En La España Invertebrada (1921), Ortega ofrecía algunas reflexiones acerca de la construcción de la nación, advierte de problemas históricos no resueltos y señala la anormalidad histórica de España en dos puntos clave: el fantasma del “particularismo”, que conduce a la desintegración de la nación y “la ausencia de los mejores”, que lastra la cultura política.

Hablamos de dos problemas que, cien años después, se solapan y siguen presentes en el problema catalán, que a su vez es un problema histórico, cíclico y de difícil solución. Parece ser uno de esos problemas irresolubles con el que siempre habrá que convivir para mantener España unida.

Ortega apostaba por una vertebración que sea suma. Ahora se anuncian “nuevos retos” y "concordia" que se traducen en más poder para las élites independentistas, lo cual solo genera mayor discordia entre los nacionalistas y el resto de los españoles. El verdadero reto sería el que mostráramos un poco de solidaridad y justicia redistributiva, equilibrar, y no desbordar, el marco del Estado de las autonomías.

La desjudicialización del procés y la normalización del independentismo son parte del “baile” de los partidos en la fiesta de la democracia. El Gobierno está cómodamente instalado en el cálculo electoralista y de juegos de poder con el nacionalismo catalán. Esta es una negociación en la que prima el particularismo y que interesa muy poco al resto de los españoles constitucionalistas, pues sabemos que la performance separatista es siempre el escenario último.

La política se acerca cada vez más al concepto maquiavélico del “divorcio entre la política y la ética”, o “la política por la política”

Parece que el PSOE está dispuesto a tirar el Estado nación al cubo de la papelera de la historia con tal de seguir dos años más en la Moncloa. La política se acerca cada vez más al concepto maquiavélico del “divorcio entre la política y la ética”, o “la política por la política”, algo que ocurre siempre que las élites se degradan y la sociedad civil solo muestra docilidad.

Ortega también hablaba de una cultura política marcada por la voluntad de hegemonía de poder en la esfera pública. Decía que los movimientos políticos en España reproducen a menudo el carácter de los pronunciamientos al “tomar posesión del poder público”. En este ambiente, desde la base se reproducen y se repiten patrones: la multitarea de pescar y jalar canapés, sonrisas estereotipadas, cordialidades y ambiciones arropadas en nobleza. Son los círculos de unas élites mafiosas con un concepto curioso de la responsabilidad que va unida a un cargo público.

Mientras tanto, el proceso de culpabilización ya ha tenido cierto éxito parcial en el sentido contrario, a base de remordimientos en torno a la judicialización del procés y la conveniencia de los constitucionalistas de perdonar y pasar página. Ahora toca reescribir la novela del independentismo, normalizar a estas élites y revestirlas con un aura demócrata. Es una música de fondo, ya familiar: la del baile de los políticos y los peces gordos (CEOE, Círculo de Economía de Barcelona y hasta los obispos) que se han puesto de acuerdo para que la ley no sea igual para todos. 

La élite que Ortega quería para su país, y que define en España invertebrada y en La Rebelión de las masas era lo opuesto, el gobierno de los mejores, y es gracias a ella que puede descansar la pretensión de cualquier nación de lograr el progreso y el continuo perfeccionamiento. No nos vendría mal una minoría de este tipo que además fuese capaz de entusiasmarnos con algún proyecto factible de convivencia común, de reconciliación entre los diferentes particularismos y que dejara de pensar en ocupar y mantenerse en el poder a toda costa.