"¡¡Es la economía, estúpidos!!" ¿Lo recuerdan? Fue aquel eslogan sacado de la nada por el asesor James Carville con el que el candidato demócrata, Bill Clinton, ganó las elecciones presidenciales estadounidenses en noviembre de 1992. A priori, poco podía hacer el gobernador de Arkansas frente al todopoderoso inquilino de la Casa Blanca, George Bush padre, quien acababa de expulsar de Kuwait a las tropas invasoras de Sadam Hussein y tenía todo a favor para enfrentarse sin sobresaltos la reelección.

Pero calculó mal un cuartel general de los republicanos todavía heredero de la etapa imperial de Ronald Reagan, de quien Bush había sido ocho años vicepresidente. Aún siendo consciente de que el colapso económico de la hoy desaparecida Unión Soviética estaba arrasando los países del Este, y provocando una dura recesión de la economía de EE.UU. y un aumento preocupante del paro, Bush creyó que podría ocultarlo bajo el oropel de su victoria militar sobre Iraq. No fue así y Clinton resultó elegido presidente por sorpresa... Que la historia, a veces, se escribe con renglones torcidos.

Ni Isabel Díaz Ayuso es Clinton ni Ángel Gabilondo Bush -entre otras razones, porque quien se presenta a la reelección es ella-, pero llama la atención la afición de cierta izquierda política y mediática a hacerse trampas al solitario como se hizo hace veinte años ridiculizando las torpezas de una Esperanza Aguirre a la que encumbró muy a su pesar; todo por mantener contra viento y marea un incomprensible sostenella y no enmendalla tan propio, por otra parte, del casticismo cañí del que abjura esa misma izquierda ilustrada. No es el caso de Gabilondo, me consta, pero sí de muchos compañeros de viaje.

Del temor a morir por coronavirus hemos pasado al muy humano temor a engrosar las ‘colas del hambre’ y eso, guste o no a determinada izquierda, ahora opera a favor de quien apostó desde el principio por mantener entreabierta la economía

Porque, si algo queda diáfano en el último barómetro del CIS es que la preocupación entre los españoles por llegar a fin de mes o por encontrar empleo vuelve a situarse en porcentajes récord nunca vistos desde la debacle económica de 2008; tiempo de gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero con su inevitable corolario de recortes sociales propios y los que vinieron luego ajenos, impuestos por Mariano Rajoy para evitar el rescate de España en 2012.

Es LA preocupación por antonomasia. Trece años han pasado y diríase que del temor a morir contagiados por covid-19 que nos atenazaba hace apenas unos meses hemos pasado al muy humano -primum vívere- pavor a engrosar las colas del hambre; y en buena parte del imaginario colectivo de los madrileños, guste o no, ello opera electoralmente a favor de una Ayuso que apostó desde primera hora dio la voz de alarma del desastre que se avecinaba si no se mantenía entreabierta la economía.

Podremos calificarla de oportunista, ventajista, sí -¿Qué político no lo es?-, pero Ayuso fue quien primero supo ver que el hambre aprieta más en metrópolis densas con economías y población muy dinámicas como la madrileña, y su apuesta tiene pinta de que le puede salir bien salvo que, de aquí al 4 de mayo, se desate una poco probable cuarta oleada letal de la pandemia que hasta Fernando Simón se atreve a calificar de “olita”.

Pocos se atreven ya, en el mundo de la política o en los medios, en tertulias o en conversaciones privadas, a seguir espetando a los críticos con el ‘dogma’ aquel mantra de que “sin salud no hay economía”

Quizás por eso pocos se atreven ya, en el mundo de la política o en los medios, en tertulias o en conversaciones privadas, a seguir espetando a los críticos con el dogma aquel mantra de que “sin salud no hay economía”... ¡Si hasta Gabilondo, se ha abonado a la tesis de que igual no fue tan mala idea mantener abiertos los bares y los comercios!.

Todo un retrato de situación que, creo, es el que está posibilitando que la candidata de PP a la Presidencia de la comunidad mantenga tanta ventaja en los sondeos, doblando sorprendentemente en escaños al que fuera ganador en las elecciones de 2019... Bueno, eso y la impagable ayuda del jefe de filas de éste, Pedro Sánchez, quien con su protagonismo en la precampaña ha eliminado los riesgos del referéndum que todo adelanto electoral supone.

Un referéndum... sobre Sánchez

Dicho de otra manera: los madrileños ya no van a tener que pronunciarse el 4 de mayo solo sobre la continuidad de Díaz Ayuso en la Puerta del Sol sino que -dos por el precio de uno- también van a opinar sobre cómo lo están haciendo Sánchez y su ex vicepresidente Pablo Iglesias. Y además, en el caso de este último, el apoyo en votos se va a poder medir contante y sonante, como el dinero, en votos, que para eso ha tomado la difícil decisión de bajar al barro electoral.

No son pocos, dentro del PSM y en otras federaciones del PSOE, los que creen -más bien temen- que el resultado no les va a gustar nada ni a ellos ni a la izquierda en su conjunto porque el riesgo de medir rechazos es muy grande. Y sospechan que insistir como toda estrategia en la idea de su mala gestión de la pandemia, en su irresponsabilidad por haber mantenidos abiertos los bares y comercios, o en la construcción del hospital de pandemias Isabel Zendal, les sitúa fuera de la realidad de millones de madrileños... Veremos.