ¿No pueden simplemente tenerla? ¿No pueden dejarnos a los demás en nuestro feliz error? Qué grande debe ser encontrarse a uno mismo en el lado bueno de la vida y la historia. Qué reconfortante descubrir que los demás están siempre equivocados. Te sacarán el veneno a golpe de batucada o mejor, de escrache. Todo para librar al mundo, a la ciudad, al barrio, del próximo enemigo, sea éste cual sea, aunque haya que inventárselo. Desconocen que lo mejor para todos es librarnos de toda verdad única y de todo dogma de contrachapado.

Antes era peligroso tener razón cuando el gobierno estaba equivocado, dijo Voltaire. Ahora es peligroso estar equivocado cuando ‘La Gente’ tiene la razón

Hace cuarenta años, estos nuevos misioneros habrían sido la monja que cambia capón por pensamiento impuro. Hace ochenta, el que te daba el paseo. Todavía no han descubierto que ser parte de una minoría no te da la razón, ni te da el patrimonio de la ofensa o la solución. Mucho menos de la violencia, como vimos en el ataque al autobús de un partido político en el Orgullo. No hay nada más triste que autoafirmarte en tu propia caricatura.

“Acción-reacción”, dirán. “No se debe transigir al intolerante”, o eso regurgitan como meme de enseñanza obligatoria. Algo que es muy discutible pero que en cualquier caso es tramposo, pues ellos deciden quién es el intolerante.

La explicación es más sencilla. Se trata de pura y dura intransigencia. O como poco una demencial forma de arrebujarse en el rebaño. Eso que para algunos es incomprensible se llama pluralidad política. “Piensa diferente” que decía Steve Jobs. Principio elemental que muchos todavía no han somatizado. Políticos que confunden la necesaria protesta y el control de los cargos públicos con establecer puestos de guerrilla social callejera cuando las urnas (o las sentencias) te dan la espalda. Algo muy español, por otro lado. Muy de izquierdas y de derechas. Desde el acoso de diputados en sus domicilios -jarabe demojrático delodabajo- hasta las manifas de obispo y mantilla. Ese tipo de español aniñado que no desea vencer a su adversario, desea aniquilarlo y con él, a sus ideas. La demonización del otro. El revanchismo como sistema. Es lo que somos, está en nuestro ADN.

Antes era peligroso tener razón cuando el gobierno estaba equivocado. Al menos eso dijo Voltaire. Ahora es peligroso estar equivocado cuando, no el gobierno sino La Gente, tiene la razón.

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