Qué razón tenía William Shakespeare cuando, en la segunda parte de su Enrique IV, le hace decir al propio rey: “Uneasy lies the head that wears a crown”. Inquieta descansa la cabeza que lleva una corona.

El buen Felipe VI carece, para su desdicha, de una facultad que tenemos todos los peatones que manejamos habitualmente un ordenador. Cuando el asunto se cuelga, como suele decirse; cuando de pronto todo deja de funcionar y ni patrás ni palante, como si le hubiese dado un paralís, le das a “Ctrl + Alt + Supr”, o en su caso aprietas valientemente el botoncito ese que hay en el aparato, y lo reinicias. El cacharro arranca de nuevo y, por alguna razón para mí inalcanzable, todo vuelve a la normalidad, como si nunca hubiese pasado nada. Bueno, pues eso es lo que el Rey no puede hacer. Con su ordenador sí, pero con lo demás no puede. Y estoy plenamente convencido de que más de una vez, y más de dos, y más de cuatro, habrá deseado reiniciarlo todo, a ver si así.

Que si tiene que quitarle el título a su hermana Cristina por las trapisondas de Urdangarín. Que si el padre le sale un arrebatacapas (con lo que ha sido ese hombre) y hay que enviarlo a tomar el sol a las rebosantes y cosmopolitas  playas de Abu Dabi, que aquello parece Benidorm o Copacabana de lo entretenido que es. Que si los rufianes (no es adjetivo: es genérico, por el apellido) ven el cielo abierto con el discurso de octubre de hace tres años y desde entonces se dedican a hacerle desplante tras desplante, que es exactamente lo que pretendían. Así una avería tras otra. Y ahora sale esta chica, Isabel, y le vuelve a meter en danza sin comerlo ni beberlo, con lo de los indultos. Qué más querría el Rey que poder reiniciar este trasto, a ver si sale mejor…

No da un titular este hombre ni a tiros. No se sale de su limitada y simbólica función constitucional ni cuando tose. Es su trabajo, de acuerdo, pero vaya vida, ¿eh?

Seamos sinceros. El rey Felipe lleva intentando no llamar la atención desde hace años, casi desde el principio. Trabaja como un negro, se pasa la vida corriendo de Herodes a Pilatos (y hay que admitir que abundan tanto los Herodes como los Pilatos) y, si se fijan, sus discursos son deliberada y llamativamente planos. Sus asesores desecan los textos originales (los escriba quien los escriba) hasta quitarles hasta el más mínimo grano de sal. No da un titular este hombre ni a tiros. No se sale de su limitada y simbólica función constitucional ni cuando tose. Es su trabajo, de acuerdo, pero vaya vida, ¿eh? Y, sin embargo, no encuentra manera de bajarse del mazagático candelabro. Cuando no es por una cosa, es por otra.

Habrá que recordar, porque muchas veces fingimos olvidarlo, que el Rey toma muy pocas decisiones. No escribe lo que lee, como tampoco lo hacen la reina de Inglaterra o el presidente de Alemania. Hay cosas que Felipe VI no puede hacer, como por ejemplo votar en las elecciones generales, destituir gobiernos, mostrar sus preferencias políticas personales, no darle la mano a quien le cae mal, no viajar a donde le envían, decir tacos en público o negarse a firmar lo que el Gobierno quiere que firme. Incluidos los puñeteros indultos. No puede. Es el presidente de una república federal coronada, aunque no se llame oficialmente así, y tiene unas funciones representativas y simbólicas muy estrictas. Le escriben los discursos. Interviene levemente en el mensaje de Nochebuena, pero todo lo demás está escrito por otros. Hace lo que otros le dicen que haga.

Una frase muy preparada

¿Esto lo sabe Isabel? Sí, claro que lo sabe, porque a ella le pasa algo parecido. A la triunfal y triunfante presidenta de la Comunidad de Madrid no se le habría ocurrido meter perversamente al Rey en el gatuperio de los indultos. Esa frase estaba minuciosamente preparada, pero sin duda no por ella. Es igual que en La verbena de La Paloma. Cuando la deslenguada y castiza tía Antonia sale y dice aquello de “¡Porque sí señó!, ¡Porque me gustó! ¡Y no habrá ninguno que diga que no! ¡Bendita sea la madre que te parió! ¡Y lo digo yo! ¡Y sanseacabó!”, eso no se le ocurre a la contralto que interpreta el papel. La cantante está repitiendo la letra que escribió Ricardo de la Vega y la música de Tomás Bretón. Pues en este caso es igual. Hay un libretista detrás de Isabel, lo ha habido siempre: el mefistofélico Rodríguez. Isabel pone el desparpajo, desde luego la ambición, el tono chulapón y el ansia incontenible de figurar, de ser la protagonista de todo. Pero la letra de la zarzuela es del otro.

Isabel suelta deliberadamente lo del Rey: que si va a firmar los indultos (¡como si pudiera no hacerlo!), que si va a ser cómplice de tamaña villanía. A su espalda, Casado palidece y calla. A las pocas horas ella dice que no dijo lo que dijo, después dice que sí (la tía Antonia: “¡Y lo digo yo, y sanseacabó!) y Casado, nervioso, se va convirtiendo cada vez más en el don Hilarión de todo este asunto, en un personaje secundario que no puede contradecir ni corregir a la otra, un tenorcete que de vez en cuando da vocecitas y hace reír. Pero la que se lleva los focos, la atención, los aplausos y desde luego los planes de un futuro cada vez menos lejano, es ella. Días enteros llevamos hablando de este penoso lance. Es imposible no pensar que precisamente de eso se trataba. Isabel tiene un excelente libretista.

Tratar de poner al Rey de tu parte en un asunto en el que sabes que no puede meterse, como es el de los indultos, es más o menos lo mismo que convertirlo en el “enemigo de Cataluña”

¿Y el Rey? Pues con la cabeza inquieta, que decía Shakespeare. Yo creo que está claro que el prestigio de la Corona mengua, y desde luego no por culpa del Rey, que hace su trabajo impecablemente. Hace 15 años, o 20, habría sido inimaginable una manipulación como esta. Porque es una manipulación descarada. Tratar de poner al Rey de tu parte en un asunto en el que sabes que no puede meterse, como es el de los indultos, es más o menos lo mismo que convertirlo en el “enemigo de Cataluña” con el pretexto de un discurso que sabes que no ha escrito él y que no podía negarse a leer, que es lo que llevan haciendo los rufianes desde hace tres años. Es poner en solfa, abaratar la jefatura del Estado. ¿Y por qué? Hombre, pues por lo que decía Magdalena en La venganza de don Mendo, ya que hoy nos ha dado por las citas: “Con tal de ser feliz yo, / ¿qué puede importarme a mí / que lo empareden o no?”.

Es una cuestión de prioridades. Y estas han cambiado. Hace una generación, el concepto de España y de la estabilidad del Estado era muy diferente del actual. Para todos. No, muy diferente no: era mayor, tenía más peso. Ahora, la ambición personal de una figura política o la ambición patriótica de un grupo de soñadores socava la jefatura del Estado. Y eso ocurre de una manera presuntamente espontánea y que parece natural, en el primer caso, y de una forma deliberada, con la pretensión explícita de socavarla, en el segundo. Son reacciones opuestas, pero semejantes, ante un mismo hecho: la jefatura del Estado ya no concita el mismo respeto cívico que en otro tiempo. Ya no es una pieza fundamental del sistema. Se la puede usar, manipular, empujar. El interés personal o el interés de partido (de todos ellos) pesan, ahora mismo, bastante más.

¿Qué hará el Rey? Pues firmar, si llegan, los indultos. No puede hacer otra cosa, aunque la maledicencia de que firmarlos le convertiría en “cómplice” ya está rodando por todas partes y no habrá quien la pare. ¿Saldrá ganando la Corona con esa firma? Sin duda no, a los ojos de mucha gente. ¿Saldrá perdiendo? Pues eso ya depende de lo que suceda después.

En todo caso, el rey Felipe tiene motivos más que sobrados para descansar con inquietud. Es lo que pasa cuando llevas una corona… y cuando no hay botón de “reiniciar”.