Estamos viviendo en una España absolutamente descentralizada, de los países más descentralizados del mundo pero, sin embargo, económica y políticamente seguimos con un centralismo feroz. El centralismo madrileño le ha ganado la batalla cultural al centralismo catalán que se llevaba la palma antes de que el independentismo arruinara el buque insignia que era Cataluña. Es una verdad incuestionable afirmar que todo lo que no esté en Madrid no existe y ésa es la experiencia que tenemos acumulada a lo largo de estos años. Siempre ha sido así y, seguramente, siempre será así.

Cuando yo era muchacho y estudiaba la geografía, veía en el mapamundi que teníamos allí en la escuela que África ocupaba bastante menos en el mapa que lo que era la antigua Unión Soviética. O que América Latina ocupaba bastante menos que lo que era América del Norte y Canadá. Después, ya de mayor, me he enterado que África es bastante mayor que la antigua Unión Soviética, y que América Latina es mayor que América y Canadá juntos. De lo que deduje que, seguramente, como siempre ha pasado, los poderosos ocupan más, leen más, informan más y hasta comen más.

El próximo 4 de mayo se celebrará una más de las diecisiete elecciones autonómicas que conforman los parlamentos autonómicos españoles. Todavía no ha comenzado la campaña electoral madrileña y ya estamos saturados de eslóganes, discursos, mítines, insultos y disputas. Nadie duda de que siendo Madrid la capital de España, las elecciones autonómicas de esa región tengan un plus de interés respecto al que se suscita cuando esas mismas elecciones se celebran en cualquier otra Comunidad Autónoma. Estamos, incluso, dispuestos a aceptar que para los partidos políticos esos comicios tienen un reflejo en la política nacional y en la interioridad de esos partidos que no lo tienen cuando es, por ejemplo, Extremadura o Murcia el lugar de disputa electoral.

Si gana Ayuso, los madrileños seguirán gobernados de la forma y manera en que lo han sido en las últimas décadas, y si gobierna el PSOE, habrá cambios de estilo

Aceptando esas premisas, los medios de comunicación de ámbito estatal deberían entender, también, que la vida y la política existen más allá de la circunscripción madrileña. Madrid se come todo informativamente hablando. Ni siquiera Cataluña, enfrascada en un vericueto que impide, por el momento, elegir a un presidente, suscita la atención del espacio informativo que debiera. Pase lo que pase en Madrid, desde el punto de vista electoral, el resultado del 4 de mayo tiene muchísima menos importancia para el resto de los españoles que lo que está pasando y pueda pasar en Cataluña. El resultado madrileño ya está descontado: o gobierna el PP en solitario o con apoyos externos o internos de otras formaciones políticas del mismo espectro que el que dibujan los populares o gobierna el PSOE con apoyos de Podemos y Más Madrid. Si gana Ayuso, los madrileños seguirán gobernados de la forma y manera en que lo han sido en las últimas décadas, y si gobierna el PSOE, habrá cambios de estilo, de forma y de contenidos. Nada de lo que ocurra afectará a España y al resto de los españoles. Por lo tanto, no se entiende ese despliegue informativo que no interesa a la mayoría de los ciudadanos.

El Parlamento catalán y las Cortes franquistas

Sin embargo, si nos interesa, y mucho, el desenlace de la crisis institucional catalana después de las elecciones que celebró esa Comunidad el pasado 14 de febrero. Si, finalmente, los partidos independentistas eligen a un presidente de su cuerda, las Instituciones de la Generalitat volverán a funcionar de acuerdo a la “Teoría de Estado de Partido único”, despreciando al resto de las formaciones políticas y atendiendo las indicaciones e instrucciones de las instituciones paralelas creadas al abrigo de la Generalitat, tales como el Consejo de la República, la Asamblea Nacional de Cataluña o el Comité de Defensa de la República que son quienes llevaban y llevarán la voz cantante en la acción política del gobierno independentista catalán. Laura Borràs, en su discurso como nueva presidenta del Parlamento catalán dijo que “ese Parlamento es la tozuda voluntad de ser y persistir”, lamentando que España quiera “eliminarlo, controlarlo y abolirlo”. España no necesita ni quiere abolir el parlamento catalán. Para esa tarea ya tienen en Bruselas al prófugo Puigdemont, que exige que el Consejo de la República, un órgano privado sin encaje estatutario, acapare la tutela y la dirección de la política estratégica de la Generalitat. Laura Borràs será la presidenta de un Parlamento que volverá a quedar como un mero aditamento, como eran las Cortes franquistas o la Asamblea del Pueblo en la China comunista.  

Los símbolos oficiales que recoge la voluntad del pueblo catalán han sido sustituidos, de hecho, por el lazo amarillo y la estelada que representan solo al 26% de los catalanes

Mucho más preocupa el devenir catalán que el futuro madrileño. En Madrid seguirá existiendo la democracia cualquiera que sea el resultado. En Cataluña, por lo que hemos visto en los últimos años, volverá a desaparecer el pluralismo político. Los símbolos oficiales que recoge la voluntad del pueblo catalán han sido sustituidos, de hecho, por el lazo amarillo y la estelada que representan solo al 26% de los catalanes, pero que lucen en los edificios de las Instituciones catalanas. Es decir, simbología de partido único al estilo del aguilucho en la España franquista  o de la hoz y el martillo en la Corea comunista.

Importa quién gobernará Madrid. Pero, mucho más transcendental para los españoles es saber si el Gobierno de España tiene alguna estrategia preparada para el supuesto, casi seguro, de que, de nuevo, el supremacismo racista y totalitario de ERC, de JxC y de la CUP vuelva a gobernar Cataluña con absoluto desprecio a la legalidad constitucional y estatutaria. ¿Hay alguien dispuesto a liderar al 74% de catalanes que no comparten el totalitarismo de los independentistas?

Nuevo canal de debate

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