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Miquel Giménez

Opinión

Estamos sentenciados

Los acusados, al inicio del juicio en el Supremo.
Los acusados, al inicio del juicio en el Supremo. EFE

A punto de conocer la sentencia a los encausados por el intento de golpe de estado separatista, hay que decir que todos los catalanes estábamos sentenciados hace tiempo.

No se trata de menoscabar a la justicia, pero hay sentencias más duras e inapelables que las que se dictan desde un tribunal. Hablo del veredicto que la historia, juez implacable, emite con el tiempo, dotado de la contundencia que da la reflexión aleada del estrépito de lo cotidiano. No es Marchena lo que debería preocuparnos como catalanes ni como españoles

Se hablará de lo que decida el Tribunal Supremo, de si fue rebelión o sedición, de las penas. Es lo máximo que puede darnos el estado de derecho, una satisfacción penal. De lo que deberíamos hablar, si queremos entender lo que pasa, es de otras sentencias, de las que arrastramos hace décadas, sentencias que no se quisieron reconocer porque al sistema de partidos no les convino nunca, ni unos ni a otros.

Cataluña estaba sentenciada porque los sucesivos gobiernos de España, sabedores de las injusticias que reinaban en mi tierra, optaron por mirar hacia otro lado. Sentencia que ha pesado como esa losa que ahora pretenden levantar, la de Franco, y que oculta un cadáver corrompido y hediondo, el de una sociedad que, pudiéndolo ser todo, ha terminado por no ser nada. El ideario de Pujol llevaba la muerte social en su propio germen, ya que no hay vida ni esperanza en quien alza una bandera solamente para lucrarse, para excluir, para estigmatizar, para eliminar la discrepancia. Cataluña es, actualmente, un cadáver que aparenta tener vida cuando, en realidad, se mueve por inercia.

Estábamos sentenciados, sí, desde el instante en el que la pseudo izquierda catalana optó por plegarse al dogma nacionalista, que consagra derechos territoriales antes que individuales

Estábamos sentenciados, sí, desde el instante en el que la pseudo izquierda catalana optó por plegarse al dogma nacionalista, que consagra derechos territoriales antes que individuales, que habla de catalanes y españoles en lugar de explotadores y explotados, que sustenta que existe una diferencia abismal entre quien nace aquí o allí, que elabora pedagogías para promocionar una lengua a base de erradicar a otra.

Era una sentencia anunciada cuando nadie se atrevió con Pujol, el banquero fracasado, el empresario inútil, el hijo del traficante de divisas y joyas, por entender que con el corrupto uno puede acabar entendiéndose; sentencia que condenaba a la mayoría de catalanes a ser nacionalistas si querían ostentar ese título, que obligaba a aceptar como dogmas de fe las consignas que emanaban desde Palau, que hacía ver blanco donde solo existía el negro. Era la sentencia de los cobardes, de los emasculados del pensamiento, la sentencia que forzaba al exilio exterior o al interior, el más duro y trágico, a los que osaran elevar su voz discrepante en medio de un océano de lameculos, parafraseando al gran Juan Carlos Girauta.

Era una sentencia anunciada cuando nadie se atrevió con Pujol, el banquero fracasado, el empresario inútil, el hijo del traficante de divisas y joyas, por entender que con el corrupto uno puede acabar entendiéndose

Sentencia que comportaba penas de silencio, de acatamiento forzoso, de medrar en el piélago de inmundicia política que ha sido Cataluña casi como única salida; una pesados grilletes que llevamos atada a nuestro cuerpo social y a nuestras voluntades. De ahí que lo que pueda decir la justicia sobre los acusados no sea, a mi entender, lo más relevante, porque esta sociedad, la que vivimos a diario en calles y plazas, es una inmensa prisión de la que es imposible fugarse. Es una cadena perpetua que no parece tener fin ni indulto, salvo el que otorga el coraje de resistir arrostrando el riesgo de que te confinen en una celda de castigo, sin ver la luz ni hacer escuchar tu voz más allá de las cuatro paredes que te rodeen.

Sentencia que, pudiéndose revocar, nadie ha tenido el coraje democrático de hacerlo, siendo así que esta tierra se ha convertido en un infierno de Dante en el que los violentos pasan por héroes y los héroes por villanos. Y no, no es desesperanza la tinta en la que mojo la pluma, es la simple constatación del reo que sabe que no hay frailes de la Trinidad que vengan a rescatarlo, consciente de que solo sirve de rehén para sus carceleros. Es la lucidez de quien, por conocerlos muy bien, sabe que no hay piedad que pueda conmoverlos.

Esa es la más terrible de las sentencias de la que no hablará nadie.

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