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Gabriel Sanz

Opinión

Pésames

Pedro Sánchez debe reflexionar sobre su pésame a Bildu: el etarra suicidado Igor González Sola, lejos de abjurar de su pasado, había empezado a coquetear con los sectores más irreductibles del mundo abertzale

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso. EFE

Lo peor del pésame de Pedro Sánchez a Bildu, tras el suicidio en prisión del etarra Igor González Sola no es ese gesto de solidaridad que nos hace dignos de llamarnos seres humanos. No, lo peor es que suena demasiado a maniobra de un presidente en apuros para sacar adelante la legislatura sin una formación cuyo portavoz, Arnaldo Otegi, todavía no encuentra razones para dar uno solo por los 829 asesinados por ETA... Y mira que ha tenido tiempo. Por no remontarnos mucho, nueve años, los que lleva la banda terrorista sin atentar. Lástima.

Cuando se le pregunta por qué no nos obsequia con su humanidad en público -en privado lo ha hecho alguna vez-, Otegi aduce no se qué razones estratégicas sobre un "conflicto" que parece querer ad eternum, el sabrá, aunque lo que nos ocupa es que a nuestro presidente del Gobierno le haya faltado tiempo para congraciarse con él y los suyos... iba a escribir "sin pedir nada a cambio" -como el niño que empieza a saber de los Reyes Magos y prefiere no seguir por interés- y no es verdad.

Permítame, señor presidente, recomendarle la lectura de esta estupenda crónica de nuestro especialista en Interior Alejandro Requeijo.Revela la correspondencia del etarra González Sola con sus conmilitones desde la cárcel y... solo cabe una conclusión: lejos de arrepentirse, era alguien que empezaba a coquetear peligrosamente con ATA, la escisión etarra que lidera ese otro desahuciado para la convivencia que es Iñaki Bilbao; lo hacía amenazando a Otegi y los suyos al grito de "¡puedo publicar todas las miserias!".  

El Estado dio la mano al etarra González Sola en forma de beneficios penitenciarios pero él no encontró mejor forma de 'agradecerlo' que enrocarse en el asesinato y el terrorismo antes de suicidarse

Así se expresaba alguien a quien el Estado democrático y de Derecho tendió la mano en forma de beneficios penitenciarios -a punto de salir en tercer grado después de veinte años de cárcel, había sido trasladado a la cárcel de Martutene (San Sebastián) cerca de su familia por problemas mentales-. No encontró mejor forma de agradecerlo que enrocarse en un terrorismo salvaje, ciego, del que nos ha salvado únicamente que se haya quitado de en medio.

Por eso es tan peligroso su pésame, señor presidente. Reflexione. Porque lo que usted y su gobierno diseñaron como gesto de humanidad inocuo que puede permitirles acabar la legislatura, ETA y lo que queda de ella en las cárceles y la política lo perciben como debilidad. Y esto no va únicamente de su permanencia en La Moncloa.

Se lo dice alguien que pasó buena parte de su juventud en el País Vasco, estudió en su Universidad pública, verdadera cantera de terroristas, pudo engancharse a esa y otras redenciones laicas y no lo hizo, y ahora, en la madurez, tampoco va a ejercer de separador retrasando lo importante: que el País Vasco y del resto de España se reconcilien desde la premisa todos "decidimos" sobre lo que es de todos... eso sí, sin urgencias parlamentarias. Ya me entiende.

La banalidad del mal

Cuando acabe esa crónica de Requeijo, si puede lea Patria, la novela de Fernando Aramburu, la cual, igual que ocurrió con el mítico A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales, la mejor descripción de la Guerra Civil porque relata episodios reales con personajes que parecen pura ficción, dibuja una atmósfera tan atosigante, unos personajes y situaciones tan irreales en una sociedad sana, que ningún ensayo sobre datos reales podrá nunca describir mejor qué fue el terrorismo, sus secuelas y los odios entre amigos que dejó por el camino.

Y, si todavía tiene tiempo, coja del brazo a su vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, y vean juntos este episodio 3 de la extraordinaria serie de Jon SistiagaETA. El final del silencio. En él Jon Aldalur, miembro del comando de adolescentes -tenían 18 años- que en 1976 conmocionó a la sociedad vasca secuestrando y asesinado al industrial Angel Berazadi, relata con escalofriante precisión cómo confraternizaron con él, llegando a cocinar para aquellos, que acabaron descerrajándole un tiro en la sien así como lo cuenta Aldalur:

Sí, señor presidente, La banalidad del mal de la que ya escribió profusamente Hannah Arendt... que no atiende a aritméticas parlamentarias y geometrías variables. Usted ya me entiende. 

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