Opinión

Eres un icono, presi

Inés Hernand
Inés Hernand

Asistí perpleja a la secuencia más comentada de la semana. Asombrada. Atónita. Impotente. Rabiosa. Me pareció un disparate, una chabacanería, me dio vergüenza y sentí lástima del despropósito al que se reduce, en ocasiones, un oficio -el mío- en el que todo vale y en el que nada importa.

Confieso que llegué tarde al vídeo por estar precisamente en Valladolid tratando de llevar a cabo -yo sí- con el máximo rigor posible el trabajo que a mí también me había encomendado una televisión pública con motivo de los Goya. Tarde, pero llegué. Era imposible no hacerlo -salvo misión en Marte- porque no había otro tema en redes sociales, en periódicos. Tal fue el incendio desatado, que hasta el propio Pedro Sánchez (protagonista indirecto) al más puro estilo bombero que tira de manguera, se aferró a lo que un día fue Twitter para rescatar a Inés Hernand de unas llamas en las que ella misma se había metido sin temor y con paso firme. Es quizá el arrojo que te proporciona ser -además de abogada, humorista y comunicadora- una de las estrellas titilantes de TVE… que no tienes miedo de quemarte.

Porque vaya frase la suya. Vaya frase. “Eres un icono, presi. ¡Te queremos!”. Escupida sin pudor ni vergüenza, en directo, a un micrófono que pagamos todos con nuestros impuestos, en la alfombra roja previa a la gran fiesta del cine español. Un evento cultural, sí, que te puede permitir cierta relajación en el lenguaje y hasta la posibilidad de desabrocharte el corsé informativo que tanto puede llegar a oprimir. Esto es cierto. El lugar, este marco en concreto, puede resultar propicio para adquirir un tono más coloquial, más cercano. Sin embargo, de ahí a “eres un icono, presi. ¡Te queremos!”, hay todo un abanico terminológico en el que no supo buscar la palabra exacta esta letrada reconvertida en reportera para RTVE Play y cuya cobertura algunos digitales han llegado a defender con titulares como “la última gamberrada de…”.

Ha capeado Herrand el temporal con paraguas transparente, de esos que dejan pasar la luz del foco en las conexiones televisivas para no perder el brillo de la cara. Se ha justificado la abogada diciendo que todo “está sacado de contexto”

No creo yo que estemos ni mucho menos ante una gamberrada sino, más bien, ante la ausencia de profesionalidad, de elegancia, del saber estar que requiere el hecho de colocarse ante una cámara y ser la voz que cuenta y los ojos que miran una noticia o acto al que los espectadores no pueden acceder de ninguna otra forma. No digo que sea fácil el papel, ni mucho menos. El problema es que se ha devaluado tanto que da la sensación de que cualquiera puede desempeñarlo, de que cualquiera puede cubrir una retransmisión. Sin embargo, detrás de todos los periodistas que llevan, que llevamos años poniéndonos delante de un objetivo hay mucho trabajo, perseverancia, dudas, miedos, nervios, inseguridades que no se salvan ni pasado el tiempo. También preguntas, lecturas, curiosidad, cientos de llamadas y otros tantos silencios por respuesta.

Para mí esta polémica no va de ideologías, de izquierdas o derechas, de esquina o de centro, del amor o el odio que se puede profesar a un político determinado. Esta polémica va del exceso de adulación hacia una persona que ostenta, en este caso, la presidencia del Gobierno por parte de alguien que no ha entendido de geografía ni ha comprendido el lugar en el que estaba, el micrófono que llevaba en la mano y la responsabilidad que habían depositado en ella. Y puede que no lo haya hecho todavía por sus declaraciones recientes. Ha capeado Herrand el temporal con paraguas transparente, de esos que dejan pasar la luz del foco en las conexiones televisivas para no perder el brillo de la cara. Se ha justificado la abogada diciendo que todo “está sacado de contexto”, que no se trataba de una significación ideológica, que referirse al mandatario español como “icono” era una broma que hizo durante toda la emisión y que, por mucho que pueda doler, es comunicadora y lo suyo es entretener, que para eso le pagan.

Y mientras yo me pregunto qué hubiera ocurrido si una periodista sin tanto renombre, sin tantos seguidores en las redes; una periodista curtida en la calle, en las redacciones, en los platós… si alguien como yo o como muchas compañeras o compañeros hubiéramos pronunciado esa frase, en ese medio, durante ese evento ¿seguiríamos trabajando o nos hubieran puesto de patitas en la calle? Esa cuestión me ronda estos días y da vueltas en mi cabeza como un torbellino. Y lo peor es que podría acertar la respuesta sin quemarme y sin necesidad de que el presidente viniera a salvarme de las llamas.