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Rubén Arranz

RTVE

La insoportable hipocresía con RTVE

Logo de TVE en llamas
Logo de TVE en llamas Javier Martínez

Nadie sabe qué ha ocurrido y nadie sabe dónde están, pero hace unas semanas desaparecieron de Prado del Rey el disfraz de Espinete, los vestidos con los que Letizia Ortiz presentaba el telediario y los modelitos que llevaban las azafatas del 'Un, dos, tres'. Los estudios estaban en obras y se intuye que algún camión cargó aquellos trajes y los llevó a alguna parte que se desconoce. El material extraviado está valorado en 4 millones de euros y está claro que algo falló para que se perdiera su rastro, pero nadie ha asumido la culpa de lo ocurrido. Decía recientemente un directivo de Radiotelevisión Española, en una conversación privada, que esa actitud es normal en la casa. Todos lamentan la decadencia de este medio de comunicación, pero nadie se considera parte del problema.

En RTVE se rumia un cambio desde hace más de un año, pero todavía no se ha materializado. La razón es la misma que mantiene el Parlamento al ralentí y el país paralizado: por un lado, la incapacidad de los partidos para alcanzar consensos básicos para enderezar el rumbo del barco; y, por otro, la flema de unos líderes políticos que parecen haber confiado a la ciencia infusa la resolución de los problemas que afectan a España. Hace unas semanas, uno de los diputados -de la oposición- que está encargado del control parlamentario de TVE confesaba que el problema catalán ha enlentecido el proceso de reforma de este medio de comunicación. La respuesta resulta desconcertante, dado que invita a pensar que sus señorías se han dedicado en cuerpo y alma a la resolución de este conflicto territorial -sin ningún éxito- y, por tanto, han tenido que descuidar el resto de los asuntos que tienen encomendados.

La realidad es muy diferente: el país está varado como consecuencia de su ineficacia en la negociación y de su tacticismo político, que en algunos asuntos roza lo inmoral.

Antes de las últimas elecciones generales, Mariano Rajoy se comprometió a transformar RTVE en la BBC española. Es decir, en una televisión independiente y con una programación de calidad que, en el futuro, sirva de buen alimento a la opinión pública. Dos años después, sus delfines políticos siguen dominando el Consejo de Administración de la corporación y la parrilla de La 1 sugiere de todo menos modernidad. Por las mañanas, corazón y programas sobre cocina y enfermedades. Por las tardes, culebrones y más médicos. Y, por la noche, entre algún espacio de relumbrón, la guinda del pastel de la TVE del Pleistoceno: el programa de Javier Cárdenas.

El fracaso de la política

La oposición parlamentaria llegó a finales de marzo a un acuerdo para convocar un concurso público que sirviera para renovar a los consejeros de RTVE y a su presidente, José Antonio Sánchez, cuyo concepto de neutralidad quedó claro cuando aseguró, en una comparecencia en el Congreso, que es votante del PP. Se han visto cosas peores en este país del realismo mágico castizo, pero no deja de llamar la atención que el representante institucional de la televisión pública exhiba sus filias y fobias políticas ante los diputados.

El caso es que, hace unas semanas, los populares bloquearon la citada iniciativa de PSOE, Podemos y Ciudadanos por su desacuerdo con la forma de tramitarla. Como era de esperar, se lió la mundial. Entre otras cosas, porque no tiene mucha lógica que un partido paralice una reforma por un mero tecnicismo. Máxime si se ha negado a aportar nada durante la negociación. Por eso, todos sospecharon que la intención de los populares es mantener a sus delfines en el alto mando de RTVE el mayor tiempo posible. Si la situación lo aconseja, hasta las próximas elecciones municipales, en las que le harán falta aliados mediáticos.

La decisión le ha valido severas críticas desde prácticamente todos los frentes, como el del PSOE, un partido que años atrás manipuló los telediarios de la televisión pública a su antojo, pero que ahora supuestamente apuesta porque vuele libre. Los reproches también han llegado desde Ciudadanos y desde Podemos, que apuestan por la celebración de un concurso público para elegir al nuevo presidente, pero que han estado supeditados a los bandazos del PSOE durante este proceso. Y por qué no decirlo, también a su inexperiencia parlamentaria. 

Resulta harto difícil pensar que este proceso culminará con una televisión pública despolitizada. En el país de TV3 y Canal Sur, ningún partido ha estado dispuesto a renunciar a controlar los medios públicos, sufragados por todos los contribuyentes, pero siempre al servicio de unos pocos. Un viejo vicio que es atroz, pero que se ha asumido como una especie de rasgo cultural. Ocurre en todo tipo de organismos dentro de la Administración, que están colonizados por formaciones políticas que han sido incapaces de entender que dentro del Estado existen líneas rojas que no deberían cruzar.

Resulta harto difícil pensar que este proceso culminará con una televisión pública despolitizada. En el país de TV3 y Canal Sur, ningún partido ha estado dispuesto a renunciar a controlar los medios públicos, sufragados por todos los contribuyentes, pero siempre al servicio de unos pocos.

Los viernes negros

Esta semana, se realizará en RTVE una nueva edición de los 'viernes negros', una protesta en la que los trabajadores se visten de riguroso luto para protestar por la manipulación informativa y pedir al PP que desbloquee el concurso público para elegir al alto mando de la corporación. No dudo que una parte de los participantes considera que hay algo en este medio de comunicación que tiene que cambiar para evitar que continúe su decadencia, pero chirría ver las imágenes de apoyo a la movilización de determinados líderes sindicales, bien conocidos en Torrespaña y Prado del Rey, y no precisamente por su contribución a la televisión. Son los mismos que firmaban pactos con la dirección de RTVE para introducir a 'los suyos' en las coberturas de eventos -con jugosas dietas- y los mismos que presionaban a directivos para que ascendieran a sus acólitos. O los mismos que organizaron movilizaciones para realizar más contrataciones en una empresa que emplea a 6.300 trabajadores, más del doble que la suma de Atresmedia y Mediaset. Su actitud, por tanto, también es hipócrita.

A estas movilizaciones, por cierto, no se ha sumado el sindicato más próximo a la actual dirección de la casa, que criticó en un reciente comunicado la actitud de quienes persiguen el cambio en RTVE con la lógica de “te quito a ti para ponerme yo”. Conviene recordar que su anterior líder es actualmente el director de La 2. Esto es RTVE.

La oposición parlamentaria llegó a finales de marzo a un acuerdo para convocar un concurso público que sirviera para renovar a los consejeros de RTVE y a su presidente, José Antonio Sánchez.

Escribía un artículo hace unos días Jenaro Castro, director de Informe Semanal, en el que defendía el periodismo que se hace en RTVE frente a las críticas de quienes quieren imponer su doctrina ideológica en la corporación, que, a mi juicio, no son pocos. Dicho esto, Castro olvida unas cuantas decisiones tomadas por los directivos de los telediarios -de los que forma parte- que no fueron precisamente incómodas para el partido del Gobierno, como la que provocó que La 1 fuera la única cadena generalista que no emitió en directo la declaración como testigo de Mariano Rajoy en el juicio de Gürtel (se 'escondió' en el Canal 24 Horas). O la que ha llevado en algunas ocasiones a retrasar hasta el minuto 15 de la escaleta asuntos relacionados con la corrupción del PP que estaban de actualidad. No puede decirse que la situación sea diferente a la que se producía con aquellas entrevistas-masaje a Felipe González o el veto ideológico impuesto por el PSOE a Javier Krahe. Pero, desde luego, no por eso resulta menos grave. De hecho, el Parlamento Europeo ha expresado recientemente su preocupación por el control gubernamental de RTVE.

La hipocresía del duopolio

Castro, no obstante, tiene razón en dos cosas. Por un lado, en que “los problemas de RTVE son estructurales y van más allá de la línea informativa”. Ciertamente, resulta imposible competir en el mercado de los Atresmedia, Mediaset, Netflix y Amazon con unas directrices (Mandato Marco) elaboradas hace más de una década, cuando los actores del sector audiovisual hablaban otro idioma totalmente diferente al actual. También es ilógico gastar el 40% del presupuesto en pagar a una plantilla que es excesiva. ¿De veras piensa Rajoy -quien eludió un ERE en RTVE por cobardía política- que en estas circunstancias esta televisión puede aspirar a ser la BBC española?

En algunos programas de La Sexta se ha hablado durante los últimos días de la manipulación de RTVE y de la degeneración de la televisión pública. Ejemplar ejercicio de hipocresía el que se realiza desde este altavoz mediático, que pertenece a un grupo -Atresmedia- que, junto a Mediaset, se benefició de claramente de la decisión de eliminar la publicidad de la radio-televisión pública; y que no ha dudado en aprovechar las muestras de debilidad de la corporación para arrebatarle algunos de sus programas de mayor éxito.

Porque una de las claves que explican la gran crisis de RTVE es que la manipulación a la que ha estado expuesta se ha producido dentro de la casa, pero también fuera. Y en esta última parte tienen la culpa los partidos políticos, pero también su competencia. Gran hipocresía la suya. No hay duda de que una televisión pública de calidad daría a los ciudadanos buen refugio en los tiempos revueltos, en los que la intoxicación y los bulos siempre tratan de imponerse y generan peligrosos estados de ansiedad. Pero relanzar RTVE y convertirla en el mejor espejo de la sociedad supondría un esfuerzo conjunto y noble de los que precisamente no abundan últimamente en esta zona del mundo.

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