España se debate entre avanzar por el camino de los valores heredados de la Transición o por una ruptura basada en la política identitaria, que es el camino del enfrentamiento entre los particularismos, como diría Ortega. Si se puede abandonar la vía identitaria en favor de los valores de una transición modélica, nos irá a todos mucho mejor. La identidad es conflicto. La identidad va unida al enfrentamiento, la guerra de etiquetas y las terminologías que se lanzan a la cabeza del enemigo.

Resulta un anacronismo que un Estado moderno se dedique a designar y clasificar a sus ciudadanos en categorías en función de criterios étnico-lingüisticos y que nos hable en términos de Cataluña o la nación española, cuando ambas son la misma cosa. Se trata de dividir a la sociedad para tener un votante cautivo que se siente amenazado por un inminente franquismo. En nombre del nacionalismo se les llama fascistas y en nombre de la concordia se les califica de reaccionarios. En nombre de algún manual de ciencia política se les denomina populistas o trumpistas.

Como dice Jorge San Miguel, “convendría abandonar cuanto antes el marco populismo/liberalismo y derivados, porque es un bebedero de patos de donde no va a salir nada limpio ya”. Aquellos que siguen el discurso oficial nos han contado que lo de Colón era cosa de trumpistas e hijos de Matteo Salvini. Al final, se están quedando fuera de la realidad, tanto por deformar los términos como por mirar la sociedad española a través de un deformado cristal.

El primer paso para la concordia entre españoles pasaría por abandonar estas fábulas y dejar de magnificar u ocultar los detalles prosaicos del mundo real

Carmen Calvo pedía “que el PP no se enfrente a Cataluña”, como si los constitucionalistas fueran todos del PP, o como si el clan independentista y Cataluña fueran la misma cosa. El independentismo siempre ha fabricado un relato ficticio, sólo había que hacer un “corta y pega”. Afirmaba Ortega que en los nacionalismos, que son “mecánica de masas”, lo que se dice siempre es elaboración superficial, transitoria y ficticia. Con todo, lo importante para Ortega era observar las corrientes de fondo: los particularísimos y el qué hay de lo mío. El primer paso para la concordia entre españoles pasaría por abandonar estas fábulas y dejar de magnificar u ocultar los detalles prosaicos del mundo real.

El segundo, dejar de convertir al constitucionalista en una caricatura. La cita en Colón unió a muchos de estos húsares negros de la Transición que se han dado cuenta de que la defensa de los valores heredados es mucho más importante que defenderse ante esa caricatura fabricada por la izquierda. Han salido a manifestarse en la misma plaza con Vox, arriesgándose a que les llamen trumpistas e hijos de Salvini. Esos que antes estaban más pendientes de no aparecer en una foto con Abascal ahora salen a combatir la desespañolización, defender la integridad territorial, nuestra identidad como país y nuestra trayectoria democrática. Aún así, no hay que ir demasiado rápido: la identidad de gran parte de la derecha sigue siendo víctima de esa caricatura.

Mangonear al votante

La pérdida de rumbo del socialismo genera monstruosas deformaciones, desnaturalizaciones grotescas que se van solidificando en términos y categorías identitarias. Pero aún no han podido eliminar los valores de la Transición. Los votantes constitucionalistas se han unido y la foto de Colón II habla por sí sola. Si no hay debate social, puedes mangonear al votante con eslóganes como “el derecho a decidir”, “la nación de naciones”, pintarle al españolito un bigote de Franco y todo eso, pero si hay una sociedad civil que defiende sus valores al margen de las siglas y las etiquetas, el “negocio electoral” se va al traste.

España sigue siendo un bebedero de patos porque las identidades fabricadas aún tienen mucho peso, pero no hay que desatender las corrientes de fondo: el despertar de los valores de la Transición.