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Guadalupe Sánchez

Opinión

La educación especial y el igualitarismo

El igualitarismo simplista subyace tras el proyecto del Gobierno socialpodemita de suprimir los centros de educación especial

Celaá, tras el Consejo de Ministros del Gobierno.
Celaá, tras el Consejo de Ministros del Gobierno.

Si en algo se ha demostrado especialista el nuevo gobierno socialpodemita es en crear señuelos informativos: mientras ponemos el foco en el último nombramiento o excentricidad de este “gabinete de los horrores”, soslayamos las políticas de fondo que se agazapan tras la cortina de humo del show mediático. La representación de la pantomima en torno al pin parental o la “racialización” de la enésima enchufada con cargo al erario nos mantiene ajenos a debates que deberían estar en el centro de la vida política, como es la posibilidad de supresión de los centros de educación especial que se desprende del texto del acuerdo de gobierno PSOE-Podemos. Así que me van a permitir que, al menos hoy, me rebele contra eso y alumbre aquello que intentan que permanezca en la oscuridad.

Se trata de una medida que retrata a una clase política dispuesta a sacrificar el bienestar de quienes integran uno de los eslabones más débiles de la sociedad para satisfacer las necesidades ideológicas de su política de mercadillo. Efectivamente, la supresión de los colegios de educación especial sería la penúltima manifestación de unos de los males que han asolado a las sociedades modernas: el igualitarismo simplista que confunde medios con fines. Frente a las evidencias pedagógicas y experiencias familiares a favor de la educación especializada como herramienta para conseguir el mayor grado posible de igualdad de oportunidades y de inclusión de estos alumnos, se pretende institucionalizar el igualitarismo como medio y como fin. La inclusión debe ser el objetivo y los centros de enseñanza especial son el instrumento idóneo para estos niños. Privarles de la herramienta especial que para ellos suponen estos centros sería como eliminar las rampas de acceso para las sillas de ruedas o las señales sonoras de los semáforos en pos de un inclusivismo absurdo de discapacitados e invidentes en la sociedad.

En cualquier caso, la mejor forma de comprender el disparate que supondría el cierre de los centros de educación especial  es conocer las vivencias cotidianas de los protagonistas: alumnos, padres y docentes, de quienes que he recibido una lección vital inspiradora que espero conseguir transmitirles, cuya opinión es la que debería tenerse en cuenta más allá de ideologías y de ideas preconcebidas desde un sillón ministerial.

Natalia me cuenta que su pequeña no sabe lo que es ni un número ni una letra a pesar de su edad, y que está impedida para todas las actividades de la vida diaria

Una de las primeras personas en contarme su experiencia fue Natalia, mamá coraje de una niña de 14 años con parálisis cerebral infantil. Natalia me cuenta que su pequeña no sabe lo que es ni un número ni una letra a pesar de su edad, y que está impedida para todas las actividades de la vida diaria, porque sólo puede mover voluntariamente una mano y no ve. Desde que asiste a un colegio de educación especial para niños con discapacidades motóricas, su hija ha ganado confianza en sí misma y respecto al entorno gracias a la estimulación sensorial (el tacto, el oído y la propiacepción). Su día a día en el centro está marcado por frecuentes cambios de postura en la silla de ruedas para evitar contracturas y por el sometimiento a múltiples terapias: además de una profesora de educación especial asistida de una auxiliar para grupos integrados por seis niños, tiene logopedia, terapia ocupacional y fisioterapia.

Comprenderán el temor de Natalia ante lo que supondría privar a su hija de estas atenciones especializadas: desde algo tan sencillo como no poder cambiarse de pañal, hasta que su hija se encerrase en sí misma o incluso pudiera autolesionarse o sufrir ataques de ansiedad en un entorno muy ruidoso.

Otros papás con los que he tenido la suerte de conversar han sido Fernando y Leo, papás de dos locuelos maravillosos con síndrome de Down, que desde el colegio al que asisten pueden experimentar los sinsabores y emociones del mundo real sin las rigideces y límites propios del sistema educativo ordinario, en el que estarían condenados al aislamiento y a la exclusión. Me repiten la estrofa de una conocida canción de Alejandro Sanz y Melendi con la que intentan transmitirme su opinión sobre todo este asunto: “Déjala que baile con otros zapatos, unos que no aprieten cuando quiera dar sus pasos”. Porque ese es el objetivo al fin y al cabo: que bailen. Con los mismos zapatos o con otros, pero que no les dejemos hacerlo descalzos.

Ambos me informan sobre los precedentes legislativos que subyacen tras la decisión, que se resumen en una interpretación de la norma que se aleja del interés del menor para arrimar el ascua al aprovechamiento ideológico. Argüir la abolición de los centros de educación especial con fundamento en una interpretación torticera del art. 24 de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad es una golfada, si me permiten la expresión.

En algunas aulas se llevan a cabo actividades relacionadas con las habilidades de la vida diaria, como por aseo, alimentación, cambios posturales y cuidados más específicos relacionados con funciones vitales

También he tenido el privilegio de intercambiar impresiones con Montse, profesora en el Colegio de Educación Especial AENILCE, en el que es parte de un equipo multidisciplinar integrado por maestros, fisioterapeutas, logopedas, técnicos educativos, psicólogos, enfermeros, terapeutas ocupacionales, etc . Montse me explica que para el ejercicio de sus labores, los docentes y profesionales del colegio parten de la premisa de que todos los aspectos del desarrollo de los niños están ligados, lo que les lleva no sólo a cubrir necesidades educativas, sino también a prestar especial atención a sus necesidades básicas de alimentación, higiene, emocionales, sensoriales, terapéuticas, etc.

Para ello, en algunas aulas se llevan a cabo actividades relacionadas con las habilidades de la vida diaria, como por ejemplo aseo, alimentación, cambios posturales y cuidados más específicos relacionados con funciones vitales. Montse incide en la necesidad que tienen los educadores como ella de conocer a sus alumnos en profundidad para garantizar su calidad de vida y bienestar, dado que algunos requieren oxígeno,  alimentación por gastrostomía, etc. El objetivo no es sólo asistirles o cuidarles, sino fomentar su autonomía en la medida de lo posible, y por eso trabajan de forma cotidiana el aseo, control de esfínteres, alimentación y otras actividades de la vida.

Me quedo con la sensación de que me dejo muchísimas cosas en el tintero, pero espero al menos haber conseguido transmitirles la importancia de esta causa, no sólo por lo que supone para el día a día de los afectados, sino porque la misma nos define y conforma como sociedad. Por eso me voy a permitir poner punto final a esta columna reproduciendo una reflexión de Leo  a partir de una cita de Balzac: la igualdad tal vez sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho, así que sólo nos queda apoyar a los miembros menos favorecidos de la sociedad para que puedan participar en esta competición, facilitándoles las mejores herramientas posibles, esto es, los Centros de Educación Especial.

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