El debate (re)iniciado por el influencer El Rubius, al anunciar que se trasladaba a vivir a Andorra para evitar pagar los impuestos “confiscatorios”, ha causado revuelo. No en vano, como una piedra cuando cae en el agua, ha creado ondas de diferentes niveles y en diferentes escenarios. Otros, mirando el dedo de este youtuber, no han querido quedarse atrás, y hoy parece que no eres lo suficientemente influyente si no participas y dices lo primero que se te ocurre. Por ejemplo, como lo de construir un aeropuerto, asumimos con dinero público, para que podamos vivir nuestro “exilio” mejor conectados.

Sin duda, y por los protagonistas iniciales, todo este debate sería, cuando menos, un espectáculo digno de las televisiones amarillentas y rosáceas si no existiera una clara cacofonía sobre el resto de la sociedad. No en vano, en estos mismos días, no pocos docentes han trasladado públicamente parte de sus conversaciones sobre este asunto con alumnos de diversos niveles donde repetían como loros los argumentos escuchados al youtuber que se exilia. Yo mismo he leído alguna respuesta en un examen reciente con exactamente estas mismas palabras e ideas.

Impuestos necesarios

Obviamente, no estamos ante un debate sencillo. Tiene su profundidad. Hay dimensiones morales, diría que filosóficas. El término justicia aparece nada más iniciarse cualquier discusión sobre el tema. Pero, sin embargo, y a pesar de esta complejidad, muchos terminamos alcanzado la conclusión de que, en un mundo moderno como en el que vivimos, los impuestos son absolutamente necesarios. Lo altos o bajos que deban o puedan ser ya es otra cuestión, aunque resulta paradójico que nuestro caso español no resiste comparación (no precisamente por altos).

Hay quienes creen que el éxito en vida es función única del esfuerzo aplicado a lo que haces. Dame tu esfuerzo y moveré el mundo, diríamos

El principal argumento en la defensa de unos impuestos suficientes es el de integrarnos en una sociedad que trata de igualar al máximo las oportunidades de sus ciudadanos, independientemente del origen de su nacimiento o por la suerte. Y es que nuestro camino en la vida está profundamente condicionado por el hogar, el lugar y el momento en el que vinimos a nacer. Hay quienes creen que el éxito en vida es función única del esfuerzo aplicado a lo que haces. Dame tu esfuerzo y moveré el mundo, diríamos. Pero, aunque obviamente en esto puede haber una gran verdad, no sería la única explicación. Dicho de otro modo, ceteris paribus, puede ser cierto que el efecto marginal del esfuerzo sea positivo sobre la renta y la riqueza individual, pero en esta ecuación hay otras muchas variables que influyen igualmente de tal modo que esta afirmación puede quedar relegada, o marginada, a una esquina de la realidad.

El acceso a unos estudios de calidad, a una red laboral que te pueda ayudar a llegar más lejos, a buenos consejos, la atención o la experiencia de un buen profesor pueden ayudarte mucho a alcanzar muchas metas, pero estos no se distribuyen aleatoriamente sobre la población. Siguen un patrón evidente. Por supuesto sumen, además, el acceso a otros servicios de calidad como por ejemplo sería la salud. Todo suma, por lo que, en resumen, no somos absolutamente independientes de las condiciones en la que desarrollamos nuestra vida, y por ello los resultados profesionales, personales, familiares que puedas obtener a lo largo de esta están tremendamente condicionados a tu entorno. Somos producto de nuestras circunstancias.

Por esta razón, vivir en sociedad exige preocuparse por aquellos que no tuvieron tanta suerte, aunque sea para buscar la estabilidad de esta. Si la queremos fuerte y estable, debemos regarla entre todos. Todos debemos aportar porque bebemos de ella. Algunos lo haremos por razones de carácter solidario, por empatía. Otros lo haremos por razones egoístas. Y para lograr esto están los impuestos. Esta es la razón por la que, independientemente de las preferencias de cada cual sobre el nivel que deben alcanzar, que cale el debate de la injusticia de los impuestos es muy preocupante, porque puede afectar al futuro mismo de la sociedad que hoy conocemos, imperfecta desde luego, pero la mejor conocida en los últimos diez mil años.

Resulta relevante constatar que existe una causalidad entre la ignorancia del contribuyente sobre el destino de sus impuestos y la desafección tributaria

Pero el problema no lo tiene El Rubius. Él y muchos otros han enarbolado una idea a fuerza de destellos de percepciones. El problema es institucional, pues rebela que los gestores de lo público no han sido capaces de explicar con éxito a quienes sostenemos el sistema por qué debemos hacerlo. En particular, resulta relevante conocer que existe una causalidad entre la ignorancia del contribuyente sobre el destino de sus impuestos y la desafección tributaria. No deja de ser una anécdota, pero el chiste que afirma que la causa más probable de morir en Sevilla es que te atropelle un coche oficial es muy revelador en este sentido. Por ejemplo, Cait Lamberton, Jan-Enmmanuel De Neve y Michael I. Norton comprobaron que, cuando se informa las personas sobre el destino de sus impuestos, estos, en un experimento, mostraban mayor aceptación a pagarlos. Pero esta información y confianza del ciudadano se construye sobre unas bases institucionales muy concretas. Por ejemplo, en este reciente trabajo los autores del mismo, Lorenzo Abbiati, Armenak Antinyan y Luca Corazzini, explican que “entre otros factores, la calidad de la gobernanza fiscal […], la presión fiscal general […], la relevancia de la norma social que prescribe el pago de impuestos[…], y el nivel de confianza generalizada en los contribuyentes […] pueden afectar fuertemente la percepción ciudadana de la justicia fiscal y el nivel general de insatisfacción con los impuestos”. A esto sumen otros factores señalados por otros trabajos, como la creencia en la redistribución o en la democracia como sistema político. Por lo tanto, estos y muchos otros trabajos no dejan de apuntar a cuáles son las evidencias por las que los ciudadanos puedan rebelarse contra la idea de participar en el suministro común de ingresos fiscales.

Este hecho refleja una percepción generalizada sobre que gran parte de la sociedad siente una profunda decepción en torno a la capacidad y la posibilidad de que las administraciones fueran realmente servidores públicos

Así, el problema que ha revelado El Rubius es que no somos capaces de ajustar las preferencias de los ciudadanos con las de los mandatarios públicos. O, al menos, cambiar las primeras mediante la información y la explicación. Es muy fácil decir que es insolidario. Quizás lo sea. Pero desde el otro lado, los ejercicios de transparencia y de análisis de eficiencia podrían ayudar a justificar no solo el gasto (el que lo sea) sino a elevar los adeptos a aceptar el pago de los impuestos. Por supuesto, también hay que valorar la percepción de los ciudadanos respecto a cuestiones como la corrupción o la rendición de cuentas, la eficiencia de la administración o, hasta qué tal estas son capaces de cubrir las necesidades que supuestamente tienen el mandato de hacer (aquí ).

En resumen, podemos considerar que actitudes como la del El Rubius son insolidarias y preocupantes en tanto en cuanto tienen una enorme capacidad de influir. Pero este hecho refleja una percepción generalizada de que gran parte de la sociedad siente una profunda decepción sobre la capacidad y la posibilidad de que las administraciones sean realmente servidores públicos. Esto, acompañado de la escasa información en torno a los usos que tienen el dinero de todos los contribuyentes elevan la desafección por el pago de impuestos. A ver si no será buena idea que empecemos a usar esa frase que tantas veces oímos en las series americanas: “El dinero de los contribuyentes”.